Sueños viajeros... Engrosan nuestras listas de por si ya kilométricas y ocupan nuestras mentes a cada paso del camino. Los hay efímeros y sorpresivos, que tan pronto como se anotan, son tachados con alegría. Otros llegan de casualidad y aunque les dediquemos una línea o dos, tampoco recurren a nuestra mente demasiado a menudo. Los terceros los conforman esas increíbles aventuras de bitácora y documental, que emulan los grandes viajes de antaño y en las que sin duda todos esperamos participar algún día, cuando los planetas se alineen y nos toque el Euromillon. Pero los cuartos… Los cuartos son los más especiales. Nos acompañan desde hace algún tiempo, quizás incluso desde la misma infancia y nos han tenido en vilo más de una noche y más de dos. Aparecen ineludiblemente en todas las conversaciones, cuando nos piden opinión y aun cuando la damos gratuitamente. Llevan planeándose toda la vida, de una y mil formas. Nunca nos cansamos de leer sobre ellos y siempre gustamos de aprender algo nuevo. Hemos visto tantas fotos que parecemos conocerlos al dedillo, aun sin haberlos pisado nunca. Y aunque otros lugares se crucen en nuestro camino y nos maravillen por un instante o dos, no podemos dejar de pensar en ellos. Y con un poco de suerte, un día, tan casual como otro cualquiera, se hacen realidad. Nos colgamos la mochila, cogemos la cámara y nos armamos con todas las ganas sostenidas para ir a recorrer, por fin, nuestra Tierra Prometida.

Cinque Terre encaja, sin ninguna duda, en esta cuarta categoría. Aunque quisiera explicaros porqué, tampoco podría; si algo define a estos destinos tan especiales para cada cual, es que son una loca y sentimental obsesión carente de toda explicación lógica. Lo que sí puedo hacer es narraros mis aventuras por este rincón perdido y escarpado en la costa de Liguria, e intentar convenceros de incluirlas, vosotros también, en vuestra lista de sueños viajeros. ¡Andiamo!

Costa de Liguria

Monterosso al Mare.

Tras un esperado vuelo en avión, una brevísima visita a Florencia y un par de horas de traslado en tren, por fin pusimos pie en la Spezia, ciudad marítima y puerta de entrada al Parque Nacional de las Cinque Terre. Allí pasaríamos nuestra primera noche ansiosos y a la espera del gran viaje que ya había comenzado; y por la mañana, otro tren nos dejaría en la primera de las Cinco Tierras. Sino fría, quizá podríamos decir que nuestra primera impresión de Monterosso fue algo tibia. Suerte que no nos dejamos llevar enseguida por su mala fama de ser, de las cinco, la hermana menos atractiva.

Desde el andén, unas escaleras conducían directamente al paseo marítimo, frente a una cristalina playa de arena dorada (la más grande de la región), abarrotada de turistas y sombrillas de rayas rojas y verdes. Encantados pero no deslumbrados, decidimos recorrer un poco la zona y escudriñar las calles paralelas a la marina. Hacia el mediodía y todavía poco convencidos, decidimos darnos un descanso y tomar el primer baño del viaje. Tan abarrotada estaba la playa, que preferimos alejarnos y asentarnos en el espigón al final de ella y la verdad, acertamos de pleno. No sólo hallamos más espacio para dejar nuestras ya pesadas mochilas, sino que desde allí disfrutamos de unas vistas inmejorables del frontal de Monterosso, de sus edificios de fachadas coloridas ajustados en segunda línea de mar, de las terrazas de vid ancladas a las laderas de las montañas un poco más allá; y al fondo, de la que iba a ser nuestra próxima parada: Vernazza.

