Un final daba comienzo y la tristeza empezaba a invadirlo todo. A ella se le unirían, también, el dolor de la traición y, después, el desaliento. Terminaba así el verano, como terminan tantas otras cosas: de forma consciente, pero inesperada. Igual que mi primera relación, que venía haciendo aguas desde hacía algún tiempo y decidiría llegar a desbordar en aquel pequeño pueblo de la Costa Brava.

Llegada a puerto

Si mi voz muriera en tierra
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera


Yo lo quise elegir, precisamente, para escapar de todos y de todo. Y me imagino que aquello hubiera sido mucho más fácil en la España de los años 50, cuando la falta de infraestructuras habría hecho casi imposible salvar las montañas que rodeaban la antigua villa de pescadores.

Antaño, solamente los artistas más torturados y aquellos individuos verdaderamente interesados en desaparecer de la faz de la tierra (presente), se habrían decidido a traquetear los 17 kilómetros que los separaban de Roses, para buscar, en la soledad de aquel salvaje Mediterráneo, un poco de consuelo e inspiración.

Pero no en 2023. Cadaqués se había convertido, de un tiempo para entonces, en una de las localidades más célebres de toda la costa catalana. Y la nueva -aunque aún traqueteante- carretera comarcal llevaba tiempo abarrotando la villa de turistas internacionales y de familias con sombrillas de colores que, ahora sé, dificultarían a cualquiera el llorar las penas en silencio.

En este sentido, si hay algo que han hecho bien desde el Ayuntamiento, ha sido prohibir la circulación de vehículos en todo el casco histórico. En su defecto, han habilitado un parking municipal con capacidad para 500 vehículos, donde dejar estacionado nuestro transporte privado -a precios sí que nada municipales- durante las 48 horas necesarias para recorrer la villa marinera.

Si preferís ahorraros unos euritos, podéis probar a alejaros un poco del centro y tomar la carretera en dirección a Portlligat. Allí, se encuentra un segundo espacio de estacionamiento GRATUITO, perfecto para una visita espontánea de un día a Cadaqués.

Cadaqués

Yo arribé un viernes a mediodía, varias horas antes de poder entrar en mi alojamiento. Iniciábamos ya el mes de septiembre, pero el calor no acababa de dar tregua. Pensé, entonces, que la mejor forma de pasar aquel bochorno y de hacer tiempo hasta la comida era brindarme el primer baño del viaje. Así que me senté sobre los guijarros de la Platja Gran, me puse el bañador y con cuidado de no perder de vista el macuto, me sumergí en el brillante Mediterráneo.

Para mediados del siglo XIX, las clases pudientes del sur de Europa ya habían recuperado la tradición de pasar temporadas en los balnearios de costa. Eugenia de Montijo habría sido la primera en enamorarse del mar, allá lejos en el País Vasco francés, y lo habría puesto rápidamente de moda entre nobles y burgueses de todo el continente. La costumbre vendría apoyada, también, por médicos y galenos, quienes experimentaron con los baños salinos para remediar muchas dolencias del cuerpo, la mente y el espíritu. Cadaqués permanecería alejadísimo, durante décadas, de aquellos primeros circuitos de sol y playa, pero de seguro a cualquiera le hubiera bastado con un chapuzón en sus gélidas aguas para sentir el súbito tintineo de alivio recorriendo todo el cuerpo. Un alivio tan poderoso, como fugaz, que habría obligado a los bañistas a repetirse verano, tras verano, durante los últimos dos cientos años. He aquí la magia y la maldición de nuestra estimada costa mediterránea.

Cuando a mí se me habían pasado ya los efectos del baño y los dedos andaban arrugados como pasas, recogí mis bártulos y busqué un restaurante por la zona. Elegí acomodarme en la terraza cubierta de Mos Cadaqués y me deleité con un buen plato de paella marinera y unas croquetas de jamón. Mientras, dos chicas de unos veinte años, sentadas en la mesa de al lado, chismoseaban sobre un supuesto pretendiente romántico y su falta aparente de interés.

