Despertábamos el quinto día de nuestra odisea por los valles del Pirineo Catalán de nuevo en el diminuto y precioso pueblo de Ribera de Cardós. Más calmados y medianamente recuperados de los dos curiosos, dramáticos e intensos días anteriores, nos subíamos al coche para tomar nuestro camino habitual hasta Llavorsí, desde donde partiríamos esta vez hacia el sur en dirección a Sort. Habíamos madrugado más aquel día pues nos disponíamos a recorrer el maravilloso Valle de Boí y sus inigualables Iglesias Románicas Patrimonio de la Humanidad y a las 11 en punto teníamos la visita guiada a la primera de ellas: Sant Climent de Taüll.


Yo estaba entusiasmado; de todas las actividades del viaje, quizás aquella era la que esperaba más ansioso. Más de un año atrás, había tomado Patrimonio Cultural en la universidad, asignatura que sin duda se convirtió en mi favorita de lo que llevaba de carrera y donde había descubierto, entre otras muchas cosas, la existencia y el valor de estas centenarias moles de piedra perdidas en mitad del Pirineo, las cuales estaba deseando ver por mí mismo. Mi ilusión, sin embargo, no era compartida. Mis compañeros veían con cierta reticencia el recorrer tantos kilómetros «sólo para ver unas iglesias» y pese a mis apasionadas explicaciones de su importancia, menospreciarían y se mofarían (sin perversidad) de la visita durante todo el día y todos los días del resto del viaje.


Desde Sort, seguimos hacia el sur por la Nacional 260 hasta Pobla de Segur, donde torcimos de nuevo hacia el norte bordeando la frontera con Aragón. Pasado el Pont de Suert, tomamos la L-500 hacia el este para introducirnos en la zona occidental del Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici y llegar poco después a nuestro destino.

Km 763. Taüll. A las 10:45 aparcamos en el parking público de la villa justo en frente de Sant Climent y sacamos los bocadillos del desayuno. Sobre nuestras cabezas asomaba orgullosa la impresionante torre del campanario, de planta cuadrangular y 6 pisos de altura. Al otro lado del Carrer dels Aiguals, nos saludaba el resto de la construcción medieval. Pequeña y estrecha, la iglesia no deslumbra quizás a primera vista por su imponencia y tamaño, pero ciertamente tiene otros atractivos, como sus casi 900 años de historia y lo excepcional de su arquitectura. Construida en el siglo XI sobre los restos de otro templo anterior y consagrada en 1123, sigue las pautas del tan característico estilo románico lombardo: Planta basilical con tres naves separadas por columnas, encabezadas por ábsides semicirculares y un techo a dos aguas. Los muros, de piedra extraída probablemente de alguna cantera cercana y las ventanas, pequeñas para no dejar pasar el frío pirenaico, pues además de lugar de culto, Sant Climent funcionaba como espacio de reunión de los vecinos del Valle. Doble función tenía también el campanario: avisar de las misas y otros acontecimientos al son de las campanas y como punto de vigilancia durante la cruenta y larga Reconquista. Elementos únicos, sin duda, pero opacados al mismo tiempo por la singularidad de los interiores.

Sant Climent de Taüll

Enseñamos los tickets a la guarda y pasamos adentro. Por grupos de dos o tres, nos fuimos poniendo en las marcas de distanciamiento social pintadas en el suelo. La puerta se cerró de golpe y nos quedamos a oscuras y en silencio. De un proyector en medio de la sala, salió una luz directa hacia el altar principal, en el interior del ábside. Poco a poco y acompañadas de una música solemne, fueron dibujándose las figuras que formaban la espectacular composición mural: El Pantocrátor o Dios apocalíptico, temible y todopoderoso en el centro de la escena, los Cuatro Evangelistas, un serafín y un querubín – las dos categorías más altas en la jerarquía de los ángeles -, la Virgen y algunos Apóstoles, San Clemente, patrón de la iglesia y otras escenas y personajes de la fe cristiana… Debía ser impresionante para un campesino de la época (seguramente analfabeto), entrar en el espacio apenas iluminado y toparse con aquellas terroríficas figuras observándolo desde lo alto, que le instaban a vivir una vida según los cánones religiosos; toda una clase magistral de marketing por parte del clero.

La proyección termina, se encienden las luces y la guarda nos avisa de que tenemos tiempo libre para recorrer la sala a nuestro aire. Allí donde lucían hace un momento las ricas imágenes románicas, yace ahora la pared casi desnuda, sólo permanecen unos pocos restos pictóricos. Las pinturas originales debieron ser arrancadas en los años 20 para protegerlas de los malhechores que intentaban robarlas y de los ricos industriales que querían adquirirlas para llevárselas a América y hoy se pueden admirar, junto al resto de las pinturas murales del valle, en el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC), en Barcelona.

