Lo dije hace muy poco en mi resumen viajero del 2024 y no me cansaré de repetirlo: la isla de Gozo es una de las mayores sorpresas que nos llevamos el pasado año y uno de los destinos que más he disfrutado en los últimos tiempos.
Y la verdad, quisiera llevarme el mérito por ello. Me encantaría pensar que todos mis años de estudios en turismo, las miles de horas leyendo blogs de viajes y repasando vídeos de YouTube, mis obsesivas e infinitas listas de deseos viajeros… que ojalá todo eso me hubiera llevado a incluir deliberadamente a Gozo entre mis objetivos viajeros para el 2024. Pero no, lo cierto es que la isla fue un descubrimiento total y absolutamente fortuito. Aunque así son siempre los mejores descubrimientos, ¿verdad?
El caso es que sí habíamos tenido claro, desde un principio, que la República de Malta iba a ser el destino de nuestras vacaciones de verano. Y también habíamos visto que los alojamientos eran mucho más baratos en la isla de Gozo. Sin embargo, tuvimos la osadía de reservar un apartamento (absolutamente espectacular) sin comprobar primero cuán factible iba a ser movernos entre las islas, ni investigar qué nos íbamos a encontrar en aquella «hija menor» del archipiélago maltés. Pero lo que descubrimos al final… lo que descubrimos nos voló completamente la cabeza.
Así que, tras una semana disfrutando de este pequeño paraíso dorado, vengo a daros 8 razones -en forma de destinos- por las que deberíais correr, huir y alejaros lo máximo posible de las excursiones organizadas desde La Valeta y, en cambio, quedaros más de un día a explorar bien a fondo la Isla de Gozo:
1. Templos de Ġgantija
Y si hemos de empezar por algún sitio, que sea por el principio, por supuesto. Para ello, nos trasladaremos a la localidad de Xagħra, en la zona centro-este de la isla. Aquí se encuentra el impresionante conjunto megalítico de Ġgantija (pronunciado «gigantìa«). Formado por dos templos levantados entre el 3.600 y el 3.200 a.C., este se yergue como la segunda estructura de uso religioso más antigua de la historia. Esto es, por ejemplo, 500 años antes que Stonehenge (Inglaterra) y 1.000 años antes que las primeras Pirámides de Egipto.

Aunque su relevancia recae, no solo en su antigüedad y relativo buen estado de conservación, sino también en el misterio entorno a su construcción. Pues como con sus sucesores, se sabe muy poco de las técnicas y herramientas que utilizaron los pobladores prehistóricos de Gozo para cortar, mover y elevar las 50 toneladas de algunos de los megalitos que componen estas edificaciones.
De hecho, en el medievo se pensaba que tan solo una antigua raza de gigantes podría haber llegado a erigir algo de semejante tamaño colosal. Curioso que esta fábula fuera la que ayudara a configurar, finalmente, el nombre del recinto arqueológico.
Por todo ello, además de por su importancia dentro del sistema de antiguas creencias de la isla, fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1980. Esto abrió la puerta, además, a la conservación de otros recintos -quizás más conocidos a nivel turístico- como los de Ħaġar Qim o Mnajdra (ambos en la vecina isla de Malta), y a su posterior inscripción en la lista de la UNESCO a principios de los 90.


