¡Hola 2026! ¡Y buenos días viajeros y viajeras! Ya lo sabéis: nuevo año, nuevo resumen viajero.
Como ya es costumbre en este, mi pequeño espacio personal en Internet, me gusta iniciar el nuevo curso haciendo memoria y balance de todas mis aventuras pasadas. También suelo empezar con aquello de «este ha sido un año curioso», pero me he dado cuenta de que, el que más o el que menos, todos han tenido sus particularidades. Así que esta vez no lo diremos.
Sí que señalaré, por contra, como este 2025 ha sido un año de 0 viajes en avión. Ni uno solo, nanay del Paraguay, rien de rien. Ni nacionales, ni tampoco internacionales. Este ciclo no he pisado el aeropuerto más que para llevar o recoger a los pocos amigos o familiares que lo hayan necesitado. Y eso sí que es una auténtica novedad en este blog de viajes.
De hecho, he tenido que hacer memoria, revisitar todas mis notas y carpetas y remontarme hasta 2014 -mucho antes de empezar a viajar solo y de iniciarme en la fotografía y la narrativa de viajes- para encontrar un año en que no hubiera volado a ningún sitio.
La verdad, no es una cosa que me haya atormentado durante estos meses, o a la que le haya dedicado tampoco especial atención. Pero visto con perspectiva, sí que ha sido un gran cambio respecto a resúmenes anteriores.
Aunque a nivel práctico esto no ha supuesto un mayor golpe para mi espíritu viajero ni para mi alma curiosa. Y es que no haber cogido ningún avión no quiere decir que no haya salido de España y, muchísimo menos, que no haya continuado explorando, comiendo, oliendo, escuchando, aprendiendo o disfrutando de las muchas aventuras que me han deparado estos últimos 365 días.
¡Al contrario! Es casi una ironía el decir que este ha sido uno de los años que más sitios distintos he conocido, más kilómetros he recorrido y más primeras veces he experimentado. Y aunque esto último no sea tampoco una novedad en mis resúmenes viajeros, sí que es algo que quiero seguir conservando porque significa que la vida me sigue sorprendiendo con nuevos lugares y nuevas oportunidades. ¡Y eso que no pare nunca!
Así que, mientras pienso en todas las aventuras que pueden llegar este próximo 2026, vamos a comenzar -ahora sí que sí- con el famoso y esperado resumen viajero del 2025.
Invierno en las montañas
«La cabra tira al monte». Eso dicen, ¿no? Lo cierto es que, por X o por Y, llevo varios años iniciando el curso viajero con alguna excursión de un día o alguna escapada de fin de semana a la montaña. Son viajes más de desconexión que de aventura; salidas para respirar aire puro y recargar pilas tras la vorágine de Navidad y la cuesta de enero. Momentos para perderse y reconectar con los tuyos.
Y este pasado 2025 no quisimos obviar la oportunidad de repetir esa experiencia. Así que el tercer fin de semana de febrero cargamos nuestros bártulos en el maletero y nos dirigimos al norte para pasar una noche en el encantador Principado de Andorra.

Para mi pareja, este es un lugar extremadamente especial al que ha estado vinculado desde que era bien pequeño. Para mí, continúa siendo un estimulante misterio por resolver. Con cada visita -y ya no son pocas- voy rellenando el mapa mental del país y voy aprendiendo cosas nuevas y sorprendentes sobre cómo es realmente Andorra, más allá de las compras y del esquí. Y la verdad es que sus pueblos de piedra anclados en el tiempo, su riquísima gastronomía de montaña y su pacífica historia milenaria me tienen cada vez más cautivados.
En esta ocasión, visitamos el romántico pueblo de Pal, uno de los más bonitos de Andorra, comimos en varias de sus bordas tradicionales, disfrutamos de un buen rato de nieve (la primera vez aquel invierno) y, por supuesto, dimos un paseo por las avenidas comerciales de Andorra la Vella. Fue, además, la primera vez que yo hacía noche en el país y eso le dio un puntito extra muy interesante.