Vistas de Monterosso al Mare desde el espigón

Sin embargo, no dejamos todavía Monterosso. Recogimos nuestros bártulos y nos encaminamos hacia el este por el paseo marítimo. Atrás quedaron todos los hoteles y edificios de apartamentos, todos los parasoles de colores, la mayoría de turistas y la que ahora sabíamos era la zona más nueva del pueblo, conocida como Fegina. Frente a nosotros, se abría un túnel excavado en la roca y al otro lado, el viejo Monterosso. Allí, empezaba un laberinto de estrechos callejones entre casitas bajas de mil y un colores, que ocupaban coquetas tiendas de souvenirs y restaurantes de comida tradicional, donde no había lugar para la pizza y en las que se abrían ventanucos de madera de color verde, de los cuales colgaban cestos de olorosas flores blancas y púrpuras. Habíamos pasado, finalmente, de un pueblo costero cualquiera, al encanto de Las Cinque Terre.

Fegina, la zona nueva de Monterosso

En aquel entramado embriagador de olor a pesto – tan propio de la región – y ajetreo por la venta turística, nos pasamos más de una hora callejeando y visitando todas las tiendas de recuerdos. Entramos también en la preciosa capilla de estilo gótico genovés y fachada bicolor de San Juan Bautista, construida entre los siglos XIII y XIV y continuamos deambulando hasta que nuestros estómagos nos dieron el aviso. Había sido nuestra intención coger el tren para ir a comer al siguiente de los pueblos, pero nos vimos tan ensimismados por el pequeño casco histórico de Monterosso, que no pudimos más que caer rendidos en la terraza del Ristorante Moretto, a degustar unos deliciosos spaghetti al ragú y unos trofie al pesto.

Iglesia de San Juan Bautista
Casco histórico de Monterosso al Mare

Al refugio del intenso calor preveraniego, veíamos pasear arriba y abajo a turistas, principalmente italianos, que recorrían las empinadas calles de la antigua villa medieval, cautivados por sus cientos de años de historia y la decadencia de sus fachadas tintadas. Y es que las 5 hermanas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997, habían sido fundadas en época romana y debieron funcionar, en su origen, como villas de veraneo de los patricios más acaudalados del Imperio. Sin embargo, no sería hasta principios del segundo milenio que cogerían realmente importancia. Fue entonces que, junto con Vernazza, Monterosso al Mare se convertiría en el principal núcleo urbano y rural de la costa de Liguria. Desde entonces, las cinco tierras serían disputadas una y otra vez por las familias más poderosas del territorio, hasta que pasaran a formar parte definitivamente de la República de Génova. En los años venideros se desarrollarían arquitectónicamente y se fortificarían para combatir los diferentes ataques marítimos, hasta que en el siglo XVII empezara su decadencia, que bien no terminaría hasta la construcción de la primera línea férrea en el XIX, salvándose así del total aislamiento geográfico. A pesar de ello, las actividades tradicionales se irían abandonando paulatinamente y no sería hasta los años 60 del siglo pasado que la actividad turística sacaría por fin a relucir su inconmensurable atractivo.

Más tarde aquel día, nos alejamos de la ciudad vieja, caminando pesadamente por el calor, el reciente atracón y las pocas ganas de abandonar Monterosso y nos subimos, finalmente, a ese tren con destino a Vernazza.

Vernazza.

Nada más bajar del tren, nos quedamos atónitos con las increíbles vistas de la Via Roma; calle principal del pueblo que, flanqueada por preciosas casas de colores, se deslizaba poco a poco entre heladerías, focaccerias – otra especialidad de la región – y tiendas de souvenirs, hasta una pequeñísima bahía rocosa que hacía las veces de puerto pesquero, deportivo y turístico. Hasta allí nos encaminamos paseando tranquilamente, nos apalancamos a la sombra en el costado del espigón y decidimos darnos un segundo chapuzón para bajar los calores y el cansancio acumulado. A falta de playa como tal, los lugareños habían improvisado una escalera metálica en la punta del muelle, que daba directamente a las aguas del puerto, las cuales, a pesar del continuo tránsito de botes a vela y motor, estaban bastante limpias y cristalinas; y desde donde todos los niños locales saltaban en una improvisada competición de piruetas. Allí debimos permanecer quizás otro par de horas, hasta que el sol empezó a recostarse poco a poco tras nosotros y decidimos, entonces, salir del agua y empezar a recorrer la antaño pequeña villa marinera.