Un pinchazo de empatía y angustia recorrió varias veces todo mi espinazo durante su conversación y a puntito estuve de lanzarme, como Miranda Hobbs, a salvarles de su «ignorancia»: «He is just not that into you. So, move on». Pero como en la serie, habría sido absolutamente vilipendiado. ¿Quién era yo, al fin y al cabo, para dar ningún tipo de consejo romántico? Preferí guardar silencio y rogar porque aquella historia terminara de forma distinta.

Paseo marítimo de Cadaqués
Paseo marítimo de Cadaqués

Tras la comida, llegó la modorra y con ella accedí, por fin, a mi alojamiento. Había alquilado una coqueta habitación con baño privado en un antiquísimo edificio de tres plantas en medio del casco histórico. Este se dispersaba a lo largo de unas pocas manzanas y sobre una loma encabezada por la Església de Santa Maria.

Lo recorrían una serie de callejones empedrados que bifurcaban por doquier, buscando siempre la salida al mar. La humedad y la escasez de luz habían engendrado varios tipos de enredaderas, que se aferraban a las blancas fachadas y enfilaban hacia el cielo, decorando un verde laberinto por el que bien perderse unas cuantas horas.

Desde el balcón lateral de los Apartamentos Bellaire -también desde su terraza superior-, se alcanzaba a contemplar una nueva perspectiva de aquel entramado de tejas de pizarra roja y balcones floridos, que transitaban incansablemente centenares de turistas, aun a pesar del intenso calor. Habiendo abandonado yo todo el equipaje en un rincón de la habitación, no tuve fuerzas más que para dejarme caer en la cama antes de sumirme en un profundo y melancólico sueño de una tarde de verano…

Casco histórico de Cadaqués

El abismo surrealista

Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra


Desperté, horas más tarde, con las notas saladas del Mediterráneo y el murmullo de los viandantes alejándose del centro. El calor se había disipado ligeramente y el sol empezaba a caer ya tras la línea del horizonte. Me arrastré hasta el borde de la cama, me calcé y cogí la cámara.

A pie de calle, decidí dejarme llevar por la suave pendiente y me reencontré, poco después, con el paseo marítimo. Nuestros vecinos noreuropeos comenzaban a llenar las terrazas para disfrutar de la última comida del día y las fachadas sobre sus cabezas empezaban a mudar la piel y a tornarse violáceas.

Vagabundeé un rato por la playa, alejándome por la avinguda Victor Rahola, para buscar -casi de forma inconsciente- un lugar donde disfrutar del atardecer. A cierta altura, dejé la avenida y me aposenté en una roca junto al agua.

Se había levantado una leve ráfaga de tramontana que mecía plácidamente las barquitas amarradas en la bahía. Los últimos rayos de sol atravesaban las acículas de los pinos frente a mí, difuminando las montañas y fundiéndolas con los tejados, las naves y el mar. Era como un espejismo, casi como un sueño…

Atardecer frente a Cadaqués

Entonces, algo me pasó: se me llenaron los ojos de lágrimas y comencé a llorar desconsoladamente. No sabría explicar por qué. Sentado allí, aparentemente relajado, con la brisa de cara y frente a uno de los atardeceres más bonitos que había tenido la suerte de contemplar, me sentí más vulnerable que en toda mi vida. Y lloré y lloré y lloré… confuso, avergonzado… durante mucho rato.

En cierto momento, casi como de un espasmo, torné la vista hacia atrás y descubrí que una chica sentada unos metros más allá me miraba; calmada, humilde y con un afecto casi maternal. No dijo nada, no hizo gesto alguno, ni cambió de expresión. Me giré, abochornado, y clavé mis ojos en la mar todavía sin poder parar de llorar.

Cuando el sol hubo desaparecido casi por completo y Cadaqués comenzaba a brillar bajo los focos de los fanales, conseguí enjugarme las últimas lágrimas y me atreví a mirar hacia atrás. La chica -si es que alguna vez existió- se había ido. Me levanté, me recompuse como pude y volví al paseo en busca de un lugar donde sentarme a cenar.

