La necesitábamos. Tampoco había pasado tanto tiempo desde las vacaciones de verano y aquella ESPECTACULAR ruta por el sur de Portugal, pero sentíamos la necesidad imperiosa de volver a salir de viaje. No por el hecho de viajar en sí, que también, mas por intentar escapar de aquella angustiosa monotonía que nos carcomía un día tras otro y desconectar de una pandemia global, que ya se nos estaba haciendo demasiado larga a todos, pero de la que parecía – parece – haber llegado para quedarse. Queríamos caminar, cargar los pulmones con aire puro y sentirnos un poco más cerca de la madre naturaleza. Octubre había llegado; las copas de los árboles empezaban a teñirse de tonos pardos y los bosques, sumidos en una mágica neblina, parecían murmurar historias de duendes, elfos y otras criaturas extraordinarias. El otoño es siempre un gran aliciente para un fotógrafo aficionado, pero el «problema» era: ¿a dónde nos íbamos?. Catalunya nos ofrecía una gran variedad de posibilidades, muchísimas todavía por explorar, e incluso si decidíamos quedarnos en la provincia de Barcelona, habría que sopesar una inmensa lista de destinos naturales y ofertas de turismo rural tremendamente prometedoras.

Pero como siempre, la respuesta llegó casi de casualidad. Era una tarde cualquiera en la terraza de una cafetería y conversábamos animadamente sobre el tema, cuando Olga, una de mis dos futuras compañeras de viaje, recaló en algo: «Oye, he leído en algún sitio que han vuelto a abrir el Congost de Mont-Rebei. Se ve que llevaba unos meses cerrado por un desprendimiento». Como estudiante de turismo y curioso de la orografía de nuestro estimado país, ya conocía este increíble cañón natural del río Noguera Ribagorçana en la frontera con Aragón y lo tenía anotado en mi lista de destinos. Por eso mismo, aunque no me lo había planteado inicialmente para esta escapada de otoño, bastaron una rápida búsqueda en Google y un clic en Booking para decidirnos a reservar alojamiento para aquellos dos días en Mont-Rebei.

Quizás vosotros también lo conocíais o quizás no; pues aunque posee una belleza y un potencial turístico realmente excepcionales, afortunadamente aún es bastante desconocido para la gran mayoría de visitantes, tanto nacionales, como internacionales. Por eso, creo que debo advertiros desde ya: si llegáis al final de este artículo, no vais a poder resistiros a cargar las maletas en vuestro coche y partir de inmediato hacia aquellas maravillosas tierras encantadas en la provincia de Lleida. Así pues, ¿os atrevéis a continuar?

Congost de Mont-Rebei

Nuestra ruta de dos días por dichos parajes comienza, si bien, en el pequeñísimo pueblo de Àger, a unos 30 kilómetros de la entrada del Congost. Para celebrar de una forma un poquito más especial mi mayoría de edad, mis padres me regalaron, en su día, un vuelo en parapente con la compañía Àger Parapent, ubicada a pocos kilómetros del centro del pueblo; y decir que fue una experiencia INCREÍBLE, sería quedarse tremendamente corto. El cielo aquel día estaba completamente despejado y desde las alturas pudimos disfrutar de unas vistas tremendamente privilegiadas del Congost y de aquel pueblo medieval en la cima de un pequeño cerro. Y aunque no sabía exactamente qué me deparaban sus estrechas callejuelas empedradas, había sido desde entonces mi obsesión visitarlo a pie de calle. Si vosotros podéis mediar para incluir también en vuestra escapada un vuelo en parapente, sin duda será el mejor complemento para un viaje, ya de por sí, extraordinario. Sino, el pequeño y encantador Àger ya es un perfecto punto de partida.