Via Roma
Puerto de Vernazza

Reseguimos el espigón de vuelta a la calita y torcimos a la izquierda para empezar a remontar el casco antiguo por alguno de sus empinados callejones. Recalamos, sin querer, en la puerta de la Iglesia de Santa Margherita, construida en el siglo XII en estilo inicialmente románico, pero que había sufrido posteriores reformas góticas y barrocas. Después nos vimos forzados a volver sobre nuestros pasos hasta la playa, pues la calle no tenía salida. Comprobaríamos en aquellos próximos días, que Las Cinque Terre también se definían por sus entramados tremendamente irregulares de callejuelas escalonadas, que brotaban en todas las direcciones y que precisamente eso, formaba también parte de su encanto innato. Tomamos la siguiente calle que nos encontramos hacia arriba y después volvimos a torcer a la izquierda. A medida que nos íbamos alejando de la vía principal, fuimos dejando atrás a todos los turistas y al final, junto con algún gato callejero, nos quedamos prácticamente solos en nuestra curiosidad.

Callejón solitario de Vernazza

En cierto momento, dejamos atrás las calles empedradas e iniciamos un camino de tierra que avanzaba entre estrechas y equilibristas terrazas de vid y alguna casona construida a las afueras del pueblo. Aquel era el sendero Vernazza-Monterosso y como otros tantísimos, formaba parte de la red de caminos reales y senderos que cruzaban el parque de punta a punta y que habían sido utilizados durante siglos antes de la construcción del ferrocarril y las carreteras. Después de este viaje, puedo deciros sin temor a equivocarme que recorrer alguno de sus ramales es una experiencia imperdible si venís a Cinque Terre, aunque durante nuestra visita, nos encontramos con todos los tramos costeros cerrados excepto el de Vernazza a Corniglia. Había leído que era una posibilidad muy grande sufrir el cierre de algún camino durante cualquier viaje, pues aquel tramo de costa es muy escarpado y los abundantes torrentes invernales a menudo provocan desprendimientos que se deben retirar. Con lo que no contábamos era con que sólo uno estuviese abierto, aunque debo avanzaros ya, que lo disfrutamos a más no poder.

En cualquier caso, el trecho que nos ocupa en este momento es el de Vernazza a Monterosso; y es que a pesar de encontrárnoslo cerrado, sabíamos que era súper recomendable adentrarse en él, aunque fuera unos cuantos metros, porque desde allí se disfrutaba, supuestamente, de las mejores vistas panorámicas de Vernazza. Ahora doy fe de que así era…

Casi las seis de la tarde. Allí abajo, la playa yacía ahora casi vacía. El mar, de un azul turquesa casi transparente, mecía las barcas atracadas en la pequeña bahía. El sol, cada vez más bajo en el horizonte, teñía los edificios en tonos pastel y caramelo. La brisa soplaba ligeramente y traía consigo el delicioso y añorado olor salino. Yo me resistía a parpadear pues temía perderme si quiera un segundo de tal inerte y preciosa imagen. Hice saltar la capturadora de la cámara una, dos, tres veces y me quedé mirando al frente. Mi compañera Roser, decidiría en aquel instante y a pesar de no llevar ni la mitad del viaje, que Vernazza era su favorita. Mi corazón, por eso, me lo robaría otra de las 5. Y al final, tras unos cuantos minutos que se consumieron volando, hubimos de despegar los pies del suelo y recorrer el sendero de vuelta a Vernazza y de aquí a la estación de tren, la Spezia y nuestro apartamento en Via Della Ghiara.

