Para vosotros, que ya no estaréis, pero siempre os tendremos.


Sí, lo sé, han pasado ya tantos meses desde mi último artículo y de aquello de «nos vemos en 2022 con nuevas y emocionantes aventuras», pero la verdad es que no sabía que iba a tardar tanto en volver. Con cada Nochevieja, me gusta pensar, como a Mr. Wonderful, que el entrante va a ser definitivamente mi año, sea lo que sea lo que eso signifique. Y ahora que ya estamos en primavera y Año Nuevo nos queda a todos bastante lejos, todavía no puedo confirmar que esta vez se vaya a cumplir (aunque por un momento lo supe seguro); pero desde luego las cosas se han precipitado tanto en mi vida, que ni tiempo he encontrado para sentarme en el escritorio a volcar todas esas aventuras, sueños y proyectos que se han ido construyendo estas pasadas semanas y redimirme de algunos otros, que si muy ilusionantes, se han acabado quedando en el tintero. Aunque oye, quizás esa falta de tiempo sí sea una muy buena señal de que este año se va a convertir finalmente en «mi año», ¿verdad?. Habrá que verlo…

Vall de Núria de nuevo.

Mientras tanto, si debo comenzar por el principio, (¿por dónde sino?), lo primero que hay que mencionar es aquella loca escapada de «esquí» que hicimos a la Vall de Núria el primer fin de semana de febrero. Pongo lo de esquí entre comillas porque mi culo probablemente no esté de acuerdo en que a mantenerse de pie sobre los esquíes por más de 5 minutos seguidos, se le pueda considerar esquiar. Aunque para ser justos, era nuestra primera vez y creo que ya bastante suerte tuvimos de volver a casa de una sola pieza. El caso es que a Valentina y a mí se nos había hecho ya demasiado largo desde nuestras respectivas últimas escapadas (a ella todavía más, lo mío era quejarse por quejarse) y queríamos y necesitábamos empezar este 2022 de una forma algo más activa. Lo que nos rondaba la mente de verdad era hacer un poco de turismo cultural en alguna capital europea como Viena o Budapest, pero el presupuesto y las restricciones por COVID (sí otra vez) amenazaron con jugar en nuestra contra y nos forzaron a quedarnos dentro de nuestras fronteras. Bien mirado, así a posteriori, las restricciones no fueron tan severas como habíamos pensado y quién haya esquiado sabrá que este es un deporte, a parte de arriesgado, exclusivo para ricos; además de que, de nieve aquel fin de semana, fuimos más bien escasos, pero bueno eso no quita todo lo bien que llegamos a pasárnoslo al final y lo especial que efectivamente fue la escapada. Más especial, si cabe, porque de forma súper improvisada se nos unió al viaje la hermana pequeña de Valentina, quien no había visto, ni tocado, nunca en su vida la nieve. Imaginad por un momento ser testigos de esa primera vez… De esos enormes ojos marrones que ríen a medida que ascendemos con el tren cremallera y esas mejillas que se van iluminando por la emoción; de esa cara desencajada al abotonarse las botas de esquí la primera mañana, de la primera caída algo más tarde, de la segunda y la tercera también (no hubo muchas más), del gozo de conseguir bajar la pista por primera vez, de su risa cuando nosotros apenas lo lográbamos y de las compartidas durante la guerra de bolas de nieve que improvisamos al caer el sol del último día… De seguro que no habrá imágenes más bellas en el mundo.

Valentina y su hermana en la pista de esquí de Núria
Vistas de Núria desde el albergue

Además de ello, fue la oportunidad perfecta para volver a Núria y descubrirla desde otra perspectiva distinta a la de nuestra gran aventura pirenaica de hacía dos veranos. Y es que aquellos prados verdes se habían teñido ahora con topos de un blanco brillante y el muñir de las vacas había sido substituido por el desliz de las tablas sobre las pistas heladas. Y si al final conseguimos disfrutar, ni que fuese un rato, de aquel «esquí» (de nuevo entre comillas), creo que lo hicimos incluso más del confortable Hotel Vall de Núria, de sus cenas y desayunos con vistas a la montaña y del punto de paz y desconexión que logramos justo antes de volver a nuestras respectivas rutinas.

