¡Hola 2025! ¿Qué tal?

Pensando cómo podría inaugurar el año, me he dado cuenta de que en 2023 nunca llegué a hacer este -ya casi clásico- recopilatorio viajero. Y no lo repasaremos ahora porque ya no nos atañe, pero lo cierto es que no tenía intención tampoco de volver a retomar la costumbre y hacer balance del 2024.

No han sido unos años especialmente fáciles, la verdad sea dicha. Se las han gastado bien conmigo este par. Sobre todo a nivel personal. Largos, inconsistentes, tediosos… han sido dos montañas rusas muy difíciles de superar. No entraremos en detalle porque no estamos aquí para eso, pero sí que tengo la sensación, quizás, de haberme mareado un poco con todo el vaivén y de no haber podido disfrutar de mis aventuras tanto como yo habría querido.

Y es una pena porque no es que no las haya habido o las haya vivido de forma insustancial. ¡Todo lo contrario! Si vuelvo la vista atrás, me doy cuenta de que -realmente- he podido seguir viajando bastante y conocer y aprender mucho y de muchos a lo largo de estos dos años.

Así que, a pesar de todo, no puedo evitar sentirme absolutamente privilegiado y quizás un poco culpable. Precisamente por ello, y en un esfuerzo por transmutar las energías negativas e iniciar el año de forma propositiva, he querido pisar lo pasado y animarme a contar mis experiencias viajeras de este último 2024. Al fin y al cabo, para eso abrí en su día este blog de viajes.

Eso sí: he tenido que hacer mucha memoria y leer y repasar mis notas y mi galería para acordarme bien de todo lo que me ha ocurrido este año. Suerte (o así lo juzgo yo) que soy de aquellos que anota y alista de forma compulsiva todo lo que cree que puede olvidar y que, después, sabe que acabará necesitando. Ya os digo que no ha sido fácil y el resultado puede ser algo caótico, pero igualmente os invito a poneros cómodos y sumergiros conmigo en este resumen viajero de mi año 2024.

Bye, bye 2023 and welcome 2024!

En 2022 decidí constituir la tradición de inaugurar el año viajando a un país extranjero. Casualidades de la vida, a principios de aquel mismo año, dos de mis amigos se habían mudado a Suiza y quisieron invitarnos a pasar su primera Nochevieja en Ginebra con su familia.

Para finales de 2023, quisimos insistir en la nueva tradición y organizamos una escapada a Londres con una de mis mejores amigas. Lo cierto es que la capital británica no me había llamado nunca demasiado la atención. Nada tenía que ver con sus -mal juzgados- habitantes, ni con el clima, ni con ninguno de los estereotipos por los que muchos no consiguen disfrutar de las Islas Británicas. Aquel viaje a Irlanda, tantos años atrás, ya se había encargado de destriparme todos mis prejuicios al respecto. Sin embargo, seguía siendo una ciudad que no me atraía de primeras.

Turistas cruzando el Millennium Bridge en Londres con la Catedral de San Pablo al fondo en un día nublado – viaje urbano en Europa
Millennium Bridge, Londres

Y después de aquellos 4 o 5 días pateando las calles (siempre bajo la llovizna, ya sabéis), fotografiando buses rojos y cabinas de teléfono, visitando Camden Town y Notting Hill, reverenciando a sus ilustrísimas Buckingham Palace y Big Ben y experimentando todas las «turistadas» y clichés de la metrópolis más posh, no estoy seguro de poder decir que la ciudad superara mis no expectativas.

No me malinterpretéis: disfruté muchísimo del viaje. Con una compañera como Alba es imposible no hacerlo. Y tengo tantas y tantas anécdotas que sé que no voy a poder olvidar: tomarnos las uvas (de lata) bajo los fuegos artificiales, reírnos a carcajadas durante kilómetros en el tube, despedir el año bailando en un club latino…

Calle principal de Camden Town en Londres con tiendas alternativas, un autobús rojo y turistas paseando en un día nublado
Camden Town, Londres

Nos divertimos mucho realmente, pero sigo pensando que quizás Londres no sea para mí. Ya he ido, ya la he visto. No me ha disgustado del todo y sí que se me han quedado muchas cosas por hacer, pero, al menos a corto plazo, no pensaría en regresar. Y a mí, que siempre me había jactado de encontrarle «el qué» a cualquier destino, este me dejó un poco frío e inauguró un año viajero, cuanto menos, diferente.