Vernazza desde el sendero a Monterosso

Pero volvimos. Como aventuraba, bajamos a la mañana siguiente de nuevo en Vernazza para tomar el sendero hasta nuestra siguiente parada: Corniglia. Justo detrás de la estación, empezaba un ramal de escaleras, tremendamente empinadas, que subían por la parte trasera del pueblo y que nos brindaban unas espectaculares vistas panorámicas de sus tejados a dos aguas y del Castillo Doria frente al mar. Pero para mí, lo más sorprendente de la imagen continuaban siendo aquellas terrazas de vid en la vertical rocosa, un trabajo de tanta pericia, que incluso se habían visto obligados a construir monorraíles remolcadores a modo de montaña rusa agrícola, para poder acceder a las vertientes más empinadas. Y tanto esfuerzo debía merecer sin duda la pena, porque aquellos caldos tan intrépidos llevaban siglos siendo elogiados por la élite europea y los más entendidos eruditos.

Vistas de Vernazza desde el sendero a Corniglia

Poco después, remontamos el último tramo de escaleras y tras enseñar nuestra Cinque Terre Card en la caseta de vigilancia del sendero, dejamos atrás Vernazza y nos encaminamos, por fin, hacia la tercera de Las Cinque Terre. 

Corniglia.

El camino continuó bastante rato en una entusiasta verticalidad y paralelo a arriscados precipicios cubiertos de vegetación, que desembocaban en aguas cristalinas de color turquesa. Nosotros avanzamos pausadamente, embelesados por el paisaje y hastiados por el sofocante calor de mediodía. Aquella mañana la habíamos empezado algo más tarde de lo que nos hubiese gustado – y de lo que ahora recomiendo – pues había tenido que ir a hacerme el test de antígenos que necesitaba para volver a casa y ahora, nos acercábamos peligrosamente a las horas más tórridas del día. Precavidos nosotros, íbamos bien cargados de agua y crema solar y de un ánimo imperecedero. Además, aprovechamos cada vez que el camino quedaba a la sombra, para hacer un alto y descansar unos pocos minutos.

Acantilados en el sendero Vernazza-Corniglia

Más o menos cuando ya llevábamos dos kilómetros, la pendiente se empezó a suavizar. Parecía que habíamos llegado al punto más alto del sendero. Poco después, empezamos a vislumbrar en la distancia un grupo desdibujado de fachadas multicolor… Corniglia, desordenada pero en equilibrio, se levantaba sobre un promontorio boscoso a más de cien metros sobre el océano. La más pequeña de las hermanas y la única sin acceso directo a la playa, se presentaba ante nosotros como un espejismo del que fácilmente caer rendido, pero inalcanzable en su soledad. Si injustamente menospreciada por los turistas que las prefieren a ellas, tocadas por la bendición del mar, nosotros encontramos en la pequeña villa un refugio a la altura de nuestros mayores sueños y expectativas.

Las primeras vistas de Corniglia desde el sendero

El camino terminaba, ya como había empezado, entre plantaciones de uva con vistas privilegiadas al mar. Después, se abrían paso unas estrechísimas callejuelas empedradas que conducían, por fin en un paseo llanero, al coqueto centro histórico. La Iglesia de San Pietro, del siglo XIV y estilos gótico y barroco, da la bienvenida a los visitantes, que tras casi tres kilómetros de caminata, paran a descansar en su puerta principal. Las Cinque Terre quizás no sean un viaje, que a priori, persiga un interés cultural, pero sí que vale la pena adentrarse en estos pequeños templos locales, únicos testigos del paso del tiempo, para ver cómo los estilos artísticos y arquitectónicos, que ya bien conocemos en este blog, evolucionaron a lo largo y ancho del continente.