Pero si queréis acabar de entender del todo el contexto y la envergadura de este lugar sagrado, os recomendaría que pasarais un buen rato explorando el Centro de Interpretación del Parque Arqueológico de Ġgantija. Aquí podréis admirar algunas de las figuras y «utensilios» encontrados en el yacimiento, con los cuales se cree que aquellos habitantes del Neolítico maltés realizaron algunos de los primeros rituales religiosos de la historia humana. Ritos que habrían involucrado el uso del fuego, el sacrificio de animales y la adoración a la diosa maternidad.
A la salida, podéis acercaros también al antiguo molino harinero de Ta’ Kola. El acceso está incluido en el ticket de los Templos de Ġgantija y, durante la visita, podréis aproximaros un poco más al estilo de vida y las herramientas de los habitantes gozitanos del siglo XVIII. Mirad: una visita que también descubrimos de casualidad y que acabó resultando ¡súper interesante!
2. Ramla Bay, una de las razones para quedarse más de un día en la isla de Gozo
Con estas bases históricas un poco más claras, podremos seguir avanzando en este recorrido por la isla de Gozo. La siguiente parada queda muy cerca de Xagħra; tan solo hay que seguir la carretera dirección norte hasta reencontrarnos con el brillante mar Mediterráneo.
Y es que la escarpada costa de Gozo alberga verdaderas joyas escondidas para los amantes del sol y la playa. Tantas, que necesitaríamos un viaje entero solo para poder visitarlas todas. No obstante, para que esta pieza sea un poco más diversa y entretenida, os he hecho una pequeña selección que vamos a iniciar ahora con Ramla Bay.

Localmente conocida como Ramla l-Ħamra («arena roja» en maltés), esta playa es famosa precisamente por el color azafranado de sus dunas y por la poca pendiente que ofrece la entrada al agua, lo que la hace perfecta para todo tipo de bañistas.
Pero además de su apaciguada belleza natural, este rincón esconde varios secretos para quienes seáis curiosos de la historia y la mitología, como aquí un servidor. Empezando por la estatua de la Virgen que se alza en medio de la bahía y que fue levantada, a finales del siglo XIX, como símbolo de la fe inquebrantable de los gozitanos.
Aunque sin duda, el mito más conocido de esta zona es el relacionado con la ninfa Calipso. Desde uno de los laterales de la playa, inicia un sendero que, en una media hora, os acercará hasta la conocidísima cueva de Għar il-Mixta, hogar de nuestra protagonista:
Según La Odisea de Homero, habría sido en este lugar, en lo alto de la isla de Ogigia, donde Calipso habría mantenido «recluso» a Ulises durante 7 años, bajo la promesa de hacerlo inmortal si permanecía a su lado. Anhelante de su esposa Penélope, el héroe habría pedido ayuda -finalmente- a los Dioses del Olimpo, quienes habrían mediado para conseguir su liberación y asegurar el retorno a su estimada Ítaca (tras algún que otro percance más).

Pero más allá de la leyenda clásica, esta cueva es célebre por las vistas panorámicas que -dicen- se obtienen de toda la bahía de Ramla. Una pena que a nosotros nos faltara esa hora extra para poder subir caminando y disfrutarlo en primera persona. Por aquel entonces, optamos «simplemente» por sentarnos a gozar de la espectacular puesta de sol, que terminó de enrojecer la escena antes de desaparecer tras la línea del horizonte y despedir aquella maravillosa tarde de sol y playa.
3. San Blas Bay
3 kilómetros al este, siguiendo la estrechísima carretera de Triq Ghajn Qasab, nos encontramos con la segunda de las joyas mediterráneas que repasaremos en este viaje por las «8 razones para quedarse más de un día en la isla de Gozo«.
Más pequeña que la anterior, de más difícil acceso y -por ende- mucho menos conocida, la coqueta cala de San Blas descansa entre pedregosos acantilados de terracota, palmitos, chumberas, arbustos mediterráneos y algún que otro olivo.

El acceso, como decía, no es nada sencillo; pero la recompensa la encontraréis -instantáneamente- al zambulliros en las tranquilas aguas de azul turquesa que bañan su acogedora línea de arena. A su alrededor, nada más que un diminuto chiringuito de cáñamo (en el que no se puede pagar con tarjeta), cuatro o cinco botes atracados a 100 metros de la costa, un par de familias disfrutando del snorkel y 0% de cobertura, ni datos de ningún tipo.
Tranquilidad; la recompensa es la tranquilidad y el silencio que se respiran en este pequeño paraíso «escondido», en el que resulta imposible no perder la noción del tiempo. No es de extrañar que Ulises se quedara aquí 7 años.
Aunque ojo cuidado con eso también: para los más blanquitos de piel (presente), ni se os ocurra olvidaros la crema solar y/o el cambio en monedas y billetes, pues pocos lugares encontraréis para refugiaros del sol más que alguna cotizadísima roca o las sombrillas que se pueden alquilar en la cabaña (recordad: ¡sólo en efectivo!).