Pero curiosamente, no fue aquel el único viaje a Andorra del año 2025. Pocas semanas después, a finales de marzo, repetíamos nuestra aventura; volvíamos a cargar las maletas y a poner rumbo a nuestro -ya personal- refugio pirenaico. Esta vez, acompañados de una amiga que no había estado nunca en Andorra y que tampoco había pisado la nieve y a la que le hicimos gustosamente de guías personales.
Siempre me parece muy especial ir de viaje con alguien que no haya estado en el destino, porque lo disfrutas doblemente: al visitarlo tú mismo y al descubrir la ilusión de quien lo vive también por primera vez. Y eso es lo que ocurrió aquel fin de semana: regresamos a Pal, a las bordas tradicionales y a las avenidas comerciales de Andorra la Vella y tuvimos la suerte, además, de verlo todo cubierto de un brillante manto de nieve.
Seguimos prácticamente la misma ruta que habíamos hecho en el primer viaje, pero como extra visitamos la preciosísima aldea de Aubinyà, en la parroquia de Sant Julià de Lòria. Un lugar que parece -casi literalmente- un decorado de película, pero que se eleva como uno de los pueblos más bonitos y auténticos de todo el principado.

Primavera bajo la lluvia
Tras aquel último fin de semana en el Pirineo, no hubimos de esperar tampoco mucho hasta nuestra siguiente aventura. Con la llegada de las vacaciones de Semana Santa, a finales de abril, volvimos a cargar los macutos en el coche y emprendimos un roadtrip por varias capitales del norte de España.
Ya veis que mi 2025 estuvo cargado de viajes en coche. Si vosotros también queréis vivir esta experiencia de carretera y manta, podéis reservar vuestro vehículo a través de Booking.com. Mi buscador de alojamientos favorito dispone de un apartado de alquiler de coches con precios muy competitivos.
En esta ocasión, nos acompañaron mi amiga Valentina y su pareja. Y fue un periplo bastante divertido, pero -no nos cuesta reconocer- desmesuradamente ambicioso y extenuante. Salimos desde Barcelona para pasar dos noches en Bilbao, nos desplazamos hasta Asturias y anduvimos por Oviedo y Gijón, hicimos noche en Gijón, volvimos a Bilbao, pasamos allí la última noche, visitamos el islote de San Juan de Gaztelugatxe y regresamos a Barcelona. 5 días, 3 ciudades, 2 comunidades autónomas y más de 2.000 kilómetros a nuestras espaldas (y en nuestros traseros).


Por primera vez en años (cántese esta última parte), había querido desvincularme de la planificación del viaje y no me di cuenta de cuan excesivo iba a ser aquel recorrido hasta que ya fue demasiado tarde. No digo que yo lo haga siempre perfecto; aquí soy el primero en reconocer mis errores, pero quizás debí y debimos todos estar un poco más atentos a aquel proyecto de viaje.
Al final, por supuesto, la travesía tuvo sus más y sus menos. Sus más: volver al norte de España, que es una región que amo, y conducir a través de sus maravillosos paisajes verdes. Visitar (muy por encima) ciudades que no conocía. Pisar uno de los escenarios más emblemáticos de Juego de Tronos (y descubrir que es muchísimo más que un decorado de cine). Asistir por primera vez a una procesión de Semana Santa. Y llenar el buche con algunos de los mejores manjares del país: pote asturiano, cachopo, pinchos hasta reventar…
Sus menos: dormir en un barco en el puerto de Gijón (para nosotros se queda la anécdota). El clima, bastante frío y casi siempre lluvioso (típico del norte). Cambiar tan a menudo de campamento base y, en definitiva, perdernos demasiadas cosas por el camino. Y dejar que todos esos inconvenientes de la ruta se fueran interponiendo y astillando hasta explotarnos en la cara.