El casco histórico, como tal, se compone de una única calle horizontal, repleta de restaurantes y tiendas de souvenirs, que cruza la aldea de punta a punta y que termina en un View Point con vistas a la preciosa costa de Liguria y a su vecina Manarola. Hechos el paseo y las fotos reglamentarias para ubicarnos mínimamente, era hora de sentarse a comer. Para ello, elegimos una terraza a la sombra en la Plaza del Oratorio de Santa Caterina, justo en medio del entramado medieval, donde un atentísimo camarero nos serviría una espectacular parrillada de pescado para mí y una apetitosa hamburguesa para Roser. Después, un mini café, al más puro estilo italiano y una riquísima tarta de limón. El limón, era precisamente otro de los alimentos que no habíamos parado de ver por doquier en tiendas y restaurantes y aquel fue el mejor momento para preguntar por él. De respuesta, obtuvimos que se trataba de otro de los productos típicos de la región, ya que por lo visto, en la zona había limoneros para dar y vender; y ya sabéis que, si la vida te da limones, haz tartas de limón.

Vistas de Corniglia desde el sendero
Monorail utilizado para llegar a las terrazas más empinadas
Fin del camino entre cultivos de uva

Tras nuestro merecido manjar, nos pusimos de nuevo en pie y pretendimos recorrer el pueblo con más paciencia y detalle. Monterosso, Vernazza y Corniglia no habían sido lugares que tuvieran nada específico que ver o hacer; y Manarola y Riomaggiore no lo serían tampoco. Al contrario, el encanto de aquel viaje no era otro más que recorrer tranquilamente a pie sus rúas atrapadas en el tiempo y dejarse llevar por ese misticismo del dolce far niente y la impertérrita belleza de la Riviera Italiana. Os lo digo yo, suficiente y más que suficiente para quedarse prendado de por vida y no querer irse jamás.

Corniglia

Hacia las 16:00, decidimos poner fin a nuestro idilio con Corniglia y dirigirnos hacia Manarola. En la parte posterior del pueblo, se inicia un empinadísimo tramo de escaleras en forma de zig-zag conocido como la Scalinata Lardarina, que tras más de 370 escalones y salvando un desnivel de casi 100 metros, conduce a la estación de tren de Corniglia. Si realizáis el viaje en la misma dirección que nosotros – cosa que recomiendo fervientemente si queréis disfrutar de las mejores vistas siempre con el sol a vuestra espalda – esta escalinata os tocará de bajada. ¡Aleluya! Si decidís visitar los pueblos en el otro sentido, tendréis que armaros de fuerza y valor para superar la escalera. Eso, o hacer uso de la Cinque Terre Card y aprovechar que tenéis los autobuses municipales incluidos, para salvar cómodamente esa pendiente.

Scalinata Landarina, 377 escalones hasta la estación de tren

Manarola.

Tras otro paseo en tren de unos 5 o 6 minutos, bajamos en la estación de Manarola, nuestra cuarta parada del viaje por las Cinque Terre. Como ya habíamos cogido costumbre, lo primero que hicimos fue ir a darnos un chapuzón para bajar el calor. Cruzamos el túnel que llevaba desde la estación al casco histórico y recorrimos la Via principal Antonio Discovolo en dirección sur hasta el diminuto puerto. Durante aquellos tres primeros días en Liguria, no nos habíamos cruzado tampoco con excesivos turistas. Viajábamos a principios de temporada, entre semana y todavía en plena pandemia mundial de COVID, así que no nos habíamos encontrado con la masividad que asumo y que he leído habría habido en un año normal. Sin embargo, en aquella pequeña rampa de entrada al mar que los pescadores utilizaban para botar sus barcos, ya no cabía un solo alfiler. Todo el mundo estaba allí: los padres con sus hijos pequeños, el grupo de amigas que tomaban el sol y reían a carcajadas, la influencer, el culturista, el guiri que aun poniéndose protector solar, se había quemado los hombros… Fue difícil, pero al final encontramos un hueco para nosotros, entre dos «sesenteros» italianos que charlaban animadamente y una mujer que leía en la toalla; y allí nos aposentamos otro par de horas. No por el baño en sí, que duró poco ya que la mar estaba bastante picada, pero la verdad era que apetecía estar en aquel rincón, a la fresca pero bajo el sol, envuelto en conversaciones ajenas y ajenos a todo lo que pudiese ocurrir allá en la «vida real», fuera de nuestro sueño italiano.

