Este es un articulo protesta. Nace con la intención —básicamente— de llevar la contraria y reivindicar el interés por una ciudad que, aunque no es la mía y tampoco me ha nombrado paladín en esta batalla, creo que no merece, ni de lejos, el trato que recibió en cierto momento, cuando yo la visitaba.
Contexto: Croacia, septiembre de 2023. A una compañera y a mí nos habían enviado a un congreso internacional sobre alfabetización mediática. Tras un largo vuelo, con escala y retraso incluidos, llegábamos al Aeropuerto Franjo Tuđman de Zagreb.
Era pasada la medianoche y no había nadie en la terminal, por lo que nos fue imposible conseguir un taxi que nos llevara al centro. No nos quedó otra que utilizar una de aquellas apps de viajes privados, tan criticadas, pero tan útiles, y esperar otro rato a que nos recogieran.
Durante el trayecto, el conductor nos entretuvo con la conversación de rigor:
—¿De dónde sois? ¿Qué os trae por aquí?
—De Barcelona.
—Ah, Barcelona… yes, yes… Barça, Barça.
Yo aproveché el momento y le pedí que nos recomendara algunos sitios que ver en la ciudad. Teníamos tres días completos y bastante tiempo libre en nuestras manos.
—Oh no, no. Don’t stay in the city — nos contestó, entre sorprendido e impasible.
Nos dijo que Croacia era muy bonita y que teníamos playas y varios parques naturales a menos de hora y media. Tuve que insistirle en que estábamos allí por trabajo y que no podíamos movernos de la capital.
Refunfuñó y nos volvió a repetir que saliéramos de excursión porque según él: «no había nada que hacer en Zagreb». En ese momento desconecté de la conversación. No estaba siendo para nada grosero e intuyo que sólo quería ayudarnos, pero su respuesta me enfadó muchísimo.
No comprendía cómo alguien podía renegar así de su tierra. Como turismólogo, pensaba -y sigo pensando- que los locales son (o deberían ser siempre) los mejores embajadores de un destino. Y aunque no sé si aquel conductor vivía realmente allí, no dejaba de pensar que se estaba echando piedras sobre su propio tejado.
Conforme pasaron los días y se hizo cada vez más evidente que aquella pequeña ciudad tenía una infinidad de cosas por ofrecer -y nos enamoraba fácilmente a cada paso-, mi enfado e indignación fueron in crescendo.
Y así, terminé el viaje con un objetivo muy claro y muy personal: escribir este artículo para darle a aquel conductor (y a todo aquel que quiera escucharme) al menos 6 motivos por los que SÍ vale la pena visitar Zagreb. Así que allá vamos:
1. Su historia, carácter y cicatrices
Como muchas capitales de Europa, Zagreb es el resultado de infinitas mezcolanzas, invasiones, reconstrucciones, influencias políticas y movimientos migratorios y culturales que han ido moldeando su paisaje a lo largo de siglos y siglos.
Pero especialmente aquí, en el corazón de esos Balcanes alimentados por el Mediterráneo y las costumbres clásicas, pero también por las corrientes llegadas desde Oriente, la capital croata ha crecido como una cebolla con mil capas que te atrapan con cierto aire melancólico, aunque luminoso, y te invitan a sumergirte en su fascinante historia.
Sabemos que el nombre de Zagreb se mencionó por primera vez a finales del siglo XII, cuando el rey húngaro Ladislav fundó su archidiócesis (de Zagreb) en la aldea de Kaptol, en el actual distrito de Gornji Grad (Ciudad Alta). Por entonces, se elevaba frente a este asentamiento, en la zona que ahora ocupa el casco antiguo, la villa de Gradec, una segunda comunidad fortificada e independiente al obispado.