Explorando nuevas provincias

Febrero. Tras un par de meses de rutina, quisimos distraernos con una pequeña excursión de un día al corazón de las Terres de l’Ebre. Lluna, mi por entonces futura compañera de piso (alerta spoiler) nos había insistido durante meses -y muy acertadamente- con que debíamos ir a conocer Pinell de Brai. Aquella aldea catalana en la comarca de la Terra Alta había visto nacer a muchos de sus ancestros y la había acogido a ella en interminables veranos y periodos vacacionales.

Así que, una vez convencidos, para allá que nos fuimos un catalán, dos colombianos y una portorriqueña. Sí, como si de uno de aquellos chistes se tratara. Y de chiste también algunas anécdotas que sobrevinieron del primer «choque cultural» y que no podemos evitar recuperar en cada uno de nuestros reencuentros. Quizás un día hasta me atreva a compartirlas por aquí.

Vista frontal de la Catedral del Vi en Pinell de Brai, una joya del modernismo catalán rodeada de calles empedradas y reflejada en un charco tras la lluvia
Catedral del Vi, Pinell de Brai

Hasta entonces, recordaremos algunas de las emblemáticas imágenes que aquellas apenas 12 horas dejaron grabadas en nuestras rutinas. Como la visita guiada con tastet a la emblemática cooperativa local, el viaje gastronómico en casa de los abuelos de Lluna o la espectacular puesta de sol desde el mirador de la Punta Alta, en plena Serra dels Pàndols. Experiencias que enriquecieron todavía más mi imaginario personal sobre esta -no tan conocida- región interior de Catalunya, que se está convirtiendo, por momentos, en mi favorita.

Grupo de amigos sonriendo al atardecer en el mirador de la Punta Alta, Terres de l’Ebre, durante una escapada rural en Cataluña
Sunset con mis amigos en Pinell de Brai

Marzo. Esperábamos con ansias la llegada de las vacaciones de Semana Santa, pero a falta de dinero, tiempo y -seamos sinceros- ganas de preparar ninguna escapada más elaborada, optamos «simplemente» por coger el coche y dirigirnos hacia el sur, cruzando toda la Comunitat Valenciana, hasta adentrarnos en la provincia de Alicante.

Si alguno se me ofende por el desdén con el que he empezado a hablar de este viaje, que sepa que no puedo estar más de acuerdo con su enfado. La verdad: después de esta experiencia por tierras levantinas, no comprendo como no había estado, ya desde un principio, entre nuestras primeras opciones. Y me atrevería a añadir algo más: creo que la provincia está terriblemente infravalorada y siento, desde entonces, la urgencia de regresar para seguir descubriéndola.

Casco antiguo de Guadalest con tejados de teja árabe y el Castell de fondo, Alicante
Castell de Guadalest

Durante esta primera estancia, de apenas tres días, nosotros visitamos la localidad interior de Guadalest, considerada como uno de los pueblos más bonitos de España y hogar de un espectacular castillo sobre el embalse del que recibe su nombre. Anduvimos también por las callejuelas del centro histórico de Altea, villa marinera conocida por la preciosa cúpula de su catedral.

Y conocimos los maravillosos paisajes cársticos alrededor de les Fonts de l’Algar; todo, mientras disfrutábamos del delicioso clima primaveral del Mediterráneo y nos deleitábamos con algunos de sus fantásticos platos tradicionales. De veras, pienso en las sorpresas viajeras que me he llevado durante el último año y la provincia de Alicante, sin duda, se lleva la palma. Tornarem!

Calle típica de Altea con fachadas blancas, tiendas artesanales y la cúpula azul de la iglesia al fondo
Centro histórico de Altea

Saltamos ahora hasta julio. En una de esas extrañas oportunidades viajeras que me brinda mi trabajo, me vi a mí mismo subiendo -por primera vez- a un AVE en dirección a Calatayud, para asistir a un congreso sobre Inteligencia Artificial. Este pequeño pueblo en el corazón de la provincia de Zaragoza se conoce por ser la puerta de entrada al célebre Monasterio de Piedra, por lo que -me dio la sensación- su encantador casco urbano suele pasar desapercibido.