Puerto de Manarola

Sobre las seis, conseguimos – más o menos – superar la modorra que se había apoderado de nosotros toda la tarde. Todavía faltaban un par de horas para lo que habíamos leído podía ser el momentazo del día e incluso de todo el viaje: la puesta de sol. Para hacer un poco de tiempo, recogimos nuestros bártulos y empezamos a remontar el casco por la calle principal. Paramos en un par de tiendas de souvenirs más y después en una heladería, en cuya entrada nos sentamos a tomar un poco del universalmente conocido gelato italiano, mientras sonaba de fondo la canción Bamboléo de los Gipsy Kings. Roser quedó bastante decepcionada con aquella primera toma de contacto, aunque en esta ocasión creo que eran más la altura de sus expectativas, que no la carencia de calidad. A mí me pareció que estaba bastante rico.

Gelato en Manarola

Después, seguimos hacia arriba y llegamos a la Piazza Papa Innocenzo, el punto más alto del pueblo y hogar de la Iglesia de San Lorenzo, del siglo XIV y de la famosa Torre del Campanario. Desde allí, teníamos unas impresionantes vistas de las fachadas traseras de las casonas de Manarola, las cuales se agolpaban en forma de anfiteatro frente al mar. El sol, que cada vez estaba más bajo, nos daba justo de frente y recalentaba el salitre que todavía llevábamos en la cara y en los brazos. Aun así, nos quedamos allí plantados otro par de minutos más, embobados con Manarola y Las Cinque Terre. Lo cierto es que éramos unos auténticos afortunados por poder estar allí, después del añito que llevábamos.

Vistas desde lo alto de Manarola

Y a pesar de estar en lo más alto, todavía conseguimos subir un poco más. Y es que desde allí mismo, se iniciaba el sendero de tierra que llevaba hasta Corniglia y que reseguía la cornisa de la montaña cruzando huertas y viñedos, en los que vimos algunos locales faenar y a los que saludamos con un sonriente Ciao!. Desde aquel primer tramo, había también unas fantásticas vistas laterales de la villa y de sus cálidas fachadas incrustadas en la pendiente. Continuamos unos cuantos metros más, sin poder apartar nunca la vista de la impresionante panorámica que había más allá del precipicio y al final, nos sentamos en un banco a descansar las piernas y refrigerar el espíritu. Manarola se estaba convirtiendo ya por aquel entonces en mi tierra favorita, y aún no habíamos visto lo mejor…

Vistas de Manarola desde el sendero a Corniglia

Tomamos rumbo de nuevo hacia el puerto y cogimos la Via di Corniglia a la derecha. A la altura del pequeño cementerio local, torcimos a la izquierda y al final de la calle llegamos al celebérrimo Manarola Scenic Viewpoint. Al sol le faltaba todavía un palmo para desaparecer en el océano, pero la multitud ya se agolpaba en la barandilla del mirador, mientras hacia sonar una y otra vez el disparador de la cámara y se preparaba para uno de los momentos más especiales de su viaje y sin duda del nuestro también. Al fondo, se levantaba la pequeña Manarola en todo su esplendor: abajo el diminuto puerto protegido por un espigón y atracado por unas pocas barcas de pesca y sobre él, un peñón de roca grisácea, ocupado en su mayor parte por viviendas de tonos pastel, iluminadas por los últimos rayos del astro rey. La emoción que sentía era incomparable e indescriptible. No puedo decir que hubiese organizado todo el viaje sólo para experimentar aquella puesta del sol en primera persona y capturarla con mi cámara; tampoco puedo decir lo contrario, pero desde luego si algo era cierto es que habíamos disfrutado enormemente de cada segundo del viaje y que sólo por aquel momento, ya había valido la pena venir hasta allí.

