Érase una vez cinco amigos que se dirigían hacia Andorra en el sexto día de su viaje en coche por los Valles del Pirineo Catalán. Una de ellos lo había propuesto bajo la premisa de que «estando tan cerca», no podían obviar la visita a la pequeña nación pirenaica. El narrador de esta historia la aceptó de inmediato, recordando en su mente la gran curiosidad que le despertaba el país vecino.

¿Qué sabíamos al fin y al cabo sobre Andorra? ¿Que por su ubicación y relieve era una de las Mecas del esquí al sur de Europa? ¿Que funcionaba como un paraíso fiscal? ¿Que hasta la entrada del euro en 2002, los productos (especialmente el tabaco) eran mucho más baratos que en España o Francia y sus vecinos recorrían cientos de kilómetros para ir de compras? ¿O que se trataba de un Principado con dos co-príncipes: el Presidente de Francia y el obispo de Urgell? Recordábamos, quizás de las clases de historia, que en 1133 sus valles se habían separado legítimamente de las tierras catalanas y se habían independizado completamente en 1278, constituyéndose entonces como uno de los países más antiguos de Europa. Y definitivamente sabíamos que es el único país del mundo con el catalán como única lengua oficial. Vaya… parece que al final conocíamos el microestado algo mejor de lo que uno había pensado inicialmente… aunque tampoco mucho; a pesar de todo, su historia moderna, así como sus costumbres, tradiciones y folklore nos habían sido completamente ajenos hasta ese mismo día de agosto, que empezaríamos a descubrirlos un poco más a fondo…

Como siempre, dejamos Ribera de Cardós y llegamos hasta Llavorsí, donde tomamos la comarcal en dirección sur hasta Sort. Desde aquí, sorteamos las curvas y desniveles de la Nacional 260 y en la Seu d’Urgell, torcimos hacia el norte y continuamos todo recto hasta cruzar la frontera con Andorra. Pasadas las doce del mediodía, llegábamos a Andorra La Vella, su capital y estacionábamos en el mismo centro.

Esglèsia de Sant Esteve, Andorra la Vella

Km 1004. Andorra la Vella. Salimos del Aparcamiento Comunal Prat de la Creu un poco perdidos, sin saber muy bien qué hacer o visitar en la pequeña ciudad andorrana. Cruzamos la plaza, dejando a mano izquierda la pintoresca Iglesia de origen románico de Sant Esteve d’Andorra la Vella y atravesando la pasarela vidriada del Centro de Congresos, para salir ya a la calle, nos encontramos casualmente y por fortuna un stand de la Agencia de Turismo de Andorra. El chico del mostrador nos dio un par de mapas y nos indicó varios lugares que ver y visitar en un día y opciones de ruta por la ciudad y los alrededores, salvándonos totalmente la jornada. Un poco mejor informados, decidimos que aprovecharíamos nuestro paso por Andorra la Vella para hacer algunas compras o un poco de window shopping y comer en alguno de los centros comerciales, antes de coger de vuelta el coche y lanzarnos a descubrir sus verdes paisajes e interesantes monumentos. Desde luego, la capital del país tiene muchas más opciones de turismo local y actividades varias para todo tipo de urbanitas y en su página web seguro que las encontraréis todas, pero nosotros quisimos llevarnos una pincelada un poco más amplia de todo lo que el pequeño país tenía que ofrecer y sacrificamos la visita a la ciudad en su lugar. Sin duda, habrá que volver para descubrirla mejor.

Mientras tanto, tomamos la Avenida Meritxell hacia el este en un relajado paseo a pie, mientras íbamos escudriñando escaparates y entrando de tienda en tienda para nada más que chafardear. En una de estas, encontré una tapa para el objetivo de la cámara con un buen cierre de seguridad, para no volver a perderla como unos días antes en Gerber o años atrás en Dublín o en Castellfollit de la Roca, o… en fin, que necesitaba una buena tapa y no estaban mal de precio. Al final de la calle, cruzamos al otro lado de La Valira atravesando la Plaza de la Rotonda. Es aquí donde se encuentra la famosa escultura de Salvador Dalí «La Noblesse du temps» que, aunque donada al Estado en 1999 por un muy buen amigo suyo, no se instaló hasta 2010 y evidentemente, forma parte de su serie – podríamos llamarle obsesión – de los relojes blandos, que simbolizan la crueldad del paso del tiempo y su dominio sobre los seres humanos.

«La Noblesse du temps»

La Avenida continuaba al otro lado, ahora entre enormes centros comerciales, boutiques de alta costura, firmas de relojes de lujo, cafeterías y sedes de bancos internacionales. A pesar del sofocante calor, el bulevar estaba «atestado» de transeúntes que bajaban y subían cargando bolsas con sus recientes adquisiciones. Atestado entre comillas, claro, ya bien sabíamos que en un año más normal, no hubiera cabido allí ni un alfiler. Sin duda alguna, era curioso volver a ser partícipe de aquel bullicio cotidiano de la ciudad; un bullicio que nos quedaba ya muy lejano, que no sabíamos si echar de menos pero que se sentía muy agradable y a pesar de las mascarillas, casi normal. Terminamos nuestro paseo por la capital en uno de aquellos centros comerciales, arriba en la última planta, comiendo en Foster’s Hollywood. Después reandamos el camino de vuelta al parking y continuamos nuestro improvisado road trip por los valles de Andorra.

