Llegó Semana Santa y por primera vez desde hacía 6 años no tenía que trabajar. Había finiquitado mi experiencia en Telepizza y mi nuevo contrato me esperaba en la mesa justo al volver de las vacaciones. Por supuesto, aquello merecía una pequeña celebración y ya sabéis vosotros cómo nos gusta celebrar las cosas en esta casa… así que empacamos cuatro bártulos contados, nos subimos al coche y ¡salimos a la aventura!

Nuestro destino: el pintoresco pueblo de Tivissa, en pleno corazón de les Terres de l’Ebre. El cómo me decidí por aquel lugar, algo alejado de los principales circuitos turísticos de la región, es algo que no alcanzo a recordar ahora mismo. Solo sé que apareció un día en mi lista de destinos y que acertamos en elegir aquel fin de semana para ir a descubrirlo.

Llegamos el sábado 1 de abril sobre las 11:00 de la mañana. Hacía un calor inusual para mediados de primavera, pero corría un fuerte viento de mistral que no nos permitía acabar apreciarlo. El pueblo yacía desierto, igual que la recepción del camping municipal, nuestro alojamiento durante aquella mini escapada de dos días. Tras registrarnos, aparcamos junto a nuestro coqueto bungalow en lo alto del recinto. Frente a nosotros, las casas de la pequeña Tivissa se encaramaban sobre la verde colina y el campanario de la iglesia local se elevaba anunciando el inicio de nuestro viaje por la antigua Iberia.

Alojaos en el Camping Alberg Tivissa, el mejor campamento base para vuestra aventura por esta pequeña región de Terres de l’Ebre. Muy cómodo, con excelentes instalaciones y con unas vistas imprescindibles de Tivissa y de los frondosos valles colindantes. ¡No os lo perdáis!

Tivissa

El pueblo de Tivissa

Es precisamente esta posición de dominancia sobre los Valles del Ebro lo que le hubo otorgado su primera denominación: los romanos tomaron de los primeros pobladores íberos la raíz «Tivi», que significa «colina» y llamaron al arcaico asentamiento Tibisi. La palabra fue evolucionando y al primer prefijo le acabaron añadiendo la terminación «-issa» (pueblo o ciudad) para conseguir el nombre actual de Tivissa: «pueblo de la colina«.

Vuestra visita al conjunto ha de comenzar, por esto mismo, a los pies del montecito; concretamente en el Safareig de la Sèquia del Camí, un coqueto lavadero construido a finales del siglo XIX. Desde aquí, alcanzamos a apreciar todavía más el carácter medieval de la villa, que antiguamente yacía rodeada por una muralla. Hoy en día, no quedan apenas rastros de los muros de piedra y podemos acceder libremente al interior del casco histórico por alguno de los callejones que se dispersan, sin ton ni son, a lo largo de unas pocas manzanas.

Safareig de la Sèquia del Camí

Lo mejor es perderse y deambular sin rumbo fijo; subir escalones, cruzar alguno de sus gruesos portales de piedra y en general, detenerse a disfrutar del sosegado paso del tiempo en este lugar, del que dicen, es uno de los pueblos más bonitos de toda Catalunya. Durante el paseo, muy probablemente os topéis con alguna de las cases pairals más antiguas de la villa, las cuales datan del siglo XV. También con la pequeña Capella de Mare de Déu dels Desemparats, adyacente al antiguo hospital del siglo XVIII. En la misma fachada, en un lateral, se encuentra además la entrada a la casa consistorial, en cuyo interior se conservan algunos arcos apuntalados que podrían haber pertenecido al arcaico castillo de Tivissa.

Callejuelas de Tivissa

Al final de la visita llegaremos, irremediablemente, a la Plaça de la Baranova. Aquí se levanta l’Església Arxiprestal de Sant Jaume de Tivissa, que vuelve a saludarnos con su alto campanario y sus muros de piedra caliza declarados Bien Cultural de Interés Nacional. Es curiosa su historia y más curiosa todavía la forma en la que la descubrimos: el mistral había cogido fuerza y amenazaba con tumbarnos a todos de culo. Recalábamos, entonces, por aquella parte del pueblo y decidimos entrar en la pequeña capilla a guarecernos y también -por qué no- a fisgonear un poco. La iglesia permanecía completamente en silencio. Vacía, excepto por la presencia de un hombre. Un vecino de la localidad -septuagenario por lo menos- que apareció de la nada para sorprendernos y que, con una amplia sonrisa, se ofreció a hacernos de guía turístico y a descubrirnos los secretos de Sant Jaume.

