Noviembre de 2023. Por una de aquellas vicisitudes del destino, había sido invitado a formar parte de la Expedición Discover Gambia, un viaje de prospección turística financiado por Vueling y la Oficina de Turismo de este pequeño país ecuatorial.
Junto a mí, volaban un heterogéneo grupo formado por periodistas, influencers, fotógrafos y empresarios del sector. El objetivo: valorar el potencial de la infraestructura turística y aconsejar al gobierno sobre cómo ofrecérsela a los viajeros internacionales. Quizás, un tanto ambiciosa (y presuntuosa) nuestra responsabilidad, sobre todo para los apenas tres días que teníamos en destino.
Aunque más allá del reto profesional, aquella aventura supuso, sobre todo, mi primera toma de contacto con esa vasta y misteriosa tierra que llamamos África. Y con ella, llegó también una sensación que no había experimentado hasta entonces en viaje: el miedo. Irracional, salvaje y completamente preconcebido.
Me atormentaron, especialmente, la amenaza de mis prejuicios -de los propios y de los impuestos-, el sesgo de las imágenes politizadas y descontextualizadas que había consumido durante años y las muchísimas opiniones ajenas que me hicieron temer, de forma muy negativa, muy consciente y con demasiada anticipación, aquella primera experiencia.
A todo ello, se sumó el hecho de no empezar mis andaduras por el continente con uno de sus destinos -digamos- más «tradicionales». Al contrario, Gambia se figuraba como un lugar «infradesarrollado», ajeno a los principales flujos turísticos y completamente desconocido para cualquiera de mi entorno más cercano. Y eso, en parte, me emocionaba y me causaba una gran curiosidad y, en parte, reconozco que también me asustaba.
Lo más interesante fue descubrir que los prejuicios estaban -efectivamente- para ser derribados y que tres días me habían bastado para caer enamorado de aquel rinconcito frente al Atlántico y para abrirme los ojos sobre muchísimas cosas. Tantas, que no me alcanzó para digerirlas y explicarlas todas a mi regreso.
Al contrario, he necesitado este par de años para estudiarlo y meditarlo con calma y cargarme con algunos viajes más a las espaldas, antes de atreverme a exponer todos mis aprendizajes en esta crónica sobre Gambia y las fronteras del privilegio.
Aterrizaje en Gambia
Miércoles. Seis de la tarde (hora local). Sobrevolábamos las bastas llanuras africanas cuando el comandante avisó por radio sobre el inminente aterrizaje. Tras varias horas de encajonada monotonía, miré por la ventana solo para comprobar cómo el paisaje cambiaba súbita y drásticamente.
El cálido naranja del desierto daba paso, en ese instante, al frondoso verde de los primeros bosques tropicales. Lejos, muy lejos, quedaban ya las costas del Mediterráneo y todo cuanto había conocido hasta entonces. Allí abajo, escarbada en el corazón de Senegal, se abría la pequeña nación de Gambia. Y cerca de su capital, Banjul, se erguía su todavía más pequeño aeropuerto internacional.
El calor fue quien nos dio el primer golpe de realidad. Los 36 grados y la humedad del 80% se colaron rápidamente al abrir las compuertas y sacudieron nuestros cuerpos ya de por sí entumecidos. La posterior burocracia aeroportuaria acabó de situarnos, enseguida, en el nuevo contexto.