Yo haciendo parapente en el pueblo de Àger. Cedida por Ager Parapent

Tras un par de cientos de kilómetros desde nuestra estimada Terrassa, aparcamos en la parte baja del pueblo y sacamos nuestros bocadillos para el desayuno. Era miércoles y las zigzagueantes carreteras de montaña estaban tan vacías como nos encontramos las calles de Àger. Empezamos a remontar el casco histórico y torcimos momentáneamente a la izquierda, para toparnos con el antiguo safareig (lavadero) de la villa, que ahora parecía estar en desuso. Después, seguimos subiendo por su estrecho entramado de origen medieval. El silencio imperaba y solamente lo rompía el eco de nuestra conversación en las centenarias paredes de piedra. Tras superar un escalonado callejón, arribamos al punto más alto de toda la villa, el cual estaba ocupado por el espléndido conjunto monumental de Sant Pere d’Àger, construido en el siglo XI sobre los restos de un castillo romano y desgraciadamente cerrado al público en ese momento. Desde allí, se tenían además unas vistas impresionantes de los bosques anaranjados que abrazaban todo el pueblo por su vertiente sur y del Serrat de Borrec, un conjunto de elevaciones montañosas de casi 1000 metros, desde las que había emprendido el vuelo unos pocos años atrás. Todo el recorrido no nos llevó más de media hora. Realmente había poco que ver en aquella pequeña aldea anclada en el tiempo, pero pasearla con calma, a modo de ritual de iniciación, nos vino muy bien para desprendernos de los vicios de la gran ciudad y decir: ¡sí, que comience la aventura!

Callejuela de Àger con vistas a Sant Pere
Vistas del Serrat de Borrec desde Àger

Y tras una breve pausa en la cafetería y otra en la gasolinera del pueblo, efectivamente comenzó nuestra aventura. La siguiente parada de la ruta la había descubierto de casualidad la noche anterior y sin lugar a dudas, se convirtió en una de las mayores sorpresas de nuestro viaje… Desde Àger, tomamos la Comarcal 12 hacia el oeste y en el primer desvío, cogimos una carretera secundaria hasta el pequeñísimo pueblo de Corçà. El trayecto era de menos de 10 kilómetros, pero la carretera estaba tan sumamente mal asfaltada y llena de socavones, que si se quería mantener al 100% la integridad del automóvil y de los pasajeros, uno debía circular tan despacio que al final, se acababa tardando casi media hora en realizarlo. Eso sí, los paisajes otoñales que se abrían tras la ventanilla eran una auténtica maravilla. Llegados a Corçà, todavía hubimos de seguir un trecho más por la carretera hasta el parking de la Pertusa. En este punto, el Noguera Ribagorçana finaliza su paso por el desfiladero de Mont-Rebei y desemboca en el Embalse de Canelles. Sobre este, se eleva una arista rocosa en la que, en el siglo XI o XII, se construyó una ermita-fortaleza de estilo románico, que se alza vigilante ante la Serra del Montsec. Se trata de la Església de Mare de Déu de la Pertusa y conforma uno de los miradores más espectaculares de toda Catalunya y para mí, el mejor de todo el recorrido por el Congost de Mont-Rebei.

Embalse de Canelles y Ermita de la Pertusa

Para llegar a lo alto del mirador, hay que seguir, desde el parking, un camino de tierra tremendamente estrecho y empinado, que recorre el lateral del peñón y asciende, en unos 10 minutos, hasta la base de la Ermita. Si tenéis vértigo, esta visita está realmente contraindicada; creo que Olga y Mónica (mi otra compañera de viaje) todavía me maldicen en secreto por haberles «medio obligado» a subir hasta lo alto, pero es que realmente sigo pensando que mereció la pena. A nosotros aquel día no nos pudo haber sonreído más la suerte en cuanto al climaterio. El cielo se levantó completamente despejado y el sol iluminaba con intensidad las aguas de color turquesa, los riscos montañosos de alrededor y los muros en equilibrio de la efigie centenaria. Además, tuvimos la inmensa suerte de encontrarnos completamente solos en las alturas y poder disfrutar «tranquila y relajadamente» de aquella increíble panorámica de postal, que se abría enteramente para nosotros. He de reconocer, por eso, que el pulso se me había acelerado y el corazón bombeaba adrenalina por la real, aunque improbable posibilidad de caer al vacío; y por otro lado, mis compañeras ardían en deseo de empezar ya el descenso hacia el coche; pero aun y con todo, me costó unos cuantos minutos el despegarme de la roca y decir adiós a tal increíble escenario natural. Y es que ¡menuda brutalidad de paisaje! Algún día debiéramos volver, aunque quizás a otra hora más tardía, para disfrutar de la que presumo será una puesta de sol en mayúsculas. Mientras tanto, guardo de recuerdo estas vertiginosas imágenes de mi ahora preferida, Ermita de la Pertusa:

Vistas desde la Ermita de la Pertusa
Vistas del Congost desde la Ermita de la Pertusa

Desde aquel mismo estacionamiento, se inicia un camino, que en unas dos horas, se une con el sendero «principal» del Congost de Mont-Rebei, así que si queréis visitar ambos lugares y disponéis solamente de un día, La Pertusa es un estupendo punto de partida. A nosotros nos quedaba todavía una jornada y media por delante, así que optamos por encaminarnos directamente hacia nuestro hotel. Tomamos la «carreterita» secundaria, de nuevo hasta la C-12 y volviendo a Àger, nos dirigimos hacia el este y después hacia el norte hasta nuestro alojamiento en la pequeña aldea de Cellers. El Hotel Terradets, sencillo, pero limpio y muy bien ubicado, fue el perfecto anfitrión durante nuestra corta estancia y de volver al Congost, repetiríamos la experiencia con sumo gusto. Además, su localización a orillas del Embalse de Terradets nos brindó ese mágico bucolismo otoñal que tanto ansiábamos encontrar y que disfrutamos con calma en un largo paseo, tras zamparnos los tuppers de carne y patatas en la habitación. Terminamos el día cenando en el coqueto bufé del hotel con vistas al lago, mientras adelantábamos ya el plato fuerte que se nos venía al día siguiente.

Embalse de Terradets

La segunda mañana del viaje amaneció más fría y húmeda. Tras la ventana de nuestra habitación familiar, se levantaba una espesísima niebla que a penas nos dejaba ver la orilla del lago, tres pisos más abajo. Temimos que las inclemencias del tiempo nos impidieran disfrutar de la ruta y empañaran aquella escapada que tan bien había comenzado. Afortunadamente, a medida que fue avanzando la mañana, la niebla se despejó y aunque el cielo se mantuvo gris, pudimos disfrutar de un agradable tiempo templado. Después de un estupendo desayuno en el restaurante, subimos a recoger la habitación, pagamos nuestra estancia y lo volvimos a meter todo en el coche. No sabíamos realmente cuánto tiempo íbamos a estar caminando aquella mañana y si encontraríamos algún lugar donde comer, así que optamos por comprar unos bocadillos en la cafetería del hotel. Aquella resultaría una decisión de lo más acertada pues los embutidos locales estaban ¡DELICIOSOS! Especialmente el bull blanco, mmmm….

Tras surtirnos bien de provisiones, nos subimos finalmente al coche y pusimos rumbo oeste hacia el Aparcamiento de la Masieta, lugar de entrada al lado catalán del Congost de Mont-Rebei. Saliendo desde Terradets, volvimos a encontrarnos, entonces, con una de esas maravillosas carreteritas pirenaicas (nótese la ironía), donde no existe la línea recta y que atravesando atemporales aldeas de piedra y hermosos valles multicolor, nos condujo en unos 40 minutos hasta nuestro destino final. Durante todo el trayecto, nos cruzamos apenas con 3 o 4 coches y en La Masieta, había aparcados otros pocos tantos. En temporada alta, durante el verano, aquel estacionamiento era de pago y por lo visto, se llenaba rápidamente; pero ahora, en pleno mes de octubre, no estaba si quiera abierto y los pocos turistas que habíamos ido hasta allí, nos vimos forzados a dejar el coche en el margen de la carretera. Aunque poco importaba, pues nos disponíamos, por fin, a ¡iniciar el sendero del Congost de Mont-Rebei!

Tras cruzar el Parking de la Masieta y dejar atrás una zona de pícnic y avituallamiento (que estaba cerrada), unos encantadores burros catalanes encercados nos dieron la bienvenida a Mont-Rebei, apuntando al aire con sus peludos hocicos. El cielo a aquella hora de la mañana todavía no se había despejado del todo y el paisaje estaba teñido de una dramática humedad grisácea. Nos sorprendió mucho también el cauce del Noguera Ribagorçana, que tras el seco verano, presentaba su nivel más bajo y dejaba a la vista los márgenes de roca. De hecho, transitamos por un primer tramo de sendero que supuestamente se inundaba en época de lluvias y el lecho del río nos quedó todavía a unos cuantos metros de distancia.