Cadaqués de noche, desde el paseo marítimo

Me instalé en una mesa doble en la terraza de la Pizzería La Gritta, frente a la diminuta playa de Es Prianc y me entretuve un rato mirando la carta, comiendo palitos de pan y espiando sin remilgos al matrimonio asiático que cenaba a mi lado.

Al rato, me di cuenta de que ni las vistas frontales del pueblo iluminado, ni el ir y venir de los paseantes, ni el sazón de la exquisita pechuga de pollo al romero estaban consiguiendo compensar mi exacerbada apatía. Entonces, cogí el móvil y recurrí a Instagram. Craso error.

Mis intentos de llamar la atención por stories debieron ser bastante desesperados porque una compañera de instituto, de la que no había sabido nada en casi 10 años, me escribió para decirme que no me preocupara, que todo iba a estar bien y que sólo necesitaba un poco de tiempo. Fue en ese instante cuando supe que tenía que pedir ayuda…

Mi polo a tierra

Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento una vela!


Alba llegó en el tren de las 09 de la mañana. Había salido de casa más de cinco horas atrás para venir en mi rescate. Yo pasé a buscarla a las 08:55 por la estación de tren -un eufemismo- de Vilajuïga; y a las 09:24 ya estábamos tomando café y tostadas con mantequilla en una terraza junto a la Platja Gran; y afilando con esmero nuestras lenguas viperinas para renegar con sorna del mito clásico del amor romántico y de todos los cuentos de princesas Disney.

Pasadas las 11:00, ya con la boca seca y los culos planchados, decidimos levantarnos a ver si podíamos aprovechar un poco el día. Pero el sol, que hasta entonces había brillado sin obstáculo alguno, comenzó a esconderse tras una cortina nublada, que se fue espesando a medida que transcurrió la mañana y que acabó de drenar por completo nuestra energía.

Nuestros cuerpos se inclinaron, entonces, por deambular sin ganas a través de los callejones empedrados, aclimatándose con cada paso a la nueva atmósfera y arrastrándose de tienda en tienda, hasta la hora de la comida.

Cadaqués nublado

Para recargar un poco nuestras mermadas baterías sociales, optamos por evitar los restaurantes y, a cambio, abastecernos en el Spar con unos cuantos precocinados que podíamos calentar en el microondas de la habitación y degustar, a solas, en el terrado del edificio. Sorprendente cuán bien una comilona con vistas al mar puede sentarle al cuerpo.

Para las 16:00, y aun a pesar del mal tiempo, el color rosado había retornado a nuestras mejillas y unas desternillantes risotadas comenzaban a resonar contra las cuatro esquinas de aquella diminuta azotea. Fue entonces cuando no sentimos preparados para regresar a nivel de suelo y seguir descubriendo la encantadora Cadaqués. Nuestro destino: el hogar de uno de los artistas más reconocidos y polémicos del siglo XX.

Salvador Dalí llegó a Portlligat hacia 1930 y se instaló en una pequeña barraca de pescadores que iría reformando y ampliando con el tiempo. Conocía muy bien la zona porque había veraneado en Cadaqués con su familia desde que era pequeño.

La historia oficial nos cuenta que andaba buscando, entonces, paisajes, luz e inspiración para seguir componiendo tras el temprano éxito de sus exposiciones en Madrid, Barcelona y París. No me atrevería yo a negarlo, en absoluto, pero sí que quizás complementaría el porqué de aquella mudanza con otro factor: el desamor.

A los 19 años, tras la muerte de su madre, Dalí se mudó a Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En la Residencia de Estudiantes coincidiría con muchas otras promesas de la época como Luis Buñuel, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset… y también con Federico García Lorca. Con este último, el pintor entabló una intensa «amistad» que se prolongó durante años y que nos dejó una ristra de dedicaciones y colaboraciones artísticas, una enorme correspondencia, de tintes incluso eróticos, y hasta el recuerdo de dos viajes a Cadaqués. Sin embargo, la relación se fue enfriando y a finales de los años 20 ambos se distanciaron. Lorca murió algo más tarde, ejecutado por las tropas franquistas y Dalí nunca consiguió olvidarlo. Se dice que Gala, en un ataque de celos, destruyó muchas de las cartas que ambos se habían enviado. Se habla, incluso, de que lo único que Dalí logró pronunciar agonizando en su lecho de muerte fueron las palabras: «El meu amic Lorca» (Mi amigo Lorca). Una presunta historia de amor, pasión y admiración mutua que, a causa del momento histórico, nunca pudo llegar a consolidarse del todo.