A las puertas del control se agolpaban multitud de familias que, cargadas con todo tipo de macutos y bultos de colores, aguardaban con cara de extrema paciencia a poder entrar o salir del país.
A nosotros nos esperaba un enviado especial del gobierno: Mamou. Un alto, desgarbado y siempre sonriente jovencito que, para sorpresa de muchos, nos «requisó» uno a uno todos los pasaportes. Al entregarle el mío, me sorprendió entrever un voluminoso fajo de billetes que sobresalía de su bolsillo. Sin disimulo, se acercó al mostrador y, poco después, comenzamos a desfilar ante la policia aduanera.
«What’s the reason of your trip?» – «Tourism» (Nos dijeron que debíamos responder)- . -«Welcome to Gambia!»-.
Estaba más claro que nunca: el desarrollo de las compañías lowcost nos había facilitado saltar entre continentes, en nada de tiempo y por -relativamente- poco dinero. Pero la «democratización» del viaje se había producido en una sola dirección.
Viajar y cruzar fronteras por puro placer seguía siendo un privilegio al alcance de muy pocos. Un privilegio que habíamos ido adquiriendo, durante siglos, a golpe de mosquetón, que intentábamos mantener ahora con «diplomacia» y que solo alcanzábamos a reconocer cuando visitábamos lugares como aquel, donde nos sentíamos en privilegiada minoría.
Al otro lado del control recuperé enseguida mi pasaporte y, tras comprar una tarjeta prepago, salimos todos juntos del aeropuerto. La noche nos había caído ya encima y no se veían más que los focos de los taxis y buses que entraban y salían del estacionamiento.
Mamou y el conductor empezaron a agarrar las maletas y a organizarlas sobre la vaca descubierta de nuestra furgoneta. Sin sujeción, ni protección alguna. Una tercera señal de que, allí, las cosas se hacían de forma muy diferente.
Las calles de Serekunda y Kololi
Traqueteamos un buen rato por las maltrechas carreteras de tierra en dirección a Serekunda. Íbamos en caravana, conduciendo en paralelo a una autopista que parecía perfectamente asfaltada y que, aún así, yacía desierta. Cada poco, torcíamos bruscamente para adelantar a algún coche encallado y nos metíamos en aquel maravilloso tramo de carretera, pero regresábamos enseguida a los socavones.
Suspirábamos, mientras rebotábamos en el asiento con cara de circunstancia y entrecerrábamos los ojos para evitar el polvo que entraba por las ventanillas. Los compañeros más experimentados nos miraban de reojo y sonreían. «Esta es su mentalidad: prefieren no utilizar la carretera y que se conserve mucho más tiempo». Tuviera sentido o no, yo pensaba solamente en mi maleta. En el estado en el que me la iba a encontrar o en si seguiría, siquiera, sobre la furgoneta.

Una hora y 19 kilómetros después, llegamos por fin a Kololi. Maletas a salvo y con todos los huesos en su sitio. Nuestro alojamiento, el Kairaba Beach Hotel, se encontraba al final de la Senegambia Road, una especie de gueto exclusivo para blancos, en el que se amontonaban restaurantes con carteles de neón, bares de copas, discotecas, puestos de cambio… y también jovencitas con faldas muy cortas y pestañas demasiado largas.
No lo supe hasta ese momento, pero resultaba que aquel horrendo oficio -dicen que el más antiguo del mundo- llevaba años cobrándose vidas a lo largo y ancho del continente. Y Gambia, por lo visto, no era una excepción. Aunque empezamos a intuirlo enseguida. Sobre todo, en las miradas que se fueron posando sobre Skylar y sus compañeras entaconadas, mientras bailábamos juntos al son de Karol G.
Las habíamos conocido nada más llegar, en la puerta de uno de aquellos clubs frente al hotel. Andábamos cansados, pero con curiosidad sobre cómo sería una noche de fiesta gambiana. Y ellas se acercaron enseguida, no sé si buscando clientes o solo queriendo charlar un rato con gente de su edad. Tampoco les preguntamos mucho. En realidad, no sabíamos muy bien qué decirles.
Seguimos bailando, entre conversaciones y risas forzadas, hasta que nuestros pies -y el cansancio acumulado- dijeron basta. Intercambiamos teléfonos, que nunca más sonaron, y caímos en la cama completamente fulminados y atolondrados tras aquellas primeras seis horas en suelo africano.