Aquí sólo nos queda ahora el tan espectacular videomapping que el Centre del Romànic de la Vall de Boí diseñó hace unos años y que nos muestra, más allá de las figuras religiosas, el poder y la viveza de sus colores: azules, ocres y carmesíes, extraídos de los más exóticos – y por ende caros – minerales como el lapislázuli y de otros más comunes como el hierro o el carbón, tratados y pigmentados a mano por un artista, cuyo nombre se desconoce y que fue bautizado como «el maestro de Taüll«. Sin duda, una experiencia inolvidable.

Pequeña muestra de la proyección de Sant Climent de Taüll. Fuente: Canal de Youtube de la Vall de Boí

Tras la visita, entramos en el bar-restaurante de enfrente a tomar café y «comentar la jugada». Allí nos enteramos por la dueña de que Santa Maria de Taüll, hermana gemela de Sant Climent, permanecía cerrada a las visitas por la situación sanitaria y sólo se estaba abriendo para los actos religiosos. Una pena, pues ya que estábamos allí habría sido interesante echar un vistazo y comparar notas, aunque lo mencionado: se tratan de iglesias gemelas y no nos supuso tampoco una gran pérdida; de hecho, Santa Maria fue consagrada tan sólo un día después que su hermana, tiene exactamente la misma forma basilical con tres naves y un campanario y su interior alberga unas pinturas murales, que si bien no tan famosas, son tan bellas como las de Sant Climent. Las originales, por supuesto, las encontraréis colgadas en el MNAC.

Pese a todo, decidimos dar un breve paseo por el pueblo de Taüll, durante el cual reconocer y contemplar, una vez más, la tan característica arquitectura pirenaica de casas de piedra y tejada de pizarra que ya habíamos visto, por ejemplo, en Vielha. A pesar del apogeo estival y la ebullición del turismo de naturaleza derivado de la Pandemia, el pueblo dista mucho de ser un lugar turístico y la caminata se hizo más tranquila y relajada que en la capital aranesa. Justo en medio de la villa nos topamos con Santa María, a quien apenas saludamos con la barbilla y seguimos nuestro camino, bordeando el límite oeste de vuelta hacia el coche.

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De paseo por Taüll
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Santa Maria de Taüll
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Casco histórico de Taüll

Dejamos Taüll y descendimos por la L-501, pasando por Boí, hasta el cruce con la L-500. Continuamos hasta Barruera, hogar de Sant Feliu de Barruera, otra de las joyas románicas del Valle que en este caso no visitamos y remontamos la estrechísima y vertiginosa Carretera de Durro, recuerdo que al son de «How You Like That«. Cruzamos la diminuta aldea por medio de sus angostas calles empedradas y tomamos «el camino verde que va a la ermita»; literalmente.

Km 776. Ermita de Sant Quirc de Durro. A 1.500 metros sobre el nivel del mar y sobre un montículo de tierra encarando las montañas, se encuentra, pequeña y coqueta, la Ermita de Sant Quirc. Tiene una sola nave, también de planta basilical y un solo ábside, techado todo ello con una vuelta de cañón y presidido por un campanario, posterior a la construcción original del siglo XII. No se sabe mucho de ella, ningún documento de la época en el que se la mencione ha llegado hasta nuestros días. Lo que sí se conoce es que las ermitas como esta, a diferencia de las iglesias, tenían la función de proteger las pasturas y los bosques del alto Pirineo y que cada pueblo tenía la suya propia. Sant Quirc es, sin embargo, la única en su estilo incluida en la lista de la UNESCO.

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Ermita de Sant Quirc de Durro

Más allá de la construcción, que también permanecía cerrada y no pudimos visitar, nuestras miradas se dirigieron irremediablemente hacia el abismo. Y es que desde aquella llanura privilegiada, se abrían unas vistas espectaculares de todo el Valle de Boí, de sus pueblos de piedra centenaria encaramados a las montañas y de las escarpadas sierras del Pirineo como telón de fondo. No pudimos más que contener el aliento ante semejante belleza y alargar el dedo para hacer click sobre el pulsador de la cámara fotográfica. Incluso mis queridos compañeros de viaje, tan críticos y cínicos con el Patrimonio Cultural, quedaron mudos ante tal panorama natural.

No es de extrañar que sea precisamente Sant Quirc uno de los «faros» o puntos de salida de las Fallas del Valle de Boí; una fiesta anual de origen pagano que festeja el inicio del verano y que también ha sido reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad bajo el sobrenombre «Fiestas del fuego del solsticio de verano en los Pirineos», honor que comparte con nuestros vecinos franceses y andorranos. Nosotros no viajamos en las fechas apropiadas para asistir a la celebración, hecho que descubrimos durante el mismo viaje, pero sin duda me lo anoto en mi lista de deseos viajeros pendientes y que espero cumplir muy pronto.