Y en el instante final, el sol se fundió con el mar; y en su última bocanada de aire, derramó un brillo rosado que salpicó el puerto, el peñón y las fachadas de Manarola y que se filtró a través de nuestros ojos, para quedar atrapado en nuestras mentes por siempre jamás.

Atardecer en Manarola

Riomaggiore.

Tras la espectacular e incomparable puesta de sol en Manarola, hubimos de retomar nuestros pasos hasta la estación y volver a La Spezia. La mañana siguiente, la dedicamos entera a visitar aquel pequeño pueblo costero que nos estaba sirviendo de campamento base y que tan bien nos había acogido en sus brazos. Desde nuestro apartamento, bajamos la pendiente hasta la estación central y continuamos todo recto por la Via Fiume hasta el centro histórico. Sus calles estaban repletas de negocios, que parecían abrir tímidamente tras la cuarta ola y de viandantes que iban arriba y abajo sin celeridad. La vida volvía a las calles de Italia después del dificilísimo año que habían vivido y nosotros estábamos allí para atestiguarlo con alegría. Camina, que camina, llegamos hasta el puerto deportivo, desde donde salían los barcos que recorrían la costa de las Cinque Terre y llevaban a los turistas hasta otros pueblos cercanos como Lerici o Porto Venere. A este último, conocido popularmente como la sexta tierra, teníamos la intención de ir nosotros al día siguiente, así que nos acercamos al stand a preguntar por las tarifas y los horarios. Después seguimos hacia el sur, cruzando el Ponte Thaon di Revel, para adentrarnos en la zona más exclusiva del puerto, donde atracaban megayates, cuyo precio no alcanzábamos a imaginar. Tanto ponérsenos los dientes largos, que nos acabó por entrar hambre de verdad y hacia las doce del mediodía, volvíamos al apartamento. En total, recorrimos prácticamente sin darnos cuenta 8 kilómetros, que aquella noche sí nos pasarían factura y acabarían por dejarnos exhaustos.

Centro histórico de La Spezia

Puerto de La Spezia

Por la tarde, después de zamparnos unos buenos macarrones carbonara caseros, descansamos unos pocos minutos y nos subimos a otro tren con destino a Riomaggiore, la quinta y última de Las Cinque Terre. Todos y cada uno de los días de aquella semana, nuestra App del tiempo nos había amenazado con cielos grises e incluso tormentas, pero ninguno de ellos se había acabado cumpliendo. Al contrario, Cinque Terre siempre nos había querido regalar un sol deslumbrante y un calor de pleno verano. Sin embargo, aquella tarde llegamos con el cielo nublado y un claro descenso de la temperatura, que amenazaban con dificultarnos nuestras últimas horas en Liguria; aunque no íbamos a dejar que eso nos parase. Cruzamos otro túnel desde la estación y nos plantamos en el centro de Riomaggiore. Roser ya se había ido poniendo al día con la compra de souvenirs pero yo, que prefería siempre dejarlo para el final, no había si quiera empezado a pensar qué podría llevarme; así que aprovechamos aquel momento para recorrer Via Colombo calle arriba en busca de las mejores tiendas locales. A pesar de todo, aquel tiempo otoñal no hacía sino que darle otro ambiente diferente a la villa marinera, quizás más solitario pero igualmente cálido y embriagador.

Centro histórico de Riomaggiore

De tienda en tienda fuimos saltando hasta el final de la calle, donde tomamos la Via Pecunia y seguimos subiendo. Pasamos por delante de la Iglesia de San Giovanni Battista de Riomaggiore, construida en el siglo XIV y llegamos hasta el Castillo, que erigido en el siglo XIII por lo señores feudales de Ripalta y terminado por los genoveses algún tiempo después, dominaba toda la villa con una pose imperturbable. Es precisamente desde este último tramo de escaleras antes de llegar a la fortaleza, desde donde se obtienen una de las mejores panorámicas de toda la aldea. Las montañas a los laterales, más verdes que nunca por el brillo de los pocos rayos que se colaban entre los cúmulos claroscuros, se cerraban en un estrecho valle, repleto de casas multicolor que descendían de forma desordenada hasta el mar. Para mí, uno de los mejores miradores de todas las Cinque Terre. Con vistas distintas pero igualmente bellas, se abría también el balcón que había detrás del castillo, desde donde pudimos observar la estación de tren, la conocida Via dell’Amore, que permanecía cerrada y la impasible línea de costa, que era azotada por un mar ligeramente encabritado por el temporal.