Por la mañana, el barrio parecía otro. Nuestra road desierta, las persianas echadas, los neones apagados… y la prostitución escondida tras los escaparates de los bufets, donde zorros plateados se atiborraban a bollos junto a sus jóvenes esposas y sus hijos racializados.
El resto de la ciudad sí parecía haber despertado. Hombres y mujeres caminaban en perfecto desorden, sorteando el tráfico a su antojo; niños uniformados esperaban el autobús, vendedores ambulantes ofrecían todo tipo de productos, y motoristas -sin casco y con dos o tres de paquete- esquivaban la enorme cantidad de basura que se amontonaba por todas partes.
Desde el autocar, admiraba -curioso y horrorizado- aquel célebre caos de las ciudades africanas, sin entender por qué tantos viajeros y viajeras ilustrados lo habían romantizado en el pasado, pero sin poder apartar tampoco la mirada de la ventanilla.
Excursión por el río Gambia
Nos alejamos lentamente del barullo de la pequeña ciudad y nos adentramos en una zona de humedales. El río Gambia nacía en las montañas, al norte de Guinea, y surcaba parte de Senegal para después dividir por la mitad a nuestro país anfitrión (al que también le daba nombre).
Antaño, había sido el mayor corredor de esclavitud en África Occidental. Hoy día, sus canales -todavía por cicatrizar- hospedan varias decenas de ecolodges, resorts y safaris acuáticos con los que disfrutar de su riquísima flora y fauna. Aunque eso pasaba río arriba.
Allí, más cerca de la desembocadura, la salubridad de sus meandros había hecho florecer un exuberante paisaje de manglares y lodazales que acogían algunas de las últimas aldeas tradicionales del país y que nosotros fuimos con la intención de conocer.


Llegamos hacia el mediodía. El puerto en cuestión estaba formado por dos decadentes construcciones de chapa y madera, un baño, decenas de barcas abandonadas y miles de ostras vacías, tiradas por doquier. Nos dividimos en dos grupos y subimos, en desorden y desequilibrio, a las canoas de la expedición: la Mama Africa y la Gerda Vissers.
Nuestros guías comenzaron a paladear, con dificultad al principio, y más livianos después. Surcamos la bahía durante un rato, de forma muy relajada y bajo un prístino manto azul. Mis compañeros iban preguntando a los barqueros cómo era vivir en Gambia, qué les gustaba más, qué menos y cómo de importante era el río para su población.
Yo medio atendía con un oído, mientras intentaba captar la escena con mi cámara y me dejaba arrullar por el suave tambaleo de nuestra embarcación. A ambos márgenes, yacían anclados veleros de recreo que, de seguro, habían querido aprovechar también aquella deliciosa temperatura del mes de noviembre.


De a poco, fuimos acercándonos a una de las orillas del río y nos adentramos en un canal que discurría al abrigo de los mangles. Este se fue estrechando cada vez más y más, hasta que tocamos tierra. Desembarcamos en una amplia esplanada y caminamos un rato, en fila, hasta avistar una pequeñísima aldea que -nos dijeron- se llamaba Daranka.
Unas pocas cabañas circulares, de barro y techo de paja, se reunían sobre un cálido paisaje de sabana, moteado, aquí y allá, por frondosos árboles de mango y ceibas. A lo lejos, las mujeres segaban, agachadas, los últimos brotes de arroz, mientras los hombres regresaban de pescar. Se respiraba una paz y una tranquilidad… un costumbrismo añejo que contrastaba fuertemente con el caos de nuestras primeras horas en el país.


Sin internet, luz, ni agua corriente -nos explicó Simón, uno de los guías- aquel pueblo del interior vivía del cultivo, la pesca y el comercio de ostras, uno de los recursos más apreciados en el estuario del río Gambia. Para cocinar y lavarse, dependían además de un rudimentario pozo excavado a las afueras de la aldea y que nos enseñaron, orgullosísimos, sus jóvenes constructores.
Seguimos caminando otro poco, hasta toparnos con el retorcido tronco de un inmenso Kapok (una ceiba pentandra). Conocido como el «árbol de los elefantes» por la curiosa forma que escondían varias de sus ramas, era también uno de los más antiguos del país y se sentía al tacto -nos aseguraron- como la piel de uno de aquellos enormes paquidermos africanos.
Más importante todavía: bajo su sombra y protección sucedía la milenaria tradición del Bantaba. De los términos «Bant» -árbol- y «aba» -dónde encontrarse-, aquel era un espacio sagrado para los pueblos de la cultura mandinga, donde los hombres (y sólo los hombres) se reunían para guarecerse del sol y discutir los asuntos más importantes de la comunidad. Un lugar de energía ancestral, repleto de mil historias que se palpaban en cada una de las muescas de la corteza y casi se podían llegar a escuchar con el suave cimbreo de sus hojas.