Al final, es un viaje del que guardo un recuerdo más bien agridulce. Una aventura que, tengo muy claro, no repetiría -al menos de la forma y en la magnitud en la que lo hicimos-, pero que me permitió disfrutar de lugares bellísimos, cumplir algún que otro sueño viajero y reírme, a ratos, con algunas del las personas que más quiero. A veces, no se puede pedir mucho más.
Verano de mar y monte
Un par de semanas después, llegó mi cumpleaños. Y está claro que mi novio y mis padres me conocen muy bien y saben lo que voy a disfrutar porque me regalaron dos escapadas más de fin de semana. La primera decidimos hacerla en junio, justo al inicio del verano.
Nos alojamos en un preciosísimo glamping en la comarca del Berguedà. Él (mi novio) pensó que me iba a sorprender con la ubicación; ¡y vaya si lo hizo! Una cabaña de madera colgada de un árbol, con espectaculares vistas al bosque, piscina y jacuzzi privados. ¡Para morirse!

Pero lo gracioso fue que yo también lo sorprendí a él. Esta es una zona que he visitado varias veces y que conozco bastante bien, y daba la casualidad de que la habitación quedaba a pocos metros de las antiguas minas de Cercs, en Sant Corneli. Así que era casi una obligación llevarlo al tradicional Restaurant Santa Bàrbara, donde te sirven, nada más sentarte, una tabla de embutidos y quesos, pan con tomate, una ensalada y una plata de escalivada. Mi novio flipó y salimos ambos ¡llenos hasta las botas!
El resto del viaje lo dedicamos a la contemplación -desde la piscina o el jacuzzi-, a descansar, a seguir comiendo y a pasear por las callejuelas de Berga, que justo aquel fin de semana celebraban la tradicional fiesta de La Patum. Si bien, no nos quedamos mucho y preferimos disfrutar de la tranquilidad de nuestro refugio de montaña.
Ese pequeño paréntesis dio el pistoletazo de salida a un verano de mucho calor, muchísimo trabajo, pero también de muchas aventuras. Un primer verano como pareja en el que, bien es cierto, nos costó un poco encontrar el momento para disfrutar juntos de las vacaciones.
Le pasa a mucha gente, imagino: horarios distintos y ganas de viajar, también, cada uno con sus respectivos grupos de amigos. Todo ello parecía que nos iba a dejar muy poco margen para compaginar una aventura juntos, pero al final, ¡lo conseguimos!
Alcanzamos a reunir 5 días libres para escaparnos a la muy poco visitada, pero muy especial comarca de Sedano y Las Loras, al norte de la provincia de Burgos, donde una amiga nos invitó a quedarnos en su segunda residencia.

Desde su casa, en el coqueto pueblo de Tubilla del Agua, salimos a explorar aquella región conocida, mayormente, por sus espectaculares paisajes escarpados, sus muchos saltos de agua y sus pueblos de piedra anclados en el tiempo.
Nuestros amigos nos enseñaron, en especial, los de Orbaneja del Castillo, Valdelateja y Sedano (hogar, por un tiempo, de Miguel Delibes); también el mirador de las Hoces del río Ebro y el Rudrón; por supuesto, el centro histórico de Burgos capital y, al final, el Embalse del Ebro, en Reinosa.
Un periplo corto, pero muy bien aprovechado, por lo que se ha empezado a conocer como «la España vaciada«. Una España de la que la gente, sí, podrá estar marchándose, pero cuyo patrimonio y valor permanecen absolutamente intactos. Y precisamente por eso -descubrimos- es más importante que nunca cuidarlo y darlo a conocer.
Yo ya estoy dándole vueltas a un reportaje de este viaje y de todo lo que el norte de Burgos tiene por ofrecer. Mientras tanto, tendréis que seguir atentos y disfrutar de este pequeño adelanto:


Tras aquella escapada, mi pareja volvía al trabajo y a mí me quedaban todavía un par de semanas de vacaciones. Un tiempo para el que, por supuestísimo, había planeado un segundo viaje de verano. Esta vez, al más puro estilo mediterráneo: sol, playa, pueblitos con encanto y una riquísima gastronomía de mar y montaña.
Lo sé: con esa descripción podría tratarse de casi cualquier punto del Mare Nostrum. Pero ¿y si te hablo de campos de lavanda, del Conde de Montecristo y de un particular je ne se quoi que convierte a su capital en una de las ciudades más vibrantes del sur de Europa? ¡Exacto! Me estoy refiriendo a Marsella y a la región de Provenza-Alpes-Costa Azul.

Con mis compañeras de trabajo organizamos este mini roadtrip de 5 días del que, sinceramente, no tenía grandes expectativas y sobre el que no me había documentado tampoco demasiado. La idea inicial era simplemente divertirnos en grupo y pasar unos días de relax en la playita.
Pero, oh sorpresa, sorpresa, aquella región tenía varios ases guardados bajo la manga y no iba a permitir que regresáramos a casa indiferentes. Al contario, sus maravillosas villas marineras, sus calas de piedra, su luz y sus colores intensos; el olor a marisco, a pan recién hecho, a horno de piedra… el Panier (Marsella), Martigues, Aix-en-Provence, Arlés… todo lo que visitamos nos dejó absolutamente deslumbrados y con ganas de muchísimo más.

Además, vivimos la curiosa anécdota de alojarnos en un edificio, en el precioso pueblo de Allauch, cuya fachada estaban utilizando como decorado para el rodaje de la serie Plus Belle la Vie. Y claro, cada vez que entrábamos o salíamos, los actores y los curiosos que por allí rondaban se nos quedaban mirando, por un momento, como desconcertados.
Ya lo sabéis: la mejor forma de encontrar vuestro campamento base es a través de mi página de reservas favorita: Booking.com. Infinidad de alojamientos, siempre a los mejores precios.
Aunque, como bien decía, se nos quedaron en el tintero muchos lugares que nos hubiera encantado conocer. En especial, el impresionante Parque Nacional de las Calanques: un lugar tan bello, pero tan vulnerable y susceptible de ser incendiado que el acceso se restringe en función de las condiciones climatológicas.
Y, ley de Murphy, a nosotros nos coincidió todos los días con el parque cerrado. ¡Qué pena, habrá que volver! (guiño, guiño). Si vosotros no queréis perdéroslo, consultad este mapa oficial para conocer a diario la situación de los principales senderos.

Otoño multicolor
Ciertamente, no seré el único al que los meses entre las vacaciones de verano y Navidad se le hacen demasiado largos. De hecho, me he dado cuenta de que es algo que he repetido, una y otra vez, en mis resúmenes viajeros a lo largo de estos últimos años. Y es precisamente esa sensación de cansancio y de querer romper la monotonía, creo yo, la que ha motivado algunos de los mejores viajes y escapadas hasta la fecha.
En 2026, esto nos volvió a ocurrir y se nos confirmó, además, que el otoño y la naturaleza formaban una combinación tremenda; y que el Pirineo era, sin duda, el mejor lugar donde disfrutarla. Me atrevería a afinar un poquito más: si tenéis que elegir a ciegas un destino para esta temporada, no podéis perderos, bajo ninguna circunstancia, los paisajes de la Vall d’Aran.

Esta es una región que yo ya había visitado (brevemente) durante un viaje al Pirineo en 2020. Y, ya por entonces, quedé completamente enamorado de sus impresionantes montañas, de sus bosques, de sus riachuelos y cascadas… de un entorno natural que allí es protagonista absoluto. Pero verlo a principios de noviembre, eso es totalmente diferente.
Disfrutar de sus rutas a pie, de sus miradores y de sus empedradas pedanías, siempre rodeadas de unos vibrantes ocres y carmesíes… y dejarse calentar, tras una larga jornada en el campo, por sus espectaculares manjares de alta montaña, mientras escucháis el crepitar de la leña en la hoguera. Creedme: esta es una de esas experiencias que hay que vivir al menos una vez en la vida.