Ambas poblaciones compitieron durante los siguientes 700 años a nivel económico, político y social, mientras buscaban el favor de los reyes y las cortes bajo la influencia del Sacro Imperio, la Casa de Austria y el Imperio austrohúngaro.
Y no fue hasta mediados del siglo XIX cuando confluyeron en un mismo núcleo y asentaron los cimientos para la revolución cultural y social que se habría de avecinar con la llegada del tren, la industrialización, el éxodo urbano, el movimiento nacionalista y todas las transformaciones acontecidas con el cambio de siglo.
Desde entonces, Zagreb se ha ido consolidando como una de las capitales imprescindibles del oriente europeo. Por su belleza y espíritu —para mí— exóticos y por esa sensación de estar descubriendo una de las últimas ciudades del continente que no se ha dejado moldear, todavía, por la masa turística.
Y es que ya lo decíamos: pese a ser la capital de uno de los estados más visitados en este lado del Mediterráneo, la mayoría de visitantes la conocen solo de pasada, durante una pausa entre escalas, o como primera base de un roadtrip más extenso por el país.
Y es posible que este ligero ostracismo o, definitivamente, las cicatrices de la (no tan lejana) guerra en los Balcanes hayan forjado el alma y el carácter de Zagreb y de todos sus habitantes. De hombres y mujeres con los que no es difícil en absoluto relacionarse, pero que comparten un humor, a veces, tosco y frío y cuyos ojos parecen reflejar muchas cosas que callan y lloran todavía en silencio.
Un buen ejemplo de ello es el Museo de las Relaciones Rotas, una curiosísima muestra —según he leído porque no me dio tiempo a visitarla— que exhibe los objetos huérfanos de relaciones amorosas fallidas.
Lo fundaron dos artistas que habían sido pareja a principios de los 2000 y que, tras la ruptura, se dieron cuenta de que acumulaban un montón de recuerdos físicos que ya no querían tener en casa porque les dolía o incomodaba demasiado. Así que decidieron exponerlos y animaron a amigos y familiares a donar también a la colección.
El resultado es una simpática serie de primeros intentos, segundas oportunidades y muchos «fracasos» que han dado la vuelta a medio mundo y que ahora tienen su sede física en la Ciudad Alta.

Aunque, si no tenéis el tiempo, bastará simplemente con adentraros en las callejuelas del centro histórico e intentar entablar conversación con el —a veces reacio, otras curioso— zagrebiense de a pie. Solo para daros cuenta de cuán fascinante puede ser la historia personal de cada uno; y de cómo todas las piezas individuales han ido encajando para construir este nuevo futuro, mucho más brillante.
Y es que, al final, Zagreb no es una ciudad exageradamente monumental, es cierto. Su encanto se deja entrever en las elegantes fachadas con la pintura desconchada, las plazoletas poco transitadas y las conversaciones que nunca llegan a producirse del todo.
Como con algunas personas, esta capital necesita un poco más de tiempo. Y quizá por eso, cuando uno se marcha, tiene la sensación de que apenas ha comenzado a conocerla. De que todavía quedan muchas capas por descubrir bajo la superficie. Y eso es, para mí, el mejor aliciente para regresar.
2. Su arquitectura y encanto austrohúngaros, dos motivos por los que Zagreb sí vale la pena
Sí que podéis —y deberíais— aprovechar una primera visita para disfrutar del encanto vienés que desprenden muchísimos de sus edificios. La mayoría de los cuales fueron construidos en la época de mayor esplendor y crecimiento de la ciudad; aquella en que los ecos nostálgicos del neoclasicismo se dejaban embelesar con los nuevos materiales y técnicas constructivas del Art Noveau.
Una fusión tremendamente interesante que se aprecia, sobre todo, en la Ciudad Baja (Donji Grad). Aquí, se despliega un entramado perfectamente ordenado por elegantes avenidas arboladas y edificios modernistas de tonos pastel y curvas imposibles. Construcciones que, sí, quizás necesitarían de alguna restauración, pero que resisten —perennes— al paso del tiempo y a las miradas azarosas de vecinos y turistas.
La Ciudad Baja es también uno de las mejores zonas donde alojarse en la ciudad. Podéis comparar entre cientos de opciones y reservar al mejor precio a través de Booking.com, mi buscador de alojamientos favorito.

Lo ideal —y algo que os continúo recomendando a lo largo de este artículo— es dejaros llevar por el repiqueteo de vuestros zapatos en el adoquín y perderos entre plazas y callejuelas para intentar atisbar cuantas joyas arquitectónicas podáis. Algunas se encuentran a simple vista, como la Estación Glavni Kolodvor, donde paraba antaño el Orient Express, o el Teatro Nacional, esa emblemática mole amarilla inaugurada en 1895.
Si bien, lo realmente fascinante es vagabundear sin rumbo y detenerse ante aquellas fachadas cuyos nombres o historias parecen haber caído en el olvido. E intentar adivinar, con un poco de imaginación, a quién pertenecieron esos antiguos palacetes faltos de restauración.
Por el camino, quizás os topéis con algunas sorpresas que brillan discretamente en la oscuridad: portones de madera tallada, delicadas vidrieras multicolor, angelitos de piedra en cornisas y balaustradas y balcones de hierro retorcido, adornados con tiestos resquebrajados por el tiempo.