Dos horas después, y con algo más de comprensión sobre el corazón y el alma de los gambianos, nos despedimos de Daranka y de su Bantaba y desandamos nuestros pasos hasta la orilla del río. Aunque esta vez, para sorpresa de todos, no nos subimos a los botes.
Aquella zona del Gambia estaba fuertemente influenciada por el Atlántico y la marea cambiaba drásticamente en muy poco tiempo. Entonces, la corriente nos cubría solamente hasta la rodilla y alguien hizo que nos remangáramos los pantalones y nos descalzáramos para poder seguir a pie, por el lodo, hasta reencontrarnos con las barcazas.
Recorrimos varios metros antes de sentirnos (sentirme) seguros con todo aquello. Ahora puedo confesarlo: fue aquella la segunda o tercera vez en sentir el miedo del que hablaba al principio.
Un miedo por desconocimiento, por infoxicación, por hipocondría… El temor de pensar que fuera a coger malaria, o me fuera a morder una sanguijuela o cualquier otro bichejo que viviera en el barro. Un temor que, como digo, se disipó rápidamente tras hablar con los guías y caminar un rato por el canal, comprobando que no solo no pasaba nada y que estaba todo en mi cabeza, sino que aquella era una experiencia, incluso, divertida.

Tras el primer susto del paseo y otra tranquila travesía por el río, regresamos al puerto y volvimos a subirnos al autobús, con una gran sonrisa en nuestra cara y un gran hueco en nuestro estómago.
Cocinando con Ida
Condujimos otro rato por carreteras de tierra y nefasto pavimento, hasta la pequeña localidad de Brufut. En uno de sus barrios residenciales, tras unas enormes puertas de metal, nos aguardaban las instalaciones de Yabouy Home Cooking.
En su amplio patio interior de estilo colonial, decorado con vistosos suelos de trencadís, paredes de estuco naranja y bajo la sombra natural de árboles y plantas trepadoras, se abría la cocina exterior de esta interesante empresa turística. Su fundadora, Ida Cham, y todo su equipo de cocineras -vestidas con coloridos atuendos tradicionales y brillantes sonrisas- nos esperaban para iniciarnos en la gastronomía autóctona del pequeño país africano.
Antes de sentarnos a la mesa, por eso, nos vistieron a nosotros también con camisas y kaftanes de motivos florales, mientras nos servían un té infusionado (Mborr mborr) y sonaba de fondo -lo que interpreté que eran- temas del folklore gambiano.
Después, nos dividieron en dos mesas y nos fueron sirviendo de un enorme puchero que contenía, a primera vista, algunas verduras, bastante arroz y pescado desmenuzado, todo mezclado con una viscosa salsa de color pardo. Un delicioso estofado, de nombre Dodoma, cuyo proceso de preparación nos fueron detallando, paso a paso, mientras lo devorábamos con energía.
De primeras, todo aquello podría haberme parecido una turistada, sinceramente. Una puesta en escena preparada para poco más que despejar el hambre y llevarnos a casa unas cuantas fotos ataviados con wax africano (que sí lo era un poco).
Pero más allá de toda superficialidad, supimos que Ida había diseñado aquella experiencia no solo para poner en valor la cultura gastronómica de su país, sino para financiar, a través de su propia fundación, una serie de microcréditos libres de intereses para que las mujeres de la comunidad pudieran poner en marcha sus propios negocios.