Avenida Meritxell, Andorra la Vella
Centro de Andorra la Vella

Cogimos la Carretera de l’Obac hacia el este, escalando el valle hasta las afueras de la ciudad y en una rotonda, tomamos la vertiginosa y estrecha Carretera Secundaria 200 hasta nuestra siguiente parada. Territorialmente, el Principado de Andorra se divide en 7 parroquias y justo en el límite entre la de Encamp y la de Escaldes-Engordany, se encuentra el coqueto Lago glacial de Engolasters; un lugar que, según el trabajador del stand turístico, era muy visitado por familias y amigos, sobre todo los fines de semana, debido a su fácil acceso y su belleza inamovible. Y así fue; habiendo aparcado prácticamente en la misma orilla del estanque (previo pago de la zona azul), bajamos caminando los apenas 100 metros de distancia que había hasta sus pacíficas aguas. Un sendero de tierra completamente llano bordeaba todo el lago en un paseo de poco más de un kilómetro y el azul de una profunda intensidad límpida reflejaba los bosques de pino negro a su alrededor. Nosotros nos quedamos allí sentados disfrutando del paisaje e intentando hacer rebotar unos guijarros sobre la superficie como adultos chicos; todavía arrastrábamos la lesión de Jhosselyn y no quisimos forzarla tampoco más de la cuenta.

Llac d’Engolasters

Más o menos 20 minutos después, despegamos nuestros traseros del suelo y volvimos al coche para continuar la ruta, aunque sin dejar todavía Escaldes-Engordany. En la misma Carretera de Engolasters, bajando para tomar de vuelta la CG2, paramos brevemente junto a la diminuta pero preciosa Esglèsia romànica de Sant Miquel d’Engolasters, construida en el siglo XII. Después de haber pasado todo el día anterior recorriendo las iglesias románicas Patrimonio de la Humanidad de la Vall de Boí, mis compañeros no podían con ninguna iglesia más, así que se quedaron en el coche mientras yo me adentraba solo en la estrecha nave rectangular con porche porticado, ábside semicircular y campanario de tres plantas completamente desproporcionado. Aunque irónicamente, no sería aquella la última iglesia del viaje, ni siquiera de la jornada…

Una visita guiada recién terminaba y el pequeño grupo de turistas salía por la puerta, dejándome «todo» Sant Miquel para mí solo y para el guía, quien tuvo la amabilidad de explicarme algunos detalles curiosos sobre la construcción y sus pinturas interiores (reproducciones por supuesto, las originales siempre en el MNAC). El pequeño mural representaba de nuevo a un Dios apocalíptico, al tetramorfo y a los apóstoles y estaba pintado en tonos ocres y carmesíes, quizás más apagados que los de Sant Climent de Taüll, pero igualmente bellos. La corta experiencia en su totalidad me pareciera quizás más auténtica que en la vecina Boí, puede que por la soledad de la visita y la «inaccesibilidad» de la ubicación, además de por las impresionantes vistas de Escaldes que desde allí había. Quedaba claro que el patrimonio románico tendría que ser absoluta y rotundamente otro de los protagonistas de cualquier viaje que se precie por los valles andorranos.

Exterior y mural de la Esglèsia románica de Sant Miquel d’Engolasters
Vistas de Escaldes desde Sant Miquel d’Engolasters

Después, continuamos por la General 2 en dirección noreste hasta adentrarnos ya en la Parroquia de Canillo, la más grande pero menos poblada de las siete. La pequeñísima villa de Meritxell es el primer núcleo urbano que nos encontramos a mano derecha y constituye también la siguiente parada de la ruta, pues aquí se encuentra uno de los mayores iconos de todo el país: la Basílica Santuari de Nostra Senyora de Meritxell. Cuenta la leyenda que fue allí mismo, bajo un rosal silvestre, donde un pastor halló por casualidad una talla de madera de la Virgen de Meritxell, la cual decidió llevarse consigo a casa. Sin embargo, la pequeña estatua desapareció y volvió a encontrarse más tarde en el mismo lugar, sucediendo esto hasta en tres ocasiones. Al final, los habitantes del Valle decidieron construir en la ubicación una pequeña ermita en honor a aquella Virgen, que más tarde se convertiría en Patrona del Principado y cuya talla sería fielmente venerada, como lo es en el Monasterio de Montserrat, hasta el trágico accidente del 8 de septiembre de 1972. Durante esa fatídica noche de finales de verano, se desató un terrible incendio que abrasó el antiguo monasterio románico hasta los cimientos y destruyó por completo su contenido, incluyendo la imagen de la Patrona del siglo XII.