El Máster del Universo.

Pero si de nuevas aventuras trata este artículo, quizás no haya viaje que esté marcando más mi 2022 que el anticipado Máster de Periodismo de Viajes. Y es que apenas 24 horas después de bajar de aquellas montañas, pisaba yo de nuevo la UAB y cruzaba tembloroso el umbral de la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Allí, me encontré con otros 15 chiquitos venidos de todas partes del mundo, tan perdidos pero ansiosos como yo y con quien compartir la tremebunda odisea que estaba por empezar. Ahora que ya han pasado un par de meses, las emociones iniciales se han ido templando, y es que las primeras semanas parecíamos salir con la cabeza del revés tras cada nuevo relato del periodista, aventurero, cartógrafo o escritor que bien nos ilustrara con sus experiencias personales aquella clase; pues quizás no tengan estos estudios demasiado de programas reglados y temario al antigua usanza, mas si creo que están consiguiendo su objetivo principal: recordarnos a todos por qué nos gusta tanto el mundo de los viajes y animarnos a contarlo con profundidad. Y si la mayoría no vamos a caer en lo que parece un intenso deseo institucional por convertirnos en periodistas de guerra y a cada uno, obvio nos impacta más una clase que otra, prestamos más o menos atención y de seguro nos aburren o nos interesan distintas temáticas, tengo la sensación general de que todos lo estamos disfrutando bastante.

Disfrutamos al menos el afterwork, pues aquellos 15 chiquitos (16 contándome a mí), al principio desconocidos, nos hemos apiñado con gran velocidad y hemos constituido ya nuestra particular familia viajera. Una familia, desestructurada como toda gran familia que se precie, pero funcional en esencia y con quien hemos tenido la suerte de compartir ya muchas risas, conversaciones, sueños, frustraciones, aspiraciones, varias comidas y cenas, una buena calçotada, alguna excursión a Barcelona e incluso algún viaje, al que por desgracia no me pude apuntar. Pero bueno, como decía, acabamos de empezar esta aventura y sé que aún nos queda mucho por recorrer y muchas, muchísimas cosas que seguir compartiendo. Este 2022 y ¡quién sabe si muchos años más! Brindemos por ello y de momento, ¡que no pare la fiesta y a seguir viajando que es gerundio!

Recorriendo la Barcelona de los «Peaky Blinders» con David Revelles

¡Tornem a Andorra!

Sí, parece que sigo remontándome una y otra vez a aquel viaje pandémico por los Pirineos Catalanes, como si hubiésemos dejado algunas cuentas pendientes (puede que así fuera) y nos tocara, en este primer semestre de 2022, saldarlas. Y la verdad, no recuerdo el motivo exacto para revisitar a nuestros montañosos vecinos (si es que lo había) así que, en ese sentido, tan inesperada, caótica, acelerada y sumamente divertida fue nuestra vuelta a Andorra, como a Núria y como nuestras primeras veces durante aquel ya lejano roadtrip. Esta vez, claro está, subíamos en pleno invierno e íbamos preparados para afrontar las «inclemencias» de un tiempo que esperábamos nos dejara algún regalo en forma de copos hexagonales. De primeras, no es que me atraiga a mí especialmente el frío, de hecho cada vez lo tolero menos (será la edad), pero cierto es que la esquiada nos había dejado a todos con ganas de un poquito más. Spoiler alert: conseguimos lo que queríamos.