Además, aquel trato tan directo con los turistas había permitido redirigir parte de su atención hacia algunas de las problemáticas del país y captar, de esta manera, fondos para ayudar a solventarlas. Mujeres ayudando a mujeres y estableciendo redes que alimentaban -literal y figuradamente- a toda una comunidad. Una valiente aventura empresarial que habían reconocido y premiado multitud de entidades a nivel nacional e internacional como, por ejemplo, el African Travel Market.
Con todo esto sabido, fue mucho más sencillo apreciar el sazón de la actividad y sentir que aquel cortísimo viaje, a ratos delirante, podría estar contribuyendo mínimamente al desarrollo sostenible del país. Incluso, me decidí a pagar por la camisa (kaftán) tradicional que llevaba y me la traje a casa como suvenir (y porque además me quedaba muy bien puesta).
Tras la comida, agradecimos su labor a Ida y sus compañeras, nos hicimos la foto reglamentaria y caímos redondos en los asientos del autobús. Seguimos marchando río abajo, en dirección al mar. Todo con la intención de descubrir de dónde venía la parte más fundamental del estofado que nos acabábamos de zampar y de muchos de los platos de la cocina tradicional gambiana.
El mercado de pescadores en Tanji
El conductor nos dejó al margen de la carretera, justo a las puertas del antiguo mercado de pescadores de Tanji. Eran las 6 de la tarde y el sol empezaba a caer, momento en el que se esperaba más actividad comercial. Y así fue…
En los apenas cien metros que nos debían separar del mar, se desplegaba una caótica lonja gobernada por cientos de hombres que colocaban el pescado (sardinelas y peces bonga) sobre los «mostradores» y avivaban el fuego para secarlos. Y por mujeres que vestían de intensos colores y compraban, vendían, negociaban, cotilleaban… y por familias que venían a mercar y a socializar, y por niños que correteaban, jugaban y se reían, y por gaviotas que intentaban «pescar» lo que sobraba, y por prostitutas que -otra vez- buscaban hacer lo suyo, y por viejas neveras en desuso que yacían en la arena, y por basura, todavía más basura.



Nos encontrábamos ante el motor económico de un país que rugía a todo vapor y se embullaba en una loca cacofonía de luces y sombras, de colores, de sensaciones, de alboroto… y de un olor -literalmente- indescriptible.
Por suerte o por desgracia, una fuerte gripe me tenía las fosas nasales completamente colapsadas y no había alcanzado a olfatear nada durante todo el viaje. Ni si quiera allí, donde el tufo del pescado secándose al sol era visible a los ojos y mis compañeros se esforzaban por disimular, sin conseguirlo, las caras de mareo y los arranques de arcada.
No lo niego: me fue difícil acabar de apreciar del todo aquella experiencia. Lo viví como se hubiera sentido un atardecer en la playa, con los ojos vendados y con el oído como único aliado. Un experimento descriptivo -sin duda- muy interesante, pero también una historia del todo incompleta. Y, sin embargo, conseguí disfrutarla y aprender de aquel lugar, como quizás de ningún otro en todo el viaje.

A medida que nos acercamos a primera línea, el frenesí comercial fue ensordeciéndose a favor del oleaje atlántico. Frente a nosotros, las últimas piraguas de pesca surcaban el atardecer en dirección a la playa. Los más jóvenes se metían rápidamente en el agua y empujaban y tiraban de los cabos para ayudar a sacar las pesadas embarcaciones. Las mujeres, con cubos sobre la cabeza, corrían a rescatar el poco pescado que intentaba escabullirse por la borda.
Desde la playa, atendíamos a semejante espectáculo sin perder detalle. Yo levantaba la cámara y hacía saltar el obturador, una vez tras otra. Los niños a nuestro alrededor nos miraban curiosos y algunos se prestaban también a hacerse fotos. Posaban, sonreían y se empujaban para ponerse en primera fila.
Me oteaban con sus grandes ojos marrones mientras trastocaba los parámetros de mi cámara réflex. Sus miradas, dulces e inocentes, ilustraban el calor de un continente al que parecían habérselo quitado todo y que, sin embargo, persistía en seguir adelante, siempre con una sonrisa puesta.
Rondaba en mi cabeza aquel eslogan que se habían inventado los primeros turoperadores y que -a mí me parecía- había sentado un precedente al que todos debían aspirar forzosamente: Gambia, «the Smiling Coast of Africa«.