La guía, por supuesto, no mencionó nada de esto durante la visita. En su lugar, nos llevó de habitación en habitación y de objeto en objeto, a través de los más de 40 años que el artista y su mujer pasaron en la Casa de Portlligat.

Un laberinto tan especial y variopinto como la propia pareja, que él llegaría a describir como: «una veritable estructura biològica […]. A cada nou impuls de la nostra vida li corresponia una nova cèl·lula, una cambra«. (Una verdadera estructura biológica. A cada nuevo impulso de nuestra vida, le correspondía una nueva célula, una habitación).

Desde luego, no importa ya cuál fuera el motivo por el que Dalí decidiera instalarse en aquella casa, mas sí que pudimos apreciar, de primera mano, cuán inspiradores podían llegar a ser la luz y los paisajes de la Costa Brava y el porqué de haber querido permanecer siempre junto a ella.

Casa de Salvador Dalí en Portlligat

Regresamos a Cadaqués con el atardecer. Este, más oscuro y azulino que la noche anterior. Los pocos rayos que conseguían filtrarse entonces a través de las nubes bajas comenzaban a emborronar la sombra de los últimos visitantes en el paseo. Más allá, unos vecinos habían sacado a la calle sus mesas y sillas plegables y jugaban al dominó, mientras compartían una cerveza. Con el hambre de nuevo llamando a la puerta, nosotros optamos por volver a La Gritta y darnos un homenaje de despedida a base de pizza casera.

Callejuelas de Cadaqués al atardecer

El viaje decidimos cerrarlo, a la mañana siguiente, con un buen chapuzón. Tras un impulso, digamos optimista, había conseguido convencer a Alba para ver el amanecer desde la playa. Ella no quiso meterse al final y se quedó grabándome con el móvil -suspicaz- mientras yo me bañaba en completa soledad.

El agua estaba total y absolutamente congelada, pero no me importó. Me lo quise tomar como un bautizo sanador o -incluso- como un último intento de extremaunción a mis penas que, esperaba, se ahogaran allí mismo. Uno sabe que no es así como funciona el luto, pero valía la pena intentarlo.

Volvimos al apartamento, un par de horas después, con el tiempo justo para ducharnos, desayunar y recoger un poco antes de la salida. Después de cargar el coche, decidimos dar un último paseo por el pueblo.

Queríamos despedirnos, con calma, de aquel lugar que nos había acogido tan excepcionalmente bien, en un momento no tan bueno. Llegamos caminando hasta la escultura del «Quadre de Cadaqués, Dr. Antoni Bartomeu» y allí nos quedamos un rato contemplando el mar. Ambos en silencio. Expectantes.

Vistas de Cadaqués desde el paseo marítimo

Y justo allí volví un año después. El mismo yo, pero en otro punto completamente diferente de mi vida: más alegre, sin sufrimiento, con esperanza… Y me quedé mirando también aquel paisaje. Aquellas casas y aquel mar, que me enseñaron que escapar no era siempre la mejor opción. Que a veces necesitábamos permanecer; y que aunque nos fuéramos, no podíamos olvidarnos nunca de los buenos compañeros de viaje. Recuerdo haber reflexionado sobre todo ello mientras volvíamos una vez más al coche.

Con el sol brillando sobre nuestras cabezas, la tramontana alborotando nuestros cabellos y aquella imagen permanente del Cadaqués aposentado sobre el mar, recordándonos que podíamos retornar siempre que lo necesitáramos y sumergirnos de nuevo en el frío y cristalino Mediterráneo.


Los extractos de poema corresponden a Marinero en tierra (1924) de Rafael Alberti.

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