Enseguida se iniciaría, por eso, la construcción de un nuevo templo, que si bien tendría aires más modernos, respetaría y se fusionaría perfectamente con el entorno y honraría muy bien la gran tradición histórica de Meritxell. En su blanco y sencillo interior, se puede contemplar también una reproducción de la antigua talla, además de una colección de maquetas de las iglesias más importantes del país; y adosada a la nueva Basílica, abre una réplica de la pequeña capilla románica, la cual funciona como museo y recuerda al visitante cómo era la construcción original. No mucho más, si bien sí considero que es un lugar interesante a nivel de arquitectura y relevancia cultural, su visita tampoco creo que de para mucho rato. Una media hora escasa pasaríamos nosotros antes de volver al coche y seguir hasta la última de las paradas del día.

Accediendo al Santuari de Meritxell
Santuari de Meritxell

Más al norte, llegamos al pequeño pueblo de Canillo y en la rotonda, justo después de pasar la primera gasolinera, tomamos a mano izquierda la serpenteante y durísima Carretera Secundaria 240, que escalando la ladera de la montaña en un increíble equilibrio del Cirque du Soleil, nos llevaría hasta nuestro destino final. Recuerdo decir en el segundo artículo de esta serie por los Pirineos, que quizás el Port de la Bonaigua había sido el tramo más difícil de toda la ruta. ¡Había olvidado por completo esta última parte! y ahora me lo vuelvo a replantear. Puede que lo dejemos en un empate; pero para aquellos que le tengáis un poco más de respeto a conducir y a las alturas o no estéis acostumbrados a tanta curva, la CS-240 o Port d’Ordino sin duda os pondrá a prueba, así que paciencia y despacito y buena letra. El final del camino ciertamente compensará a los más atrevidos…

Canillo y Puerto de Ordino

Km 1036. En cierto punto (km 6,5), la circulación se ralentizó y los coches comenzaron a parar al borde la carretera y a aparcar allí donde podían: en el arcén, en la tierra al borde del precipicio… por todas partes. En el lado izquierdo de la calzada, abría un pequeño restaurante con terraza, que durante nuestra visita permaneció cerrado por restricciones del COVID y se iniciaba un camino de tierra descendente. A medida que avanzamos, a ambos lados de este, se sucedieron unas espectaculares vistas panorámicas de los escarpados valles andorranos, cubiertos por verdes bosques de encinas, robles y pinos y algunos pocos prados de conreo encaramados a las vertientes. Allí abajo del todo, cuando nos atrevimos a mirar, vimos discurrir la carretera por la que no hace mucho habíamos conducido y algunas casas de piedra y tejados de pizarra que se le aferraban aprovechando la escasa planicie.

Al final del camino, sorteamos unos pocos escalones hasta que, de repente, una plataforma metálica rectangular de 20 metros de largo se asomó vertiginosamente al vacío. Se trataba del famoso Mirador del Roc de Quer, que fue inaugurado en 2016 y se había convertido en uno de los puntos más visitados del Principado y no sin razón. Nos posamos lentamente sobre la pasarela de suelo acristalado, que potenció incluso más el adrenalínico sentimiento de peligro y nos arrinconamos en una esquina para hacernos unas cuantas fotos, aunque para hacerlo todo respetando la distancia de seguridad, hubo que hacer un poco de cola. No nos importó; las alucinantes vistas de 360 grados y 500 metros de altura de los paisajes andorranos a nivel de pájaro valieron toda la espera del mundo. A diferencia del resto de visitas de la jornada, la del Roc de Quer sí la tenía apuntada en mi lista de destinos desde hacía varios años y fue realmente un sueño cumplido, del que intenté disfrutar cada segundo mientras nos deleitábamos con los nada modestos vientos pirenaicos y esa sensación de libertad precipitada. Escasos momentos, realmente escasos, pues hubo que dejar espacio a la constante retahíla de turistas, pero muy necesarios y bien aprovechados.

Vistas desde el Mirador del Roc de Quer

Dejamos ya el mirador y volvimos al camino con un leve tembleque en las piernas y una risa tonta medio desencajada. Después de entretenernos y sorprendernos durante seis días, los Pirineos nos ofrecían una despedida de auténtica altura, que si bien no daba por terminado el viaje, ponía punto y final a nuestras ansias de descubrir ese pequeño país, ya no tan desconocido, que llamamos Andorra. Al menos de momento.

Subimos al coche por última vez, descendimos con cuidado el Port d’Ordino y recorrimos la Carretera General 2 de vuelta a Andorra la Vella y de ahí a la Seu d’Urgell, Sort, Llavorsí y Ribera de Cardós.

Nos despedimos aquí del Pirineo, espero que sólo por el momento y calentamos motores para lo que vendrá, ya sí que sí, en este nuevo y sorpresivo año 2021.

¡Vamos a por él!

Andorra

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