Aunque aquellos niños se reían de la forma más natural posible. Quizás les hacía gracia que un «blancucho» con mochila, gorra y quinientos kilos de crema solar e insecticida pudiera admirar con tanta curiosidad su vida mas cotidiana.
Yo les seguía la corriente. Observaba por la mirilla, enfocaba, sonreía y hacía saltar el flash. Miraba de nuevo, sonreía, les levantaba el pulgar y, después, borraba la fotografía. Así unas cuantas veces, con la mejor de las intenciones. Pensando que si no conservaba las imágenes, no habría ningún mal en todo aquello. Poco sabía yo que sus vidas habían quedado ya corrompidas por el poder del interés capitalista.
Con los adultos actué distinto. Sus acciones me intrigaban mucho más y, por alguna razón, pensé que podría llevarme a casa una porción de aquella estampa: mujeres tejiendo las redes de pescar, hombres lijando los tablones de los botes, el mar chapoteando de fondo, el sol brillando hacia la noche…
Yo repetía el gesto: sonreía, me colocaba y alzaba la cámara. Pero al apuntarles y enfocar, muchos se tapaban, me gruñían y me reprendían con aspavientos. Yo me disculpaba, bajaba la cámara y probaba suerte un poco más allá. Intentaba no apartarme mucho del resto del grupo, que seguía los mismos patrones.
Al cuarto intento me di cuenta: ellos sí se sentían incómodos ante nuestra presencia. Quizás no conocieran específicamente sobre sus derechos o sobre el interés que pudiéramos tener nosotros en fotografiarles. Ni preguntaron tampoco cuáles eran mis intenciones para con aquellas imágenes.
Pero, me da a mí, que algo sí les debía haber llegado sobre los efectos de la globalización, el turismo masivo y la pérdida de identidad cultural. Y estaba claro que no les interesaba convertirse en un espectáculo y vender su imagen por unos pocos dólares. Al menos, no a todos sus ciudadanos.

Paradise beach
El último día desayunamos en Sanyang Beach (Paradise Beach), en un chiringuito de cáñamo a pocos kilómetros de nuestro hotel. Nos reunieron a todos para despedirnos con calma y rendir homenaje a todo el equipo, como bien se merecía. Comimos, retomamos anécdotas y nos reímos, mientras nos acompañaba, una vez más de fondo, el salvaje Atlántico.
Llevábamos dos días bebiendo de aquella cultura que tanto dependía de los recursos del mar; y de aquel fascinante río que recorría a todos sus habitantes por dentro… pero aún queríamos saber más sobre cómo aprovechaban su tiempo de ocio frente a la costa. Y motivados por esa curiosidad, nos levantamos y fuimos a explorar aquella que decían ser una de las mejores playas del país.

Al principio, todo fue de lo más normal. Paseamos tranquilamente por la tórrida línea de arena, mientras unos pocos niños jugaban al fútbol con cualquier balón improvisado. Otros pocos adultos, más allá, ayudaban a sacar un bote del agua para repararlo. Una bandada de gaviotas planeaba sobre el bucólico paisaje tropical y se lanzaba en picado sobre los crustáceos que rondaban por la playa. Algún gato callejero hacía lo propio con los restos de pescado abandonados.
Nosotros observábamos todo desde fuera, hipnotizados. La escena era muy distinta a cualquiera a la que pudiéramos estar acostumbrados, pero las sensaciones no habían cambiado: la brisa marina, el sol en la cara, la arena bajo los pies, los graznidos sobre nuestras cabezas… Disfrutamos un buen rato. Hasta que dejamos de pasar desapercibidos.
En algún momento, alguien levantó la cabeza y las miradas comenzaron a posarse sobre nosotros. Dos o tres se acercaron rápidamente y, después, el resto de la bandada. Se pegaron a nosotros como si fueran nuestros guardaespaldas. Peor aún: como grupies adolescentes, demandando hasta nuestra ropa interior. Nos acompañaron el resto del paseo, mientras nos preguntaban de todo insistentemente: «¿De dónde sois? ¿Qué hacéis por aquí? ¿Nos dais vuestro teléfono? Venid, venid por aquí que nosotros os enseñamos«. Quisieron hacernos de «guías» turísticos y, por supuesto, cobrarnos por ello.