Nosotros tuvimos la suerte de contar con la generosidad de un amigo de mi jefe, quien, entre conferencia y conferencia, nos fue desvelando los múltiples secretos que esconde el casco histórico, así como los mejores lugares donde «llenar el buche».

Rincones como la Real Basílica-Colegiata del Santo Sepulcro (frente al hotel donde nos alojamos), la Plaza España o el mítico Mesón de la Dolores, donde comimos varias veces. En general, fue una experiencia muy agradable en una villa que, muy probablemente, no habría visitado por mi propia cuenta, pero que -ahora sé- guarda varias sorpresas para el que se atreva a salirse de la carretera y dejarse llevar unos días.

Real Basílica-Colegiata del Santo Sepulcro de Calatayud en un atardecer con aves volando
Vistas desde el Hotel Monasterio Benedictino, en Calatayud

Escapadas de fin de semana

Más allá de viajes de trabajo, excursiones o retiros de tres o cuatro días, el 2024 fue también un año en el que empecé a aprovechar y a apreciar realmente las escapadas de fin de semana. Por la emoción de exprimir al máximo ese tiempo ínfimo entre turnos de trabajo, pero también por haber supuesto pequeños remansos de paz y aislamiento en los puntos más bajos de esta temporada (que también los ha habido). Y curioso, además, que las únicas escapadas de esta índole se dieran justo en dos semanas consecutivas:

Primero a Ginebra. ¿Os acordáis de aquellos amigos que os comentaba al principio? ¿Los que habían iniciado una nueva vida frente a los Alpes? Pues se les habían dado también los dos últimos años que habían decidido expandir la familia y reunir a todos sus amigos y familiares para descubrir juntos el género del nuevo miembro del clan. Spoiler: ¡será un niño!

Evidentemente, aquellas dos noches de finales de noviembre estuvieron centradas en los nuevos papás, en ponernos al día con los chismes y en las innumerables comilonas en grupo. Pero también sacamos algo de tiempo para seguir descubriendo un poquito más de la pequeña urbe junto al lago Léman y disfrutar de su agradable ambiente navideño. ¡Muy recomendable!

Gente paseando entre las casetas de madera del mercadillo navideño de Ginebra al atardecer
Mercado navideño de Ginebra

El viernes siguiente nos bajamos del avión para abrocharnos el cinturón del coche y dirigirnos hacia el norte, cruzando los Pirineos y la región de Occitanie, para llegar hasta su capital –Toulouse– y seguir un poco más allá, hasta la pequeña ciudad de Montauban. El objetivo principal de aquella travesía fue asistir a la exposición inmersiva Harry Potter: A Forbidden Forest Experience. Sí, ¡soy un gran potterhead!

Sin entrar mucho en detalle, y aunque la exposición estaba claramente destinada a un público mucho más infantil, os diré que conseguimos disfrutarla muchísimo y que, si tenéis la oportunidad, vale la pena el viaje. Y, por supuesto, ya que habíamos tenido que ir hasta allí, decidimos quedarnos el resto del fin de semana y conocer un poco las virtudes de «la ciudad rosa» y de sus alrededores.

Callejuela al atardecer en Montauban, Francia, con grafitis en las paredes y casas tradicionales al fondo
Calle de Montauban al atardecer

Mala suerte tuvimos con que la lluvia y el frío -realmente intensos aquellos días- quisieran también acompañarnos y nos entorpecieran un poco la visita. Aún así, conseguimos sobreponernos y disfrutar, con cierta calma, de varios paseos por su coqueto casco histórico, de sus mercadillos navideños, de algún que otro restaurante de comida asiática y de los últimos resquicios del otoño en el Canal du Midi, obra declarada Patrimonio Mundial por la Unesco.