Burros al inicio del sendero del Congost
Primeras vistas del Congost

Continuamos por el margen izquierdo del río, ahora por un tramo más seco lleno de arbustos y matojos, hasta toparnos con el primero de los puentes colgantes. Después, el camino se estrechó precipitadamente y comenzó a ascender progresivamente, mientras se adentraba en el bosque más frondoso. Entonces, los colores del otoño explotaron por doquier: Rojo, naranja, marrón, amarillo, verde oscuro… Toda una paleta cromática que se fundía ante nuestros ojos, en un abrigo otoñal de matices húmedos y graznidos salvajes.

Pero poco a poco, fuimos dejando también la seguridad del bosque y el paso, a su vez, se fue estrechando cada vez más y más, a medida que seguía ascendiendo bordeando la pared desnuda. El Noguera comenzaba entonces su paso efectivo por el desfiladero y allá abajo, sus cristalinas aguas de color celeste parecían luchar por hacerse un hueco entre los enormes muros de piedra calcárea.

Primer puente colgante del sendero
Explosión otoñal en el sendero

Estrechamiento del Noguera Ribagorçana a su paso por el Congost

Por fin, el camino se estabilizó y continuamos un rato caminando por aquel paso, que si bien más llano, se aferraba con esmero a las paredes verticales del impresionante cañón natural. Es gracioso, porque parecía que quienes habían diseñado y habilitado la ruta turística, habían querido crear una falsa sensación de inseguridad para incrementar todavía más la sugestión y el estímulo aventurero del visitante, a su paso por Mont-Rebei. Y aunque el camino era efectivamente estrecho y no estaba vallado, uno podía deambular por el Congost, emocionado, pero sin peligro alguno. Así que, una vez superada la impresión y el desequilibrio iniciales, se pasa a disfrutar de los diferentes túneles y miradores del camino y del espectacular paisaje en roca viva que desde estos, se contempla. Sólo en el último tramo, a la salida del desfiladero, hay un par de metros donde el terreno ha cedido y hay que agarrarse bien a la cuerda de seguridad y avanzar con calma. Por lo demás, es un paseo muy disfrutable, que debe hacerse al menos una vez en la vida.

Sendero principal del Congost de Mont-Rebei

Pero aunque el estrecho desfiladero terminase, la ruta de Mont-Rebei estaba lejos de acabar. El camino volvió, entonces, a adentrarse en la arboleda y los tonos grisáceos y marrones del cañón se tornaron repentinamente en brillantes ocres naturales, que se mezclaban con el acuático turquesa y la policromía de los múltiples kayaks que lo surcaban. IMPRESIONANTE. Si habíamos querido disfrutar de los paisajes otoñales, sin duda ya podíamos hacer check y anotar un sobresaliente…

Después, descendimos brevemente por la pendiente de roca, si bien para encarar otra subida, más pronunciada incluso que la primera. Aunque los tres estábamos disfrutando como críos de tal magnitud paisajística, el cansancio comenzó a hacer mella y mis compañeras de viaje empezaron a expresar su deseo de, en no mucho rato, dar por concluida la ruta y retomar el camino hasta el aparcamiento. Yo quise convencerles de lo contrario; aunque estaba claro que ya no terminaríamos los 5 o 6 kilómetros que nos quedaban hasta el final de la senda en el Albergue de Montfalcó (ya en la provincia de Huesca), al menos quería que llegásemos hasta el puente colgante de Siegué, que cruzaba el río hasta la otra vertiente. Pero al final de la subida, Mónica se plantó y dijo que ya no daba un paso más. ¿Qué hacíamos? ¿Nos dábamos media vuelta? Yo quería continuar hasta el puente, que ya se veía en la distancia y Olga, aunque cansada, no tenía demasiado inconveniente. Al final, decidimos separarnos. A Mónica le pareció bien esperarnos, así que nosotros dos, aunque con prisas porque tampoco queríamos dejarla demasiado rato a solas, emprendimos el descenso hasta Siegué.