No fue la primera vez que me sentí como un euro con patas, pero sí la más incómoda de todas. Lo quería entender: se buscaban la vida como podían y nos veían, a los turistas, como blancos fáciles. No digo que yo, en su situación, no hiciera lo mismo. Pero el acoso y esa intención enmascarada de sacarnos dos dólares por un simple clínex fue, muy probablemente, lo peor de aquel viaje.
Me zafé de «los guardas» en cuanto pude. Aproveché un momento en el que parecían distraídos y me escabullí tras las redes de pescar. Volví al chiringuito, agobiado y habiendo olvidado, por un momento, todas las maravillas que nos había ofrecido Gambia hasta entonces.
Parque Forestal de Bijilo
Por suerte, se me pasó enseguida. Esperamos a que todos volvieran (también medio desengañados) y subimos de nuevo al autobús para desplazarnos hasta la espectacular última parada de nuestro viaje.
A pocos kilómetros al sur de Kololi, bordeando la costa, se extendían las más de cincuenta hectáreas del Bijilo Forest Park. Un exuberante paisaje de árboles de algodón de seda (silk cotton trees), palmeras, baobabs, lirios, orquídeas silvestres y enredaderas, que se habían entrelazado para construir el hogar perfecto de más de 130 especies de aves y reptiles, y de varias poblaciones de monos como el Colobo Rojo Occidental, en peligro de extinción, los Cercopitecos verdes o los Monos pata.


Los célebres primates eran los reyes del parque y, muy a nuestro pesar, se habían más que acostumbrado a la presencia del ser humano. Se tambaleaban sobre nuestras cabezas, jugaban, se acercaban -curiosos- e incluso se subían a las espaldas de algunos visitantes. Nuestro guía fue tajante con todo ello: mostrad respeto, marcad distancia, permaneced en silencio y, bajo ninguna circunstancia, les deis de comer.
A la hora de la verdad, mis compañeros -envalentonados por el resto de turistas y también por la actitud receptiva de los macacos- se saltaron toda normativa y se acercaron para tocarlos, fotografiarlos y darles de comer. Hay que decir que tampoco encontraron demasiado impedimento por parte de los (escasísimos) vigilantes del parque.
A pesar de mi enorme indignación, preferí no discutir con el grupo y me aparté un buen rato. Me sumergí en la densa selva y me dejé llevar por uno de los muchos senderos que cruzaban el recinto. Cuando el canto de los pájaros y el aullar de los monos empezaron a ahogar el barullo de los visitantes, ralenticé la marcha y saqué mi cámara.
Seguí paseando, en solitario, mientras agudizaba el oído y enfocaba con el teleobjetivo. Allá, bajo la intimidad del manto tropical, mis peludos anfitriones seguían con su vida de la forma más natural. En el suelo, una madre cargaba a dos pequeñuelos que parecían dormidos. Sobre el muro oeste, dos jovencitos jugaban y se increpaban con sonora energía para, apenas treinta segundos después, tenderse a acicalarse mutuamente.


Yo seguí mirando por el visor, embelesado, intentando no hacer demasiado ruido. Nunca antes había tenido la oportunidad de observar el mundo de aquella forma, tan «salvaje», tan de cerca. Y no podía creérmelo. Me costaba pensar que alguien en su sano juicio pudiera salir de aquella experiencia y volver a casa sin cambiar mínimamente. Sin sentir que debía hacer algo para protegerlo, para salvarlo, para cuidarlo; para que las próximas generaciones pudieran disfrutarlo como nosotros.
Deambulé otro rato, sin perder detalle a todo movimiento, hasta que marcaron las doce del mediodía. Me recogí, sendero abajo, hasta la entrada del parque, donde me aguardaban casi todos mis compañeros. Abandonamos Bijilo enseguida y volvimos por última vez al hotel. Yo anduve ensimismado en mis pensamientos todo el camino. Relajado, contento e impactado.
Nos dejaron un par de horas libres para empacar y disfrutar de las instalaciones. Bajé caminando a la playa con una de mis compañeras. Como un sueño fugaz y alborotado, aquel viaje llegaba a su fin. No había esperado mucho de Gambia, pero sí había temido mucho. De nuevo: innecesariamente.
Mientras me sumergía en el frío Atlántico, reía para dentro y me reconciliaba con mi privilegio. Si bien no podía, no quería o no debía sacrificarlo, sí podía utilizarlo con responsabilidad. Y así me recordé la misión: volver a casa y contar mi experiencia. Sin tapujos, sin juzgar(me) y con empatía. Contar que, para lo bueno y para lo malo, Gambia continuaba sonriendo al mundo, y que había sido un auténtico privilegio abrir aquella primera puerta, que esperaba volver a cruzar algún día.