Nosotros volvimos tan contentos, tan relajados y tan impresionados por todas aquellas imágenes de postal, que la Vall d’Aran se convirtió, casi instantáneamente, en uno de nuestros viajes favoritos del año (si no el favorito). Caímos prendados, especialmente, de la ruta a pie que atraviesa el Bosc de Conangles y lleva hasta el Sauth de Molières. Y del pequeño pueblo de Bagergue, al oeste de Vielha. Aún a día de hoy, nos acordamos de vez en cuando de todo aquello, sonreímos y suspiramos… pensando en regresar. Aiiishh.
En diciembre, pocos días antes del inicio oficial del invierno, decidimos hacer aquella segunda escapada que me habían regalado por mi cumpleaños. El destino, yo, lo tenía clarísimo. Lo había visto por todo Instagram y me lo habían recomendado varias veces mis amigas así que, en cuanto supe que había disponibilidad, no dudé un segundo en reservar habitación.
Estoy hablando del Hotel Balneario Termas Pallarés, en Alhama de Aragón (Zaragoza). Un palaciego complejo de finales del siglo XIX donde las élites iban a descansar y a disfrutar de las propiedades medicinales del que es el segundo lago termal más grande de toda Europa.

Una experiencia que, al menos a mí, me acabó dejando un poquito frío (literalmente). Yo diría que no es un lugar para los amantes de las aguas a temperaturas de superficie solar; pese a que el adjetivo «termal» pueda sugerir lo contrario. Y si os da manía que los peces os mordisqueen los pies, entonces ya ni lo intentéis.
Aun y con todo, pasar la noche en un palacete clásico, de techos altísimos y grandes salones, e imaginarse a las damas de la época paseando por los jardines tiene cierto enganche nostálgico que es ya muy difícil de encontrar. Y por ello, probablemente repetiría la estancia.
Además, por su ubicación, este es el lugar perfecto para acercarse a explorar el celebérrimo Parque del Monasterio de Piedra. Yo había oído tantas historias familiares de este sitio que se había convertido, ya casi, en un rito de paso al que aspirar irremediablemente. Y la verdad: valió muchísimo la pena tanta anticipación porque disfrutamos enormemente de sus verdes senderos, de los infinitos saltos de agua y -a veces se olvida- del precioso claustro del monasterio cisterciense.

Y cómo no podía ser de otra forma, pusimos el broche de oro a aquel fin de semana de autocuidado comiendo en el mítico Mesón de la Dolores, en Calatayud. Un lugar que me habían descubierto en 2024 y en el que quise repetir también con mi novio.
Excursiones de un día
Aunque, por supuesto, en 2026 no todo fueron noches de hotel y horas de coche. Nos dejamos también algunos huequitos para descubrir(nos) y descubrir(le) a mi novio lugares muy singulares y muy cerquita de casa, de los que se pueden visitar perfectamente en un solo día.
Como, por ejemplo, los impresionantes pueblos de Mura y Talamanca, en la comarca del Bages (a una horita de Barcelona). Si eres lector habitual de este blog, sabrás seguro que a Mura le tengo muchísimo cariño, porque fue el primer lugar que visité nada más sacarme el carné de conducir.
Así que volver, tantos años después, sólo para comprobar que aquel encanto del interior catalán seguía reluciendo «en silencio»; y para enseñarle a mi pareja sus preciosas callejuelas empedradas y sus bosques de pinos y encinas fue tremendamente especial.
Además, tuvimos la suerte de disfrutar de un día súper soleado (para ser otoño), de coincidir con un festival local -con música en directo y talleres de pintura- y de deleitarnos con todo ello desde una terracita, con una caña y un platillo de embutidos de la zona. ¿Qué más se le puede pedir?