Y así, iréis ascendiendo poco a poco, de vuelta a la Ciudad Alta, para terminar este recorrido arquitectónico en una de mis obras favoritas de toda la ciudad: la Iglesia de San Marcos (Crkva sv. Marka).
Erigida a mediados del siglo XIII y reconstruida por completo a finales del XIV, San Marcos es uno de los templos más emblemáticos de Zagreb. Lo es por su antigüedad y eclecticismo, en esa mezcla entre el románico, el gótico tardío y el neogótico. Lo es también por la calidad de sus esculturas y pinturas; y por presidir una plaza que ha sido testigo de algunos de los acontecimientos civiles más significativos de la historia croata.
Pero lo que lo hace verdaderamente especial es su cubierta de mosaicos rojos, blancos y azules que reproducen los escudos de armas de Zagreb y del antiguo reino tripartito de Croacia, Dalmacia y Eslavonia.
Esta fue diseñada por Hermann Bollé, arquitecto germano que dejó una impronta importantísima en Zagreb, pues fue uno de los artífices de la restauración que le devolvió la vida tras el terremoto de 1880. No exento de polémicas por su «excesivo intervencionismo» y por «destruir parte de la obra original», lo cierto es que, para bien o para mal, se nos haría muy difícil imaginar el Zagreb de hoy sin su trabajo.
Podemos ver su «huella» en una gran parte de los templos de la ciudad: en la Catedral principal, en la iglesia ortodoxa de la Transfiguración del Señor o en la Concatedral grecocatólica de los Santos Cirilo y Metodio. Y también en muchos otros edificios públicos, como el Museo de Artes y Oficios o el Parque Zrinjevac. En total, Bollé le dedicó cinco décadas a Croacia y trabajó en la construcción y restauración de más de 150 edificios a lo largo y ancho del país.


Aunque más allá de sus construcciones, la visita a Zagreb os quedará incompleta si no utilizáis otro de aquellos inventos clave de la Revolución Industrial: el tranvía. El característico metro ligero de la capital croata, de color azul (igual que el equipo local de fútbol), funciona las 24 horas del día y recorre más de 116 kilómetros por 15 líneas distintas.
El primero, tirado por caballos, comenzó a funcionar a finales del siglo XIX y se utilizó hasta la —afortunada— llegada de su primo eléctrico en 1910. Hoy día, es uno de los mayores orgullos de la ciudad, cuyo ayuntamiento apostó completamente por este sistema de transporte público, frente a los metros subterráneos que se construyeron en muchas otras capitales del continente.
Y, si tenéis un poco de suerte (o cogéis alguna de las líneas que lo conservan), podréis experimentar un nostálgico viaje al pasado al subiros en uno de los vagones de 1924 —réplicas del original— que todavía circulan por el centro histórico.
Uno de aquellos coches de chapa y asientos de cuero que discurrían, a otro ritmo, a través de calles y galerías… mientras los adultos regresaban de las fábricas y los más jóvenes intentaban impresionar al saltar del auto en marcha, para recoger alguna flor en el camino y entregársela, con una pirueta, a su pretendienta. Historias de otro momento…

3. Su naturaleza
Aunque me duela reconocerlo, no puedo llevarle del todo la contraria a aquel conductor: uno de los recursos más preciados de Croacia son, sin duda, sus espectaculares espacios naturales.
Sus frondosos bosques y escarpadas sierras; las fértiles llanuras que se extienden hacia el Danubio; y, por supuesto, las cristalinas aguas del célebre Parque Nacional de los Lagos de Plitvice. Todo esto forma parte, indiscutiblemente, de la imagen que muchos tenemos del país balcánico.
Pero, aunque pueda parecer mentira, no hace falta alejarse mucho de su capital para respirar ese aire puro y disfrutar de la paz que regalan los exuberantes paisajes croatas. De hecho, Zagreb está construida sobre las faldas del Monte Medvednica, un macizo cubierto, casi en su totalidad, por bosques de hayas, robles, castaños y abetos.
Y basta con un paseo cortito desde el centro histórico —que se siente cómo cruzar las puertas del armario hacia Narnia— para perderse (y encontrarse) por alguno de sus múltiples senderos, siempre al abrigo del húmedo boscaje.