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Vistas del pueblo de Durro desde la Ermita de Sant Quirc
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Vistas del Pirineo desde Sant Quirc de Durro

Hambrientos, deshicimos el camino hasta Durro. Allí aparcamos de nuevo y salimos en busca de un lugar a la sombra donde poder degustar nuestros tuppers de carne con patatas. El descanso lo encontramos a propósito en las escaleras de entrada a la majestuosa Esglèsia de la Nativitat de Durro, la cuarta en nuestra ruta por el patrimonio románico de Boí. Ya desde mediados del siglo XI se tiene constancia de esta puebla en lo alto de la montaña y según parece, se convirtió, bajo el feudo de los barones d’Erill, en uno de los puntos más prósperos de la región durante la Baja Edad Media. Es gracias a esa prosperidad que se llegaron a construir todas las Iglesias Románicas del Valle, incluyendo por supuesto a Nativitat. Esta última que nos ocupa, destaca por sus proporciones, muy superiores a las del resto, por su campanario, por su pórtico románico esculpido en piedra y por su porche, donde nos habíamos sentado a comer. También cabe mencionar que sufrió varias reformas y ampliaciones en los siglos posteriores y que su interior presenta ahora elementos del gótico y del barroco; elementos que sí se pueden contemplar esta vez mediante la compra de las entradas en el sitio web, pero que nosotros no visitamos.

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Vistas del campanario de Nativitat de Durro

Tras la comida, subimos enseguida al coche y nos dirigimos de vuelta a Boí, donde nos esperaba la quinta de las iglesias románicas de nuestro tour. A la entrada de la que fuera otra de las poblaciones más importantes durante el medievo y se cree que la única que llegó a amurallarse, se encuentra la Iglesia de Sant Joan de Boí. Evidentemente, esta sigue las mismas líneas arquitectónicas que el resto de construcciones del Valle: una planta de estilo basilical, tres naves paralelas, arcos de medio punto, un campanario, etc. Su importancia reside, sin embargo, en el perfecto estado de conservación en el que se encuentra, pues de todas, es la que más elementos originales del siglo XI conserva y la única que mantuvo una parte de los murales exteriores que cubrían la fachada norte (los originales se encuentran en el MNAC). Sobre este, se sabe además que existía un porche de piedra que protegía las pinturas pero que fue derruido más tarde, en la Época Moderna.

Sant Joan de Boí

Pero como con su vecino Sant Climent, la mayor parte de su fama se la debe a las increíbles pinturas murales que recubren las paredes interiores y que la verdad, no son para menos. Habiendo aparcado en el estacionamiento de tierra frente a la nave, enseñamos los tickets al guarda de la entrada y pasamos al interior. Justo acababan de abrir, así que disfrutamos del espacio completamente a solas. Frente a nosotros, brillaban las más extrañas, divertidas y fascinantes criaturas mitológicas que el imaginario medieval pudiere haber creado: un pez con cuello de pájaro, un monstruo de 7 cabezas, el Carcoliti, el Osne, un dromedario (hay que pensar que hace 800 años nadie había visto uno) y más. Todas estas figuras, conocidas como «el bestiari» (las bestias), son representaciones cristianas de los pecados, vicios y virtudes terrenales del hombre y servían para aleccionar a los fieles sobre los peligros de salirse del camino de Dios. También encontramos otras escenas bíblicas y personajes moralizantes como los juglares o el gallo, que simbolizan la celebración del universo celestial y la resurrección respectivamente. Como veis, son imágenes únicas las que nos deja Sant Joan de Boí y sin duda, sería toda una sorpresa para el arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch y todo su equipo encontrarse con esa estampa en la expedición que realizaron al Pirineo en 1907.

Un poco de historia: Tras la pérdida de las últimas colonias españolas de ultramar en 1898, se desató en Catalunya toda una revolución artístico-cultural que puso de manifiesto y recuperó el interés por el patrimonio, la lengua y los paisajes naturales nacionales, del cual se impulsaron movimientos como el Modernismo o instituciones como el Institut d’Estudis Catalans (IEC) o el Centre Excursionista de Catalunya (CEP). En ese contexto, otro arquitecto, Lluís Domènech i Montaner, quien visitara la zona unos años antes, empezó a estudiar bien a fondo el Patrimonio Románico catalán e hispánico, lo que suscitó el interés del IEC, quien organizó una expedición para fotografiar y documentar al máximo detalle las expresiones artísticas de los valles pirenaicos catalanes. Sería este el primer paso de un largo proceso para la protección y el reconocimiento del Patrimonio del Valle de Boí.

Y así, en este pasado 2020, se cumplieron 20 años de la declaración de Patrimonio de la Humanidad para las espectaculares y centenarias Iglesias Románicas de la Vall de Boí, que tras casi 900 años de historia, todavía podemos disfrutar como antaño.