Nos atrevimos, incluso, a parar en el desértico y extremadamente infravalorado -y frío- pueblo de Foix, y a recorrer sus callejuelas medievales bajo la protección de su impresionante Castillo de los Condes. Por h o por b, esta zona del Ariège la he visitado en un par de ocasiones ya, siempre de forma muy rápida, y me he quedado con unas ganas tremendas de seguir descubriéndola. ¿Asignatura pendiente para este 2025? Ya lo veremos.

Canal de Midi en Toulouse en otoño, con árboles y sendero junto al agua
Paseo del Canal du Midi
Calle empedrada y estrecha en el casco antiguo de Foix, Francia, con casas tradicionales y ventanas con contraventanas
Callejuela del pueblo de Foix

Los grandes viajes del 2024

Regresamos ahora un poco atrás en el tiempo, alejándonos del helador clima de diciembre, para volver al soleado agosto. Tras meses de trabajo, la anhelada llegada del verano traía consigo un nuevo descanso, pero también una nueva incógnita: ¿a dónde irnos de vacaciones?

Después de mi larga experiencia en Telepizza, aquel había sido mi segundo año experimentando esa sensación: la de tener un puesto de oficina normal, con una jornada de lunes a viernes y 4 semanas de vacaciones, que como todo español medio, había de cogerme en agosto. El mejor mes para no trabajar, cierto, pero también el peor para viajar.

Un momento en el que el país entero se paraliza y se amodorra y todos intentamos escapar a destinos un poquito menos cálidos. Los vuelos suben, los hoteles cuelgan sus carteles de «completo» y las principales atracciones turísticas se abarrotan con cientos de chancletas de colores y un intenso olor a crema solar.

¿Cómo huir de todo aquello? No lo teníamos demasiado claro, aunque en 2023 sí lo hubiéramos conseguido. La isla de Cerdeña nos había sorprendido, por entonces, con sus espectaculares paisajes mediterráneos, su cultura milenaria, su rica gastronomía y, también, con su tranquilidad. Nunca conseguimos entender del todo por qué llegaba «tan poco» turismo hasta aquel destino que, para nosotros, lo tenía todo; pero sí supimos que querríamos repetir la experiencia. Y doy gracias porque en 2024 también logramos encontrar ese lugar bueno, bonito, barato y fuera de los principales circuitos turísticos.

Barcos tradicionales malteses en el puerto de Marsaxlokk con la iglesia parroquial al fondo, día soleado en el pintoresco pueblo pesquero de Malta
Paseo marítimo de Marsaxlokk, Malta

Nuestro hallazgo: La República de Malta. ¿Malta? ¿No es este un lugar muy muy turístico?. A priori, a nosotros también nos lo pareció, pero tan solo hubimos de navegar hasta su vecina más pequeña, Gozo, para darnos cuenta de que muchas partes del archipiélago seguían siendo desconocidas para la gran mayoría de forasteros. Y esta fue, desde luego, la mejor sorpresa viajera que me pudo brindar el año 2024.

Durante ocho días, mis amigas y yo nos sumergimos en la calma de esta pequeña isla en el centro del Mediterráneo, la cual ha sabido conservar a la perfección su pacífico estilo de vida y sus costumbres ancestrales; y ha aprendido a compartirlas con los -no tantos- visitantes que la exploran por cuenta propia, alejándose de las típicas excursiones de un día desde La Valeta.

Vistas panorámicas de la isla de Gozo con la parroquia de San Juan Bautista (St. Johannes der Täufer) destacando entre las casas de piedra caliza, Malta
Basílica de St. Johannes der Täufer, Gozo
Turistas disfrutando del agua cristalina en la playa escondida de Wied il-Għasri, una cala rocosa en la isla de Gozo, Malta
Playa de Wied il-Ghasri, Gozo

Grutas, playas secretas, acantilados, pueblos con encanto, castillos templarios, iglesias medievales, yacimientos arqueológicos… Gozo nos dio absolutamente todo lo que pedíamos y se convirtió, además, en nuestro pequeño paraíso dorado, donde refugiarnos, desconectar y compartir risas, anécdotas y comilonas; sin horarios, sin mapas, y siempre con el cristalino mar como telón de fondo.