De vuelta a Andorra, esta vez en invierno

Nuestra primera parada en el país vecino sería, sin embargo, un «bareto» cercano a la capital en el que degustar un delicioso bocadillo de fuet y un café calentito. Habíamos tenido que madrugar mucho para llegar a una hora decente y andábamos de nuevo con bastante hambre, así que aquel era el momento perfecto para probar los famosos embutidos locales. Mmmmmm… Tras nuestra parada en boxes, encaminamos montaña arriba en dirección a Naturland, esa suerte de parque de aventuras al aire libre, hogar del archiconocido Tobotronc, el que dicen, es el tobogán natural más largo del mundo (5km) y al cual ya me había subido con mis padres algunos años atrás. A medio camino, por eso, nuestro guía, chófer y «nuevo» mejor amigo andorrano David, recordó un lugar algo curioso que estaba seguro nos iba a sorprender. Y así fue… Los Jardines contemporáneos de Juberri fueron una iniciativa privada de un matrimonio afincado en la urbanización que les da nombre y que, desde la ladera en que se sitúan, tienen unas vistas espectaculares de todos los valles a sus pies. Pero más allá de por su privilegiada ubicación, lo que los hace interesantes son la cantidad de esculturas de animales, personajes fantásticos y demás creaciones humanas, que si dispuestas un tanto aleatoriamente, configuran un espacio realmente singular que vale, al menos, una parada de veinte minutos. Además, a nosotros nos pilló una ligera llovizna, que fue arreciando conforme ganábamos altura y que dejó el ambiente cargado de una espesa niebla y una oscura aura de novela romántica. Todo un conjunto fotográficamente interesante, cuanto menos.

Jardines de Juberri, Andorra

Más tarde, al seguir subiendo hacia la Estación de esquí de la Rabassa y sobrepasados los 1.600 metros de altitud, la ya no tan ligera llovizna se fue condensando con el frío y se transformó rápidamente en una intensa nevada que redujo nuestra marcha hasta a 0. Llegados a un punto y temiendo que no fuéramos capaces de colocar las cadenas y nos quedáramos tirados a media subida, preferimos dejar el coche a un lado de la calzada, rescatar nuestro alma «postureta» y salir a hacernos unas cuantas fotos y a jugar con la nieve. No importa cómo, dónde y cuándo, si cuatro -supuestos- adultos perdidos un domingo en una carretera de montaña en Andorra, que la nieve saca a relucir siempre las carcajadas infantiles más puras que puedan existir, amontonándolas todas ellas en la memoria hasta el momento del deshielo.

No tanto rato después y con las extremidades apenas sensibles, volvimos a subirnos al coche, que andaba ya bajo unos pocos centímetros de nieve y condujimos, a 10 por hora, hasta volver a la carretera principal y de allí en dirección a Andorra la Vella. Casualidad o no, acabamos comiendo en la misma calle comercial que en nuestro último viaje. Esta vez, ya que contábamos con algo más de presupuesto (o no), nos decidimos por las deliciosas carnes a la brasa del Restaurant 120 y sus exquisitos postres caseros. ¡Excelente elección! Tras la comida, salimos de nuevo a hacer un poco de window shopping y nos sentamos a tomar el sol, que volvía a saludarnos en aquel día de estaciones cambiantes, frente a La Noblesse du Temps de Salvador Dalí.

Perdidos en una carretera andorrana en plena nevada

Por la tarde y para acabar de repetir y cerrar nuestro evocador paso por Andorra, seguimos remontando la carretera hacia el norte y volvimos a subir al Roc de Quer. Las mismas vistas, la misma sensación de vértigo, el mismo increíble atardecer, las mismas risas despreocupadas, mas un viaje completamente distinto. No sé cómo, ni por qué, ni mejor, ni peor, sólo distinto. Demos gracias por ello.

