Era 19 de agosto. Llevábamos 4 días y medio recorriendo incansablemente Dublín y nuestro viaje llegaba a su ecuador. Aún nos quedaban unos cuantos días y unas cuantas aventuras más pero el cansancio empezaba a hacer mella y la ilusión de los primeros días empezaba a disiparse lentamente. Habíamos decidido pasar nuestra última tarde en Dublín lejos del ajetreo de sus calles, en un pequeño pueblo de la maravillosa y …