Algunos de mis lugares favoritos: La isla de Comino y su Blue Lagoon, la ciudad de Victoria (la capital de Gozo), los Acantilados de Dwejra y el Inland Sea y la playa de Wied il-Ghasri. ¡Para quedarse totalmente sin palabras! Os lo contaré todo próximamente en un artículo. ¡Prometido!


Malta y Gozo fueron sin duda EL VIAJE -en mayúsculas- del año 2024. Mi mayor aventura, sin embargo, había comenzado dos o tres meses antes. Algo que me había propuesto… de hecho, ahora que lo pienso, lo único que me había propuesto para el pasado año había sido independizarme.

Al principio, para ser honestos, aquella posibilidad la veía muchísimo más lejos. Sobre todo por el presupuesto. Pero se acabó haciendo realidad, casi por casualidad, y de forma mucho más natural de lo que habría pensado. ¡Yay me!

Aunque no lo hice solo. Ya os lo había adelantado: en esta nueva travesía me acompañó, y me acompaña todavía a día de hoy, mi amiga Lluna. Y como todo buen comienzo, este estuvo lleno de muchas primeras veces: la primera compra del súper, el primer mueble (mal) montado, las primeras facturas y también -hay que decirlo- los primeros roces.

Porque sí, independizarse es tremendamente emocionante. Sentirse dueño y señor de tus propios tiempo y espacio, eso, lo vale absolutamente todo. Pero nadie te prepara para la cara menos agradable de la moneda. Como todo viaje, no vale solo con leerse los folletos. Es algo a lo que uno se tiene que enfrentar siempre en primera persona. Y volver luego habiendo aprendido algo, por supuesto.

Vista al atardecer desde el balcón de mi piso en Terrassa, con los tejados rojizos en primer plano y las montañas del Vallès Occidental al fondo
Vistas desde mi nuevo piso al atardecer

Estos últimos meses, a mí, me han enseñado a respetar espacios, a hablar con sinceridad, pero también a callar cuando es debido. He descubierto que soy una persona tremenda y terriblemente autosuficiente e independiente. Que me encantan el orden, la rutina, la productividad y el silencio.

Y que eso es, a veces bueno y a veces, no tan bueno. Que convivir con uno mismo puede ser lo más divertido, pero también lo más tedioso. Que cada uno es de su padre y de su madre y que ponerse en los zapatos del otro es la tarea más dura que existe, y a la vez, la más enriquecedora.

En fin, que todo lo que uno puede aprender de viajar y recorrer el mundo, sirve también para afrontar una mudanza. Y viceversa. Así que ya sabéis: tocará seguir viajando y disfrutando de este periplo y ver, al final, en qué puerto desembarcamos.

Lo que se viene en 2025

Para este nuevo año 2025, lo cierto es que no tenía ninguna aventura planeada; vamos, como digo en casi todos mis resúmenes viajeros. Hasta el momento, (y WOW, lo rápido que pasa el tiempo) he tenido la suerte de poder dedicar dos maravillosos fines de semana a recorrer un poco más a fondo el vecino Principado de Andorra; y más suerte de haber podido hacerlo en compañía de mi novio. (Ahí va otra cosa que no pensé que iba a decir tan pronto jeje).

Por otro lado, la semana que viene retornan las vacaciones de Semana Santa y, con mis amigos, hemos planeado un roadtrip súper express por el norte de España. La idea es visitar Bilbao, Santander, Gijón y algún pueblo de los alrededores. Seguidme en redes para no perderos ningún detalle.

Más allá de esto, se me presenta un año viajero un tanto despejado. La verdad es que esta gran aventura de la independencia no está siendo precisamente barata y -cosas de hacerse adulto- el bolsillo no me da, por el momento, para planificar expediciones muy ambiciosas. Pero quién sabe. Me conozco y sé que me puede un buen viaje.

Confieso además que, desde hace ya unas semanas, vengo sintiendo unas ganas inmensas de regresar a mi queridísima Italia. Quizás a Venecia o a la zona de las Dolomitas. Sea como sea, no puedo esperar a seguir descubriendo qué sorpresas me depara este nuevo año viajero 2025. ¿Me acompañáis?

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