4. Victoria y su Cittadella
Serpenteamos de nuevo por las angostas carreteras de Gozo en dirección sur, sur-oeste, para llegar hasta la capital de la isla: la preciosa ciudad de Victoria. Antiguamente conocida como Rabat y rebautizada por el gobierno colonial para conmemorar el jubileo de la reina Victoria, esta pequeña localidad -de apenas 6.000 habitantes- encarna a la perfección el estilo de vida de los habitantes de Gozo: calmado y arraigado en la tradición, pero dispuesto a recibir siempre con mimo y curiosidad a todo visitante.

Su encantador centro histórico se deja pasear plácidamente, deslizándose entre callejuelas adoquinadas, antiguos palazzi de balcones forjados, bazares de todo tipo, tiendas de souvenirs y decenas de restaurantes donde saborear parte del batiburrillo cultural que representa la gastronomía maltesa.
De fuertes influencias italianas, francesas y españolas, pero también inglesas y árabes, su cocina -como su arquitectura- recoge la rica herencia de las civilizaciones que lucharon por instalarse en este punto estratégico del Mediterráneo. El resultado: una deliciosa mezcolanza de sopas, guisos, quesos, pastas rellenas, mariscos, carnes (especialmente de conejo), aceites y multitud de salsas especiadas.
Una recomendación muy especial: Sentaos en el restaurante de comida tradicional Roża, en la Plaza de San Jorge, y probad la sopa de pescado con arroz y la pasta ragú con queso de cabra. Nos lo aconsejó el dueño de una tienda de recuerdos y la verdad: ¡Estaba todo para chuparse los dedos!

Tras el atracón y la sobremesa, y si el calor lo permite, vale la pena reencauzar el paseo hacia el extremo norte de la ciudad. Aquí se levanta la enorme Ciudadela de Victoria, símbolo inequívoco del patrimonio arquitectónico de Gozo, el cual se puede apreciar -casi- desde cualquier punto de la isla.
Habitado desde la Edad de Bronce, el collado en el que se levanta fue ocupado posteriormente por una acrópolis púnico-romana, un castillo medieval y, al final, por la Orden de los Caballeros de San Juan, quienes erigieron el bastión que se conserva todavía en la actualidad.

Intramuros, descansan un centro de visitantes, los museos de Arqueología, Ciencias Naturales y del Folklore, los restos de una antigua prisión y la imponente Catedral barroca de la Asunción. Pero para nosotros, lo mejor fueron las asombrosas vistas panorámicas que disfrutamos al atardecer desde los adarves de sus murallas.
Una visión cautivadora y enigmática de aquellos marcianos valles de la isla de Gozo, desprovistos casi por completo de vegetación y salpicados únicamente por pequeños pueblos e iglesias de un característico color arcilla. Sobre nosotros, un límpido cielo estrellado y más allá, al límite de la tierra, el apacible Mare Nostrum. ¿Qué mejor plan para terminar nuestra visita contemplativa a la ciudad de Victoria?


5. Playa de Wied il-Ghasri
Sobrepasamos ya el ecuador del viaje y nos dirigimos ahora hacia el norte; hacia el que -confieso- es mi lugar favorito en esta lista de «8 razones para quedarse más de un día en Gozo». Para llegar hasta aquí desde Victoria, hay que seguir la «Triq L Imghallem» o «Carretera del maestro» hasta la pequeñísima localidad de Żebbuġ.
Allí, nace un ramal terriblemente asfaltado que continúa un par de kilómetros hacia el oeste, atravesando el yermo paisaje de la isla de Gozo. En cierto punto, cuando la calzada se torna gravilla, hay que dejar el coche «estacionado» y seguir un poco más a pie. Al final, os toparéis con unos empinadísimos y resbaladizos escalones por los que descender hasta la sorpresiva cala interior de Wied il-Ghasri.