Todo un pulmón verde del que los zagrebienses hacen uso casi a diario. No es raro cruzárselos mientras salen a correr, a pasear al perro o a jugar con sus hijos en alguna de las muchas zonas infantiles que pueblan este área al norte de la ciudad.
Uno de esos distritos es, por ejemplo, Tuškanac: un tranquilísimo barrio residencial, solo apto para los vecinos con los bolsillos más anchos, que constituye uno de los mejores lugares donde desconectar del barullo del centro.

Si bien, dentro de la misma urbe, todavía podemos encontrar espacios donde evadirnos tras un largo día de trabajo y ajetreo comercial. Algunos tan impresionantes como el Parque Maksimir, a apenas un par de kilómetros al este del casco histórico.
Maksimir abrió sus puertas en 1794 y se convirtió, entonces, en el primero de los grandes parques públicos de la Europa Oriental. Diseñado por el Obispo Maksimilijan Vrhovac, quien quiso regalarle a sus feligreses un lugar de esparcimiento, alberga más de 300 hectáreas de bosques, praderas, riachuelos y lagos que habitan un centenar de especies de animales y plantas. Entre ellos, el Pico mediano, una subespecie de pájaro carpintero que se encuentra en peligro crítico de extinción a nivel mundial.
Pasear por sus senderos a la sombra es toda una experiencia en sí misma y su colosal tamaño permite que nos recreemos cuanto tiempo queramos y necesitemos. Un picnic en la pradera, una carrerita improvisada, un tranquilo circuito en bicicleta, un refresco en su emblemático quiosco de estilo neoclásico… hay infinidad de opciones para quienes queramos disfrutar, sin prisa, de esta joya natural que nos ofrece la capital croata.


Y aun para quienes no tengáis el tiempo —ni las ganas— de «alejaros» del casco urbano, podréis disfrutar igualmente de sus espacios naturales. Zagreb es considerada una de las ciudades más verdes del continente y casi un 75% de todo su núcleo está cubierto por parques y arboledas.
De los más famosos, por ejemplo, es la conocida como Herradura Verde de Lenuci. Una sucesión de ocho jardines en forma de U, diseñados a finales del siglo XIX, que conectan entre parterres y paseos arbolados algunos de los edificios más emblemáticos de toda la ciudad.


4. Su vida bohemia, otro de los motivos por los que Zagreb sí vale la pena
Creo que una de las mayores problemáticas a las que se enfrentan hoy muchos destinos turísticos es la excesiva mercantilización y tematización de sus atractivos. Es apropiarse de todos esos elementos que hacen única y especial a una cultura con la intención de replicarlos y explotarlos hasta la saciedad, hasta convertirlos, incluso, en una caricatura de sí mismos.
Imagino que sabréis a qué me refiero. Hablo de aquella sensación de entrar en un comercio cualquiera del centro histórico y no conseguir adivinar, en el mejor de los casos, si las acuarelas que cuelgan de la pared las ha pintado un artista local o han sido fabricadas por una industria que solo quiere disfrazar nuestras calles de autenticidad y enriquecerse con todo ello.
Y digo «en el mejor de los casos» porque, en general, basta con echar un vistazo para advertir que aquello no tiene ninguna intención de explicar y acercar el patrimonio cultural del destino. Que esa tienda de souvenirs, con camisetas de «I love Madrid» y sevillanas de porcelana, o aquel restaurante de «comida tradicional», con paellas de frankfurt y chorizo, no son más que simples (y malos) negocios. Los mismos que acabas encontrando en prácticamente cualquier ciudad que visites.