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Imágenes del «bestiari» en Sant Joan de Boí

Tras Sant Joan, nos quedaba todavía una iglesia románica en nuestro tour antes de volver al Valle de Cardós. El problema fue que había sobreestimado el tiempo que duraría cada una de las visitas y aún nos quedaban un par de horas hasta nuestra cita con Santa Eulàlia d’Erill la Vall. Mis compañeros, cansados y refunfuñones por «tanta iglesia», propusieron coger el coche de nuevo, plantarnos en Erill y explicar la situación a las guías a ver si nos dejaban pasar antes; y así lo hicimos.

Km 789. Erill la Vall. De nuevo, el coche lo dejamos aparcado en el estacionamiento de tierra a la entrada del pueblo y continuamos caminando hacia el casco histórico. Las apenas dos calles y cuatro edificios de piedra oscura de Erill me parecerían más encantadores, si cabe, que el resto de villas del Valle. No sabría decir si es porque efectivamente así lo era o es que empezaba a invadirme el nostálgico sentimiento de estar visitando el último pueblo de aquella fascinante jornada.

A propósito, es en aquel rincón de la Alta Ribagorça, donde se encuentra el Centro del Románico de la Vall de Boí, una exposición interactiva en la que aprender un poco más sobre las características de la arquitectura románica y la historia del valle, antes de lanzarse a visitar cada uno de sus pueblos medievales. Por desgracia, debido a la actual Crisis del Coronavirus permanece cerrado a los visitantes y funciona únicamente como punto de información turística, pero es una visita más que recomendable si venís a Boí en un futuro postcovid.

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Erill la Vall

Santa Eulàlia sobresalía espléndida justo en medio del entramado medieval. Lo hacía, más bien, su increíble campanario de seis plantas de alto decoradas con arcos ciegos de estilo lombardo y frisos dentados; según los estudiosos uno de los mejores ejemplos de todo el valle. La capilla principal se distinguía también del resto que ya habíamos visitado: se trataba en este caso de una única nave central, muy alargada y encabezada por tres ábsides semicirculares dispuestos en forma de trébol. Protegiendo el portón de entrada, se conserva todavía el porche porticado que se levantó en la última fase constructiva. Precisamente allí esperaban a los visitantes las dos guías del centro, quienes muy comprensivas con nuestra situación y habiéndose cerciorado de que teníamos las entradas, nos dejaron pasar mucho antes de nuestra hora de visita. Nos avisaron, por eso, de que teníamos sólo unos pocos minutos para recorrerla ya que en breves llegaría el siguiente grupo y no podían retrasar demasiado su visita.

Del interior, mucho más frío y sobrio que el de sus vecinas, destacaban sus paredes desnudas de piedra vista, su techada de madera y el grupo de tallas románicas sobre el altar, conocido como el «Davallament de la Creu», el único del Taller de Erill que se conserva en su totalidad. El original, por supuesto, se encuentra repartido entre el MNAC y el Museo Episcopal de Vic y aún mantiene ciertos restos de policromía que se cree decoraba todas las esculturas. De interés era también la muestra de mobiliario religioso expuesto en la parte superior de la iglesia. Aunque como decía, dispusimos sólo de unos pocos minutos para verlo todo y no pudimos apreciar los detalles en profundidad.

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Tallas románicas de Santa Eulàlia d’Erill la Vall
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Iglesia de Santa Eulàlia

Sobre las 17:00 abandonábamos Santa Eulàlia para dar un último paseo por el diminuto municipio antes de volver al coche. Así caminando, llegamos sin quererlo al mirador d’Erill. Allí, un solitario banco de madera enfrentaba las verdes montañas del valle pirenaico. Allí, nos sentamos todos apretados a mirar el paisaje y despedirnos con la cabeza de Boí, mientras recordábamos todo lo aprendido aquel día y nos reíamos una vez más de las situaciones adversas del viaje. Allí, vuelvo yo a menudo en estos días de clausura y aburrimiento; a ese sueño que pareciera esfumarse por momentos pero que brilla ajeno al tiempo y a la memoria. Allí, allí «donde los Pirineos tocan el cielo

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Despidiéndonos del Valle de Boí en el mirador d’Erill. Foto cedida por mi amiga Valentina

Tras la despedida, nos subimos los 5 al coche y retomamos la carretera comarcal hasta la frontera con Aragón. Seguimos en dirección norte hasta Vielha y desde allí remontamos otra vez el Port de la Bonaigua para llegar a nuestra casita en Cardós, terminando así otro día más en nuestro apabullante viaje por los Valles del Pirineo Catalán. Un día más, pero no el último. Nos queda todavía un repaso a nuestro viaje, un último artículo antes de enfrentar las aventuras de este nuevo 2021, sean cuáles sean las que vengan.

¡Así que atentos para no perdéroslo y fins a una altra!

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