En este lugar, las corrientes marinas y el viento debieron erosionar las paredes de roca durante siglos para acabar excavando el estrecho desfiladero, que se adentra 300 metros en la isla y desemboca en esta preciosísima playa de cantos rodados.
Desde ella, los pocos turistas enterados de semejante espectáculo natural nos atrevemos a sumergirnos en las frías aguas del cañón para disfrutar de un mar completamente en calma y al refugio del sol. Pero también, de las muchas sorpresas que descansan bajo la superficie…
En este rincón tan poco explorado de la isla, se despliega una fascinante red de cuevas submarinas y formaciones rocosas que ofrecen refugio a una colorida variedad de peces, erizos de mar, cangrejos y sepias. Así que no olvidéis traeros vuestras gafas y tubos de snorkel y ¡a explorar las profundidades de Wied il-Ghasri!

Mas si no queréis tanta actividad durante vuestras vacaciones, vale la pena llegar hasta aquí aunque sea «solamente» para tomar el sol y disfrutar de este bucólico paisaje de aguas turquesas y cicatrices cársticas; y también, por supuesto, para intentar sacarle buen provecho a vuestras habilidades como fotógrafos y modelos.
De igual forma, existe la posibilidad de realizar esta visita con una excursión en barco desde alguna de las localidades vecinas o incluso desde Malta. Yo os recomendaría, por eso, que soltarais el miedo (si lo hay) a conducir por la izquierda y que os decantarais por alquilar un coche. A parte de ser una experiencia en sí misma, este recorrido está pensado para que lo hagáis por vuestra propia cuenta. Y si no tenéis carné o no queréis alquilar un coche, se os complicaría un poco -bastante- más el viaje.
Podéis reservar vuestro vehículo a través de Booking.com. Mi buscador de alojamientos favorito también dispone de un apartado de alquiler de coches con precios muy competitivos.
6. Inland Sea y Acantilados de Dwejra, otras de las razones para quedarse más de un día en la isla de Gozo
Conduciendo, justamente, será cómo lleguemos también al siguiente punto de la ruta. En el extremo occidental de la isla, a tan solo 20 minutos de la playa de Wied il-Ghasri y dentro del término municipal de San Lawrenz, se encuentra otro de esos lugares inverosímiles que te recuerdan lo extraordinariamente bello que es nuestro planeta y lo afortunados que somos por poder recorrerlo.
Estoy hablando, en este caso, de la playa interior de Dwejra. Más popularmente conocida como Inland Sea, esta curiosa cala de aguas transparentes conecta con mar abierto a través de un túnel en la roca que se puede cruzar navegando, pero únicamente en momentos tranquilos del día.

Los pescadores locales debieron aprovechar la seguridad que les confería esta formación natural para asentarse en la zona y construir, a lo largo de los años, una hilera de coloridas casetas y un pequeño puerto, que ahora se ha consolidado como una de las atracciones turísticas imprescindibles de la isla.
Si contáis con tiempo y presupuesto extras -y también con la debida certificación-, este es el lugar perfecto para apuntaros a uno de los tours de buceo que se aventuran en el Mediterráneo. Si tenéis suerte y la marea lo permite, podréis hasta explorar el interior del túnel, que por su profundidad, destaca como uno de los spots más interesantes de la zona. Jacques Cousteau lo llegó a incluir, incluso, entre sus diez lugares favoritos de todo el archipiélago.