Segundo tramo de bosque en el sendero
Kayaks en el Congost de Mont-Rebei
Vistas del Congost desde lo alto del sendero

Como decía, aceleramos el paso un poco más de lo normal y llegamos al puente colgante en apenas 10 minutos. Tuvimos que hacer cola para cruzarlo y una vez en él, las piernas nos temblaban por la adrenalina y por el vaivén de los cables metálicos, pero ¡WOW! ¡Menudas vistas había desde allí arriba!. El cielo empezaba a despejarse y los tenues rayos de luz que conseguían filtrarse, iluminaban las paredes del cañón, pintándolas de un tono cobrizo. En la orilla, el grupo que habíamos visto haciendo kayak, había terminado su excursión y andaban ahora haciendo piruetas y saltando al agua (probablemente congelada), mientras los encargados ataban las canoas a la lancha motora que se las iba a llevar de vuelta al inicio del sendero. Y así nos quedamos un buen rato ensimismados mirando la escena y el escenario. Hasta que tocó dar media vuelta y retomar el camino hasta nuestra compañera. Pero entonces, a mí me dio – y lo reconozco sin problemas – una especie de pataleta de niño pequeño, que por otro lado tampoco estaba tan injustificada, y quise convencer a Olga de continuar un trecho más por la parte aragonesa del Congost. Estábamos tan cerca de las pasarelas del Montfalcó, esa locura de escaleras de madera suspendidas en la pared desnuda, que ya que estábamos allí, no podíamos irnos sin al menos verlas más de cerca. Pero una vez más, no pude convencerla y una vez más, volvimos a separarnos. Olga me esperaría un poco más arriba del puente, mientras yo me encaminaba hacia Montfalcó.

Vistas del Congost desde el puente del Siegué

Y en apenas otros 10 minutos, esta vez de subida intensa, me topé de frente con las famosas pasarelas, punto icónico en la ruta de Mont-Rebei. Y si hasta ahora el sendero me había parecido totalmente seguro y menos «complicado» de lo que todo el mundo aseguraba, aquí sí sentí un vuelco en el estómago y tuve que armarme de todo el valor que pude reunir, para adentrarme, solamente, en los primeros 5 metros del célebre pasaje. Pero como con todo lo que cuesta mínimamente, la recompensa mereció más la pena y la ASOMBROSA panorámica que se abría desde allí arriba, me acabó de dejar sin aliento y sin una sola palabra. No lo dudéis, este sí es el mejor mirador de toda la ruta.

Por desgracia no pude, ni tampoco quise, continuar bajando, pues aunque el recorrido seguía dos o tres kilómetros más hasta la pequeña aldea de Montfalcó, tuve que darme la vuelta para ir a reunirme con Olga y Mónica, de la que, entre una cosa y otra, nos habíamos separado hacía casi una hora. Sí, obviamente volví ligeramente decepcionado y enfurruñado, porque a mí sí me hubiera gustado hacer la ruta al completo y quién sabía cuando tendría la oportunidad de volver; pero al fin y al cabo, estábamos a solamente tres horas de casa y en algún momento podría escaparme para terminar el espectacular recorrido del Congost de Mont-Rebei y las Pasarelas de Montfalcó. Y ahora sí puedo decirlo: es una ruta que hay que hacer al menos una vez en la vida y que probablemente, la segunda vez, realice al revés, partiendo desde Montfalcó, sólo para tener una imagen más completa.

Pasarelas de Montfalcó

Vistas del Congost desde las pasarelas de Montfalcó

Así pues, descendí hasta el puente y remonté el sendero hasta reencontrarme, primero con Olga y después con Mónica, y dirigirnos de nuevo los tres juntos hacia el parking de la Masieta; aunque no sin antes hacer una parada a medio camino, para zamparnos esos deliciosos bocadillos de embutidos leridanos.

Sobre las 16:00, nos subíamos de nuevo al coche y volvíamos a recorrer esa carretera de curvas infinitas, pero paisajes de infarto, hasta el Hotel Terradets. En la cafetería del que había sido nuestro refugio durante los dos últimos días, nos tomábamos un café bien calentito para recuperar fuerzas y despedirnos, del que ya se ha posicionado, como uno de los mejores destinos de este 2021. Mont-Rebei, ¡espéranos porque volveremos!

Última imagen del viaje, paisajes desde la carretera a Mont-Rebei

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