Pues no sé si lo podíamos pedir o no, pero se nos confirió. El azar -o la mala planificación, llámese cómo se quiera- hizo que nos quedáramos sin sitio para comer y nos tuviéramos que desplazar unos poquitos kilómetros más, hasta Talamanca.
Este pueblo vecino, todavía más desconocido que Mura, resulta ser una de las joyas ocultas de la comarca y un imprescindible si os acercáis hasta esta zona del Parc de Sant Llorenç del Munt i l’Obac. Empezando por el restaurante Cal Ros, que cuenta con un comedor acristalado desde el que se abren unas espectaculares vistas panorámicas del valle. Y donde, claro, ¡se come de muerte!
Pero es que, además, Talamanca cuenta con un interesantísimo bagaje histórico que se palpa, sobre todo, en las paredes de su castillo y en los escenarios que aún conservan la memoria de la Guerra de Sucesión española. Ya veis que la pequeña localidad de apenas 200 habitantes da para mucho si sabéis aprovechar vuestro paso por la zona.


Más allá de visitar pueblitos y villas de nuestra queridísima Catalunya, otra de las cosas que hicimos el pasado otoño fue salir simplemente al campo a pasear, a estirar las piernas y también a recoger setas. Una práctica en la que me introdujeron por primera vez en 2024, pero a la que no le cogí realmente el gustillo hasta el pasado octubre.
Resulta que mi familia política es muy de «anar a buscar bolets» y conoce bastante bien dónde y cuándo recogerlos y qué clases son las más gustosas (e importante: cuáles son peligrosas). Y la verdad, he descubierto que tiene algo de placentero el madrugar mucho para adentrarse en el bosque húmedo cuando asoman los primeros rayos de sol, y pasarse las siguientes horas mirando si hay un poquito de suerte y se pueden aderezar las comidas de los próximos meses con alguna delicatessen de la madre tierra.
Y oye: si el día termina en algún restaurante tradicional, recobrando fuerzas después de dejarnos las lumbares en la montaña… pues ya te llevas la palma.

Cierre de año
Y así, poquito a poquito, se fue cerrando un ciclo llenísimo, hasta los topes, de aventuras y de primeras veces. ¡Cómo a mi me gusta! Con lo que no había contado a principios de años, sin embargo, es con que diciembre llegaría con tantos cambios.
El primero de todos: dejar mi piso de alquiler. Ya sabéis por mi resumen viajero del 2024 que compartir casa ha sido, sin duda, una de las aventuras más intensas que he vivido en los últimos años. Y que, por mucho que haya aprendido y me lleve un puñado de buenos recuerdos, hay cambios que siempre son para bien y llegan cargados de ilusión.
Como, en este caso, el segundo -y sucesivo-: mudarme con mi novio. Todavía no a una casa propia (eso es work in progress), pero sí que hemos iniciado oficialmente la convivencia. Y lo hemos hecho nada más y nada menos que en Barcelona.
Esto creo que no lo he dicho nunca, pero no soy yo el mayor fan de la ciudad condal. No es que tenga nada en contra, ni mucho menos, pero me cuestan el tráfico y el ritmo acelerados, y también, un poquito, los egocentrismos y las ínfulas de la capital.
Pero oye, cómo bien sabemos en este blog, cada nueva experiencia te hace abrir los ojos, apreciar las diferencias y desmitificar muchas cosas. Y vivir en una de las ciudades más interesantes del mundo es una oportunidad que hay que aprovechar. Así que ahora me hallo en pleno proceso de reconciliación.