Pero si sois más de secano o todavía no habéis realizado el curso de bautizo, podéis hacer como nosotros y quedaros simplemente a disfrutar de la escena. Al atardecer, los pescadores y barcos turísticos se repliegan, los bañistas se calzan las chancletas y los visitantes se dirigen al único restaurante de la zona para disfrutar, cóctel en mano, del momento más especial del día.
Nosotros, para ello, nos encaminamos hacia el siguiente destino de la ruta. A poquísimos metros de Inland Sea, volviendo hacia el parking, se abre la impresionante Bahía de Dwejra, una de las joyas ocultas de la isla de Gozo.

Custodiado por la Torre de Qawra, fortaleza construida a finales del siglo XVII por los caballeros de San Juan, el golfo de Dwejra se caracteriza por las dramáticas formaciones rocosas de su costa, algunas de las cuales cuentan con nombres propios tan curiosos como Fungus o Crocodile.
Allá, aparentemente alejados de toda civilización, dos o tres grupos de visitantes -no más- nos instalamos para disfrutar de las últimas luces del día. Y es que aquellos paisajes lunares de infarto, incluidos en la Red Natura 2000, se tornan incluso más espectaculares con la caída del sol. Entonces, los encorvados matorrales y los altos acantilados se tiñen por completo de brillantes tonos anaranjados, fundiéndose con el salvaje páramo calcáreo a su alrededor y con el calmado oleaje mediterráneo.
Una cacofonía de sonidos, colores y sensaciones de la que os será imposible apartar la mirada, aún cuando el astro rey se haya despedido y el crepúsculo comience a emborronar semejante despliegue natural. Tan solo con la primera brisa nocturna, podremos llegar a levantarnos de la roca para volver al coche y proseguir con nuestro viaje.


7. Playa de Mġarr ix-Xini
Enfrentamos ahora la recta final de este viaje por las «8 razones para quedarse más de un día en la isla de Gozo«; pero no sin antes pegarnos un par de chapuzones extra en algunas de las impresionantes playas de esta isla mediterránea. Y nuestra siguiente parada será ni más, ni menos que la playa de Mġarr ix-Xini.
Ubicada al final de un estrechísimo desfiladero, a apenas 10 minutos de la Valeta, se encuentra esta pequeña cala de guijarros, tan popular entre los locales de la zona. De todas las que menciono en el artículo, no es -quizás- la que cuenta con los mejores paisajes, ni tampoco con las aguas más claras. Pero al visitarla, queda bien claro cuál es su atractivo y por qué merece un puesto en esta lista.

Al atardecer, familiares y amigos se reúnen para prender una suerte de barbacoas improvisadas con vistas a la playa, mientras niños de todas las edades chapotean y juegan en la orilla. Algunos vecinos regresan de la mar en sus lanchas y se suman a la celebración. Jóvenes y ancianos ayudan a poner la mesa, a rellenar los vasos y a preparar los juegos de cartas. Otros sacan las cañas de pescar y prueban suerte desde la pared de roca.
Y los poquísimos turistas que, casi siempre por casualidad, hemos encontrado este pequeño refugio, disfrutamos -curiosos- del delicioso costumbrismo de la escena mientras nos echamos en las toallas, flotamos en el improvisado puerto y charloteamos sobre lo impredecible de esta maravillosa isla.
Nos preguntamos, sobre todo, cómo es posible que el tiempo y el espacio parezcan haberse detenido por completo en este lugar, y que aquellas gentes sigan disfrutando de sus vidas al margen de la vorágine turística que se vive en muchos otros rincones del Mediterráneo.