No permanecimos allá arriba tampoco demasiado rato. El astro rey desaparecía tras las cumbres todavía nevadas y el gélido viento empezaba a silbar con intensidad de nuevo. Así que nos recogimos, bien apretados y calentitos en el interior del coche y salimos de Andorra cantando y sonriendo, para acabar cenando, un par de horas más tarde, en Domino’s Pizza. ¿Quién hubiera de decirnos que aquella sería la última aventura antes de que nuestros amiguísimos del alma se muden a Suiza, ahora en apenas dos semanas? No puedo evitar que me envuelva la nostalgia mientras escribo, así que mejor pasaremos a otra cosa mariposa…

Puesta de sol desde el Roc de Quer

Algunos proyectos y aventuras más.

Ves, otra de las grandes «bendiciones» que me está dando el Máster, es la posibilidad de seguir conociendo la ciudad de Barcelona e interactuar con los personajes de sus infinitas historias. Algo de lo que, ya sabéis, me quejaba de no haber hecho nunca lo suficiente pese a la proximidad y que ahora tengo la oportunidad de poner en práctica, de múltiples formas y con objetivos muy distintos. De primeras, tuvimos que indagar a fondo para ponernos en la piel de Joséphine Baker (personaje interesante donde los haya) para realizar una miniguía de la ciudad con su figura como eje central. Un trabajo que me fascinó diseñar y ejecutar con mis compañeros y por cuyo resultado, además, nos han felicitado nuestros profesores. ¡Hurraaaa! Podéis descargárosla gratuitamente a continuación y descubrir la tan vibrante, pero poco conocida, Barcelona de los años 20 y 30, y a su indiscutible protagonista: «la Venus de Ébano».

También hemos estado indagando sobre las fuentes de la ciudad y las historias que esconden sus aguas (tarea en absoluto fácil pero interesante), para un futuro proyecto que tenemos que hacer toda la clase en conjunto y que saldrá a la venta a finales de año. Os daré más detalles sobre la historia que yo he decidido escribir y sobre el proyecto grupal próximamente.

De igual forma, hemos tenido que escribir un pequeño artículo sobre las tres Ramblas de Barcelona: la Rambla del Raval, la de las Flores y el Passeig del Born (desconocía que hubiese más de una la verdad), poniendo en valor aquellos elementos que más nos emocionaran o nos llamaran la atención e intentando relacionarlas entre sí. Creo que me está quedando algo bastante interesante así que, en cuanto lo termine y me lo puntúen, os lo dejaré leer. Y después para el mes de septiembre deberemos redactar un reportaje, también con Barcelona como telón de fondo y sobre alguna de sus facetas menos reconocidas. Mi idea está aún en fase de desarrollo, así que ya os contaré más sobre ello en futuros artículos.

Pero como imaginaréis, no sólo alrededor de Barcelona va a girar este máster y mis aventuras del 2022. Y es que uno de los platos fuertes del curso es trasladarnos en grupos a un destino europeo determinado y documentarlo todo en el medio y la forma que más nos guste. No es en primicia porque ya lo he contado por Instagram, pero nuestro destino ha resultado ser (tras un cambio por razones burocráticas)… Redoble de tambores por favor… ¡NÚREMBERG! Ciertamente, no es una ciudad que yo tuviese en mente, ni que conociese más allá de por los famosos juicios nazis; mas supongo que esa es un poco la gracia del proyecto y su objetivo último: descubrir y hacernos «expertos» en una ciudad de la que, a lo mejor, no teníamos demasiadas referencias. Igualmente, nuestro trabajo todavía está demasiado en pañales como para dar más detalles y cualquier cosa que yo escriba aquí, seguro que cambiará en los próximos meses, así que si queréis saber más, os toca estar atentos al blog y a mis redes sociales.

¿Qué más sorpresas y viajes me esperan este año? ¿De qué tipo? Lo averiguaremos muy pronto supongo. Mis cartas están sobre la mesa y las apuestas casi cerradas, así que ahora ya sólo cabe tener paciencia y dar tiempo al resto de jugadores para pensar en sus próximos movimientos.

¡Que siga la partida y nos vemos en el siguiente artículo viajeros y viajeras!

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