Vistas de Riomaggiore desde el Castillo

Justo cuando nos sentamos a admirar el paisaje, empezó a caer una ligera llovizna, que si bien no iba a mojarnos demasiado, pretendía trastocar la tranquilidad que se respiraba en aquel mágico lugar. Nos vimos forzados, al final, a levantarnos y seguir con nuestro paseo por Riomaggiore. En aquel punto, el entramado se estrechaba y se empinaba todavía más, si es que eso era posible. No sabíamos si era por el cansancio acumulado o es que las callejuelas de Riomaggiore nos querían poner a prueba, pero nos costó encontrar nuestro camino de vuelta al puerto. Durante todo el viaje, nuestra idea para aquella última tarde en el Parque Nacional, había sido alquilar un par de kayaks y salir un rato a navegar. El climaterio, sin embargo, parecía que nos lo iba a impedir así que, en su lugar, nos contentamos con comprar un segundo gelato, que esta vez no defraudó y sentarnos a disfrutar de las maravillosas vistas que había desde el puerto. Fue en aquel entonces que Cinque Terre decidió darnos una mejor despedida y en el transcurso de una hora escasa, las nubes se disiparon por completo y el cielo volvió a teñirse de su característico y ansiado color azul. No lo pensamos ni por un momento, nos pusimos los bañadores y salimos a la mar.

Vistas del Riomaggiore nublado desde el puerto
Vistas del Riomaggiore despejado desde el puerto

En sí misma, probablemente no fue la mejor experiencia en kayak de nuestras vidas; el mar todavía seguía algo revuelto y la canoa no nos ofreció tampoco la perspectiva radicalmente distinta de Riomaggiore y la Riviera que andábamos buscando. Aun así, creo que no pudimos encontrar mejor experiencia para dar fin a nuestra aventura. Estuvimos allí fuera, sólo nosotros y nuestro Mediterráneo y las gaviotas graznando sobre nuestras cabezas; sin prisas, sin estrés, sin ataduras y sin horarios. Sólo nosotros y nuestro kayak, sólo nosotros y nuestros pensamientos, sólo nosotros y Las Cinque Terre.

Una hora más tarde, entramos remando al puerto y pagamos el precio acordado al dueño de los kayaks. Después, reseguimos el paseo marítimo directos hasta la playa de cantos que había detrás del pueblo. Mientras anochecía, nos pegamos el último baño en aquellas aguas italianas que tantas alegrías nos habían dado y nos tumbamos en la roca como lagartijas al sol, hasta que la alargada sombra hubo cubierto por completo la playa. Y ya para poner la guinda final a aquel viaje que tanto nos iba a costar superar, nos dirigimos de nuevo hasta la zona de la estación y nos sentamos en la Pizzería Kepris a degustar una de las pizzas más buenas y baratas que había probado en bastante tiempo.

Playa de Riomaggiore

Más tarde aquella noche, volveríamos al apartamento riendo a carcajadas al recordar en voz alta lo mejor de nuestro viaje; y algo nostálgicos tras cumplir un sueño viajero más y dejar atrás las increíbles, espectaculares y maravillosas Cinque Terre. A nuestro viaje todavía le quedaba otra jornada más pero eso, viajeros y viajeras, ya es material para otro artículo…

Atardecer en Riomaggiore

Nos vemos próximamente, pues. Arrivederci e Buona giornata!

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