Y es que ni si quiera Brad y Angelina, quienes por aquí estuvieron grabando la película By the Sea, han conseguido poner en el mapa a este tranquilísimo lugar. Así que por el bien de sus vecinos y -oye- también por el nuestro propio, desearemos que este rincón siga pasando desapercibido para el gran público y aparezca solamente reflejado en las bitácoras de los más curiosos y aventureros.
8. Comino y la Blue Lagoon
Llegamos ya al final de este recorrido por las «8 razones para quedarse más de un día en la isla de Gozo«, así que intentaremos cerrar por todo lo alto. Sin embargo, confieso que he hecho un poco de trampa y el viaje lo terminaremos en un destino que, en realidad, no pertenece ni a Gozo ni tampoco a Malta.
Como nos pasa con nuestra vecina Cabrera, en el archipiélago maltés convive una tercera isla que también merece parte de nuestra atención. Se trata de la isla de Comino y, como su prima balear, está bien protegida como reserva natural y santuario ornitológico. Por ello, solo se permite la pernocta a los dos guardas que se turnan para vigilarla y a los campistas que se instalan en la controvertida zona de Tal Ful, el único lugar donde «alojarse» en la isla.
Para el resto de viajeros que queráis visitar este paraíso casi tropical, tendréis que reservar un viaje en ferry en el puerto de Mġarr. Eso sí: quizás -después de completar esta ruta algo más alejada de los itinerarios tradicionales- aquí volváis a sentir ese acoso de los agentes comerciales, que os ofrecerán el cielo y las estrellas para que hagáis la excursión con su compañía. Pero hacedme caso: este es uno de esos lugares en la Tierra que vale la pena visitar al menos una vez en la vida, aun a pesar de las tarifas infladas y la masificación turística.

Tras la travesía desde Gozo, que dura poco más de 20 minutos, desembarcamos en una suerte de puerto rocoso que da acceso a la pequeñísima Comino (apenas 3,5 kilómetros cuadrados). Desde aquí, el paisaje se presenta completamente desértico, moteado únicamente por lánguidos arbustos mediterráneos y por la Torre de Santa María, ubicada en el punto más meridional de la isla.
Aunque uno no llega a fijarse del todo en la panorámica global. La mirada se torna instantánea e irremediablemente hacia las clarísimas aguas de color turquesa, que se mecen plácidamente a sus pies.
Si bien el adjetivo «turquesa» no llega a aproximarse -ni de lejos- al verdadero color de esta bahía, que se abre entre la isla de Comino y el peñón de Cominotto, y recibe el muy acertado nombre de Blue Lagoon. Su poca profundidad, el blanco de su fondo marino y la luz solar hacen que sus aguas sean las más celestes que yo haya visto en toda mi vida: tan brillantes y cristalinas que se presumen casi irreales para el ojo humano y, desde luego, imposibles de ser captadas en cámara.


Una vez superado este primer shock inicial, os tocará espabilar si queréis encontrar un lugar donde instalaros para disfrutar del sol y la playa. Y más, si queréis luchar por conseguir una de las cotizadísimas sombrillas que, de nuevo, solo se pueden pagar en efectivo.
En cuanto lo consigáis, podréis soltar amarras, descargar vuestros bártulos y empezar a gozar del espectacular paisaje, que os seguirá pareciendo del todo inverosímil por muchas horas que dediquéis a contemplarlo.
Y es que sí: en este pequeño vergel marino no hay realmente «nada» por hacer; nada más que disfrutar del delicioso paso del tiempo, entre zambullidos, risas y anécdotas de todo el viaje. Sin horarios. Hasta quedar extasiados de tanto sol, tanto mar y tanta belleza.
Y, aun así, el viaje os habrá reservado todavía una última sorpresa. Antes de regresar a puerto y poner fin a esta increíble travesía, vuestro ferry os llevará a dar una vuelta por Comino: un último paseo por aquellas vertiginosas grutas de aguamarina que fueron hogar de antiguas civilizaciones, habilidosos navegantes y mil y una leyendas; y que hoy despiden a los no tantos visitantes que hemos tenido la fortuna de navegar por la deliciosa y sorpresiva isla de Gozo.

¡Cuidado con el canto de las sirenas! Podéis quedaros prendados y soñar por siempre con vuestro regreso a Ogigia.