Pero esto es algo que, sorprendente y afortunadamente, no me ocurrió con Zagreb. ¡Al contrario! Ya lo venía comentando, pero esta ciudad, aunque abierta al turismo, se ha sabido mantener todavía bastante alejada de los principales circuitos. Y eso se nota. ¡Muchísimo! El entramado urbano, el transporte público, los comercios de barrio (con un total de cero Starbucks, por cierto)… todo parece estar pensado solo para sus vecinos.
Y como turista, se convierte casi en un placer culposo el observar ese ir y venir cotidiano de los zagrebíes: atender a sus conversaciones (ininteligibles) en el Mercado de Dolac, admirar la concentración de sus músicos callejeros, procurar no destorbar la intimidad de una siesta en el parque… Asomarnos a un ritmo de vida ajeno y participar de todo ello con pasión y curiosidad —sí, ¿por qué no?—, pero siempre desde la humildad, la empatía y el máximo respeto.
Con suerte, este pequeño estudio de campo os pillará en una cafetería —una de las de toda la vida— mientras vivís, sin saberlo, vuestra primera špica. Traducido, vendría a ser como una especie de «hora del café» y se ha convertido en otro de esos rituales indispensables para entender la vida en esta ciudad.
Un momento de introspección y también de conexión con los demás, durante el cual sentarnos simplemente a disfrutar de un café calentito y una conversación animada. De ese bendito dolce far niente, que tanto caracterizaba la vida en el Mediterráneo y que, en lugares como Zagreb, se enorgullecen de mantener todavía.


Otro de los ingredientes indispensables de esta vida, quizás, más bohemia y costumbrista de Zagreb son sus librerías. En el casco histórico conviven grandes cadenas, editoriales locales y un sinfín de anticuarios y tiendas de segunda mano. Lugares donde pasar horas y horas contemplando portadas de todos los tamaños y colores e intentando descifrar qué pone en los textos de estos pequeños tesoros de papel.
En su día, la capital fue uno de los centros neurálgicos del conocido como «Ilirski pokret» o Movimiento Ilirio, una reivindicación encuadrada en el Renacimiento Nacional Croata que impulsó la lengua, la prensa y la literatura como elementos de identidad colectiva.
Y eso es algo que ha permanecido en la cabeza y el corazón de todos sus habitantes, quienes aprovechan cualquier lugar y momento para continuar con su lectura de la semana. Si vosotros queréis averiguar también qué se cuece en el mundo editorial croata, yo os recomendaría la Antikvarijat Crveni peristil, uno de nuestros mejores descubrimientos del viaje.
Y para terminar vuestra visita cultural a la ciudad, nada mejor que acercaros hasta Tkalčićeva. Esta preciosísima calle de casitas bajas con fachadas de colores atraviesa la Ciudad Alta, casi de punta a punta, y está repleta de galerías de arte, cafeterías, restaurantes y marchantes de antigüedades, donde pasar el tiempo admirando miles de pequeñas alhajas cargadas de historias.
5. Su gastronomía
No podía ser de otra manera. Quienes ya conozcáis un poquito de qué pie cojeo (o cojeamos) en este blog sabréis que la gastronomía es uno de los pilares fundamentales de www.myworldinonepic.com. Así que no podíamos desaprovechar la oportunidad de catar algunos de los restaurantes mejor calificados de la capital.
Y aunque, por supuesto, en tres días no nos dio tiempo a probar todo lo que la cocina croata tiene por ofrecer, sí que pudimos descubrir algunos de los sabores e ingredientes que caracterizan esta región central.
Porque, como sucede en muchos otros países de Europa, Croacia disfruta de una enorme variedad de regiones gastronómicas y productos que dependen, en mayor o menor medida, del clima, la altura y la proximidad al mar. En la costa, por ejemplo, hablamos de una mesa marcada por las capturas del Adriático, el aceite de oliva, las hierbas aromáticas y las verduras de temporada.
En cambio, aquí en el norte la cosa cambia. Los bosques, los ríos y las extensas llanuras han dado forma a una cocina mucho más robusta que, nutrida por la tradición centroeuropea, ha resultado en calóricos estofados, platos con carne asada, salchichas, revueltos de setas y, especialmente, preparaciones con mucho, mucho queso. ¡Ñam!