Plaça de la Baranova, Tivissa

La primera fase constructiva -nos cuenta- comenzó a finales del siglo XIII y nos dejó un coqueto templo de estilo gótico, con unas preciosas vidrieras de colores templados y un maravilloso ábside de cinco caras, que no se acabó de rematar hasta el siglo XVII. En aquel momento, se añadieron además las capillas laterales, el famoso torreón y los portales de entrada, ya en estilo renacentista. La construcción siguió sufriendo diversas modificaciones que no concluyeron hasta la segunda mitad del siglo XIX. Es entonces cuando -nos comenta nuestro guía- se produjo el cambio más interesante de toda la obra: en 1859, el empecinado rector Pere Rius quiso construir otra iglesia; pero en vez de derruir la antigua primero, se inclinó por edificar el nuevo templo sobre la cobertura del anterior. Es así que podemos apreciar, hoy día, cómo la capilla gótica y las naves renacentistas quedan claramente incrustadas dentro de la nueva Sant Jaume, algo que la ha hecho completamente única en su especie.

Església de Sant Jaume
Interior de Sant Jaume

Tras la visita, nos despedimos de nuestro nuevo amigo y nos dirigimos al único colmado del centro histórico para abastecernos antes de continuar nuestro viaje por la región.

«Huellas con historia»

Desde el mismo casco urbano, se esparcen también los distintos senderos que recorren el vergel mediterráneo en torno a Tivissa y que siguen las huellas de aquellos primeros moradores neolíticos. Según uno de los folletos turísticos que tomamos de la recepción del camping, fue en 1975 cuando se empezaron a marcar en la zona los primeros caminos GR de toda la Península. Nosotros nos decidimos por el que llega hasta la Ermita de Sant Blai. Una ruta de 5 kilómetros, sencilla, pero pedregosa, que va escalando progresivamente las montañas de Tivissa-Vandellòs y nos deja excelentes panorámicas de toda la vertiente occidental de la villa.

Tivissa desde las montañas

En más o menos una hora, llegamos a la Ermita de Sant Blai, construida en el siglo XIX también por el rector Pere Rius. Es pequeña, de estilo gótico y particularmente relevante para el municipio por ser el destino final de la romería que hasta aquí discurre cada 3 de febrero en honor al santo local. La posterior misa desemboca, además, en una comida tradicional a base de caldereta, en bailes de sardanas y en juegos y cucanyas para los más pequeños. Unos pocos metros más arriba, se encuentra también la Creu de Sant Blai, una enorme construcción metálica desde donde se obtienen las mejores vistas de toda la región. Hay que tener un poco más de cuidado para acceder hasta su base, pues el camino no está marcado y es muy empinado, pero desde luego merece la pena cualquier esfuerzo.

Ermita de Sant Blai
Creu de Sant Blai

Si continuáramos todavía unos kilómetros más por aquel sendero, acabaríamos llegando a les Coves del Pi y del Cingle, dos ejemplos excepcionales de agrupaciones rupestres con pictogramas de color rojizo que representan a cazadores y recolectores. Aunque dichas cuevas están cerradas al público para su conservación, ilustran a la perfección el enorme patrimonio cultural que esconden estas tierras y es por ello que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Nosotros no llegamos tan lejos y fue en Sant Blai donde decidimos dar la vuelta y regresar a Tivissa, para continuar hasta la siguiente parada de este pequeño viaje por la antigua Iberia.

Castellet de Banyoles

Para llegar hasta aquí, toca coger el coche de nuevo y conducir hacia el norte por la C-44, en dirección a Mora d’Ebre. En el kilómetro 24, se inicia un camino de tierra que, en 5 minutos, os dejará a las puertas del Poblado Ibérico de Castellet de Banyoles. Este es el yacimiento íbero más extenso de la Catalunya meridional y contiene los restos de un antiguo poblado llamado Kum.