Después de la mudanza, todavía nos aguardaba -de forma inesperada- una última escapada de fin de semana. Fue a un lugar que amo profundamente y al que me encanta volver siempre que puedo: l’Estany de Banyoles. Un destino del que ya hemos hablado largo y tendido en este blog, pero que nunca está de más recordárselo a los espectadores.
Resulta que a mi novio le surgió una increíble oportunidad laboral de fin de semana y le ofrecieron hospedaje en el cuquísimo Hotel Ast, a pocos metros del lago. Y claro, cuando me lo contó y propuso que nos marcháramos y aprovecháramos sus ratos libres para descansar y pasear por el que -considero- es uno de los pueblos más bonitos de Catalunya, yo no le puse demasiados remilgos.
Aunque más allá de su placentero paseo lacustre, esta vez optamos también por recorrer su animado centro histórico. Y para mi sorpresa -y me encanta sorprenderme cuando visito lugares en los que he estado, sin exagerar, una veintena de veces- descubrimos un precioso entramado de callejuelas medievales y acequias interiores (recs) repleto de recovecos fascinantes a los que bien valdría la pena dedicar varias horas. Como, por ejemplo, su Museo Arqueológico.
Imprescindible terminar cada paseo comiéndoos una pizza en La Tasqueta, en la Plaza Mayor. Y, por favor, os lo ruego, no os perdáis sus increíbles tartas de queso.

De esta manera, poníamos punto y final a un año que, como bien decía, ha estado carente de destinos internacionales, pero repleto de maravillosas sorpresas nacionales que han saciado de sobra mi curiosidad viajera.
Ciudades, playas, monumentos, pueblecitos, paisajes naturales… multitud de destinos a los que -no paro de repetírmelo- convendría seguir poniendo en valor y que, casi como una misión personal, me propongo explicar en profundidad y compartir con el mundo entero.
Lo que se viene en 2026
Viene sucediéndome ya desde hace varios años: no me afano demasiado en publicar este último -o primer- artículo del año y, para cuando lo hago, ya he iniciado el curso viajero. Así que estos primeros párrafos de «lo que se viene en 2026» son, en realidad, una pequeña continuación o resumen de lo que ha sido este primer mes de enero.
Y, como no podía ser de otra manera, hemos empezado el año viajando de nuevo al campo; esta vez a la comarca de Conca de Barberà. Un lugar que, como casi todo el interior de Tarragona, se encuentra bastante alejado de los principales circuitos turísticos y que, precisamente por ello, a mí me gusta mucho reivindicar.
Esta comarca, junto con toda la región del Valle del río Corb, destaca especialmente por sus preciosísimos pueblos de piedra -como Guimerà o Montblanc-, por sus vinos denominación de origen (DO) y por los monasterios de la conocida como Ruta del Císter. Es, además, el lugar perfecto para descansar de los excesos de la ciudad y disfrutar con un ritmo de vida mucho más arraigado a la tierra, al silencio y a los pequeños detalles.


El rincón ideal para terminar de hacer balance del pasado año 2025 y empezar a imaginarnos la forma de nuestras próximas aventuras. Por lo pronto, nosotros ya le tenemos el ojo echado al objetivo viajero de Semana Santa. Y aunque todavía no lo tenemos del todo cerrado, os puedo adelantar que será un destino completamente nuevo para mí, relativamente cercano, pero un poco -bastante- frío y con la posibilidad de atisbar las conocidas luces del norte. ¡No digo más!
Más allá de esto, y como no se cumplió el pasado año, voy a seguir manifestando el regresar a mi queridísima Italia. Me encantaría ir, por ejemplo, a Venecia, a la zona de las Dolomitas o al Lago di Como. Veremos si este nuevo curso me las arreglo para hacerlo realidad; yo creo que sí.
En cualquier caso, mi intención es reactivar -ahora sí que sí- el blog: reencontrar mi voz y seguir contando historias con el máximo de detalle y profundidad, practicar más con la cámara y volver a compartiros el día a día de mis aventuras a través de Instagram.
Lo cierto es que he iniciado el año muy motivado, con una muy buena rutina de escritura y muy ilusionado por varios proyectos que se vienen en los próximos meses. Así que seguiré trabajando para poder ofreceros el máximo de contenidos en este nuevo 2026.
Hasta entonces, seguid viajando y ¡nos vemos en el próximo artículo!