En particular, os recomiendo que probéis el štrukli, una de las recetas más tradicionales (y deliciosas) de la región de Zagreb. Consiste en una masa rellena de queso fresco que se puede servir hervida o gratinada. Y, sin duda alguna, el mejor lugar donde degustarlo es el Restaurante La Štruk, en el corazón de Gornji Grad (Ciudad Alta).
Este pequeño local, con una preciosa terraza interior —en la que recomiendo que os sentéis— ofrece platos muy sencillos, pero extremadamente deliciosos y a muy buen precio. Sobre todo, como bien decía, el clásico štrukli, que aquí podréis probar en su formato tradicional o, si os animáis, en versiones con arándanos, nueces y miel o, incluso, manzana y canela. ¡Imposible elegir solo una!
Y como la cabra tira al monte, no pudimos estarnos tampoco de probar algunas de las especialidades italianas de la ciudad. Platos que no pertenecen estrictamente a la cocina croata, pero sí recogen esas influencias de sus vecinos transalpinos y las reinterpretan con productos de kilómetro cero.
Todo esto para decir que una noche nos apetecía un poco de pasta y pizza y que nos decantamos por el Bistro Capuciner Pizzeria & Spaghetteria. ¡Todo un acierto! Súper recomendados también los arroces del Restaurante Nokturno, un local ubicado en una encantadora callejuela del casco histórico, donde cenamos la última noche del viaje.
Y si, como a mí, os gusta dejaros un huequito libre para el postre, os regalo una pequeña selección de tartas y dulces que pondrán esa cerecita a vuestra experiencia gastronómica en Zagreb: el Kremšnita, un pastel de hojaldre relleno de crema pastelera y nata; el Orehnjača, un rollo dulce relleno de nueces; el Makovnjača, similar al anterior, pero con semillas de amapola y el Štrudla, de manzana, cerezas y/o queso.

6. Sus atardeceres
Lo sé, este último motivo por el que Zagreb sí vale la pena puede parecer algo inesperado. Pero es, realmente, de las cosas que más me sorprendieron de la ciudad y de lo que más vívidamente recuerdo, hoy, casi tres años después de aquel viaje.
Y es que se habla muchísimo de atardeceres en playas de arena blanca y sabanas africanas. Son casi un cliché turístico que las agencias utilizan para seguir vendiendo, cada vez más masivamente, esa clase de destinos. Y —reconozcámoslo— una manera más de romantizar la experiencia de aquellos que nos decidimos también a comprarlos.
Pero, son pocas las veces que destacamos este mismo «recurso» de una escapada urbana. Y a mí, que soy un loco enamorado de este momento final del día, los atardeceres de Zagreb me parecieron algunos de los más bonitos que yo haya visto en los últimos años.
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Si queréis hacerme caso, os recomendaría que os acercarais paseando hasta la Ciudad Alta. Desde esta perspectiva elevada, podréis alcanzar a disfrutar de una espectacular bruma de tonos anaranjados que va difuminando, poco a poco, ese skyline de tejados de pizarra, bosques de otoño, chimeneas, grúas, torres de comunicaciones y edificios de cristal.
A cada minuto que pase, veréis también cómo el ajetreo comercial parece desacelerar en la distancia, mientras farolillos y neones empiezan a titilar e iluminar cada callejuela. Hasta que, al final, os caiga encima un refrescante manto de luces violáceas y toques de cobalto que anuncian el momento de volver a casa.

Y podéis disfrutar de esta escena —casi— desde cualquier punto del casco antiguo. Pues si algo espero que hayáis aprendido con este artículo es que Zagreb es un destino terriblemente cercano y accesible, que se deja pasear maravillosamente. Así que no tendréis problema para encontrar ese rincón donde despedir con intimidad vuestro viaje.
Mas si queréis un par de últimas recomendaciones, os aconsejo que continuéis vuestro camino hacia el norte. Rozando el límite de Kaptol, se encuentra el Observatorio de la Sociedad Croata de Historia Natural, fundado a finales del siglo XIX. Desde su entrada, escondido entre las jardineras, se ubica uno de los mejores puntos para disfrutar de la Catedral de Zagreb y de toda una panorámica al casco histórico.
Y si no os dan miedo las alturas, no podéis obviar tampoco el subir a la Torre Lotrščak. La antaño protectora de la muralla es hoy uno de los miradores más emblemáticos de la ciudad. Su terraza ofrece vistas increíbles de 360º que se extienden hasta el horizonte, más allá de Medvednica o las llanuras de Turopolje (tierras al sur de Zagreb).

Y con esta espectacular imagen, nosotros cerrábamos un viaje muy bien aprovechado que, sin comerlo ni beberlo, nos había dejado impresionadísimos; y con muchas ganas de regresar para seguir descubriendo la capital, quizás, con un poco más de profundidad.
Y vale, sí, también con el sueño de una ruta más larga por el país. Pero, para la próxima, con la lección más que aprendida: y es que, aunque digan lo contrario, sabemos que hay motivos de sobra para decir que Zagreb sí vale la pena.