«Pueblos íberos» fue como nombraron los antiguos colonos griegos de los siglos VIII y VI a. C. a las poblaciones originales del este peninsular. Si bien se les conoce todavía de esta forma, aquellos primeros asentamientos realmente no compartían rasgos culturales entre ellos, más allá de pequeñas semblanzas y de un fructífero comercio. Con una única excepción: el idioma. Parece ser que las inscripciones en esta lengua paleo-hispánica común, encontradas en la mayoría de poblaciones del territorio, sería lo que hubiera llevado a las fuentes clásicas a agruparlas todas en un único pueblo, por lo demás heterogéneo. El territorio de Terres de l’Ebre y de Castellet de Banyoles correspondería, en este caso, a las tribus íberas de los Ilercavones.

Entrada al yacimiento

La entrada a Kum la flanquean los restos de dos torreones pentagonales de defensa que suponen ejemplos prácticamente únicos en la arquitectura íbera. El resto del recinto lo ocupan los cimientos de casas y de lo que hubo sido un importante centro de producción artesanal, especialmente de metales. El tamaño de todo el yacimiento ronda las 4,5 hectáreas (unos 42.000 metros cuadrados), un lugar de gran relevancia si tenemos en cuenta que la población peninsular de aquella época no superaba los 4 millones de personas. Sin embargo, hay que decir que la infraestructura turística no está demasiado bien cuidada: no hay ningún tipo de control, ni vigilancia y los escasos carteles explicativos están prácticamente descoloridos y son casi ilegibles.

A pesar de todo ello, el enclave bien merece una visita debido a su gran relevancia arqueológica. Es, de hecho, en este lugar donde se encontraron a principios del siglo XX las joyas, figuras, monedas y el menaje de plata que configuran el conocido como «Tesoro de Tivissa» y que podéis admirar en el Museo de Arqueología de Catalunya. Se trata, por esto mismo, de uno de los puntos más importantes de la Ruta de los Íberos, un circuito de más de 500 kilómetros que recorre los principales asentamientos íberos de Catalunya, desde Terres de l’Ebre hasta la Costa Brava, y que, por suerte o por desgracia, podréis disfrutar prácticamente en soledad.

Yacimiento de Kum

Al final del recinto, os encontraréis con los restos de la fortificación medieval que da nombre a todo el yacimiento. Esta se levantó en el siglo XII y sirvió para controlar, desde este punto elevado, el paso de las tropas durante la Reconquista. Ciertamente, las impresionantes panorámicas de Terres de l’Ebre que desde aquí se obtienen son otro motivo de peso para visitar la Ciudad Ibérica de Castellet de Banyoles.

Panorámicas de Terres de l’Ebre

Mora d’Ebre

Podríais bien terminar vuestro viaje por la antigua Iberia en Castellet, mas si tenéis unas horas extra vale la pena desviarse hasta esta encantadora localidad a orillas del río Ebro y capital de la comarca de Ribera d’Ebre. Bajo los cimientos de su coqueto casco histórico, se encontraron también indicios de poblamiento en épocas del Neolítico, así como vestigios de los primeros asentamientos íberos, aunque no podemos disfrutar de ninguno de ellos en la actualidad. Lo que sí podemos hacer -y es altamente recomendable- es acercarnos hasta el impresionante castillo medieval del siglo VIII. Levantado por los musulmanes y muy cotizado por su dominio sobre las planas del Ebro, fue conquistado por el conde Ramon Berenguer IV en 1153 y legado posteriormente a los barones d’Entença.

Como ya es habitual, la construcción sufrió alteraciones y cambios de actividad durante siglos, hasta los días de la Guerra Civil Española, que se encargó de hundirla casi por completo. Lo que ha llegado hasta nuestros días son las murallas exteriores y dos impresionantes torreones, dentro de los cuales se ubica el Centro de Interpretación de las Guerras Carlinas.

Castillo de Mora d’Ebre

Nosotros no pudimos conocer su interior, pues solo abre los meses de verano: de martes a domingo, del 1 de julio al 11 de septiembre, así que nos contentamos con recorrer su impresionante perímetro hasta alcanzar de nuevo el Ebro. Desde una de sus islas naturales y con vistas a las preciosas casas multicolores y al magnífico Pont de les Arcades, nos despedíamos de este fascinante viaje por Terres de l’Ebre y la antigua Iberia, siempre con nuevos apuntes e infinitas ganas de seguir descubriendo el enorme patrimonio cultural de nuestra querida Catalunya.

Mora d’Ebre desde el río

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