Si sois amantes de los viajes en general o estáis pensando en visitar Catalunya próximamente (en cuyo caso estáis en el blog adecuado), quizás os hayáis topado también con alguna de las campañas publicitarias del Grand Tour de Catalunya.

Este es un proyecto desarrollado por la Agència Catalana de Turisme (ACT), junto con la Dirección General de Turismo, la Red de Oficinas de Turismo de Cataluña, los patronatos de Turismo de las 4 diputaciones provinciales, Foment Torisme Val d’Aran y Turisme de Barcelona.

Y la idea, aunque sencilla, es muy ambiciosa: conectar en una ruta por carretera, más o menos circular, «iconos culturales, parajes naturales y placeres enogastronómicos» que definan la personalidad del Principado.

La propuesta parte de la —cada vez más urgente— necesidad de desestacionalizar y redistribuir el turismo de Barcelona y la costa catalana y acercar a los visitantes a nuevos destinos que no estén tan masificados.

No hablamos, en ningún caso, de incrementar el número de plazas hoteleras, ni el de licencias de apartamentos turísticos, ni la capacidad del aeropuerto, ni la del puerto, etc. La idea no es que llegue más gente. EN ABSOLUTO.

El objetivo es ampliar la mirada sobre nuestro territorio. Se trata de mostrar cómo es la cultura local a través de elementos, destinos y espacios naturales que nos permitan explicar, con más detalle, cuál es la verdadera esencia de Catalunya.

Espacios que, hasta ahora, habían permanecido un poco en silencio, pero que nos permitirán, precisamente, transmitir esa idea de identidad catalana: una identidad heterogénea, compleja y diversa, que abraza la modernidad y la innovación sin olvidar nunca sus costumbres más ancestrales. Una identidad que, sí, está ligada al mar, pero también a la tierra, a los bosques y a las montañas.

Aunque no se trata solamente de ampliar la oferta de productos y destinos turísticos. Se busca, sobre todo, generar comunidad, conocimiento, empatía y una mirada crítica hacia nuevas realidades para que podamos seguir viajando y aprendiendo del mundo —y de zonas tan presionadas como Catalunya— de forma más consciente, sostenible y respetuosa.

En este sentido, creo que la ACT está haciendo un muy buen trabajo. Y a mí también me apetecía sumarme a este reto de intentar dar a conocer la esencia de Catalunya. Por eso, vengo a ofreceros esta selección que contiene 16 rincones imprescindibles (aunque no tan conocidos) de «casa nostra«.

Algunos sí los podréis encontrar en la página web oficial del proyecto, pero otros son recomendaciones mías personales. Es una especie de ampliación o cara B, con destinos que he tenido la suerte de ir descubriendo a lo largo de los últimos años y que no se encuentran, necesariamente, entre los más populares del país. Así que coged papel y lápiz y subíos al coche que os venís conmigo a recorrer el Grand Tour de Catalunya.

1. Casa Vicens

Iniciamos la ruta en Barcelona. Aunque la idea original de este viaje es alejarnos de la ciudad y, como decíamos, ampliar la mirada sobre el patrimonio de Catalunya, eso no quiere decir que debamos dejar completamente de lado la capital.

Al fin y al cabo, se ha posicionado como uno de los destinos TOP a nivel mundial (por suerte o por desgracia) y sus calles presumen de albergar algunas de las obras más impresionantes de la arquitectura europea de los siglos XIX y XX.

Y para esta ruta, en concreto, quería seleccionar un nombre del que todo el mundo hubiera oído hablar —Gaudí— y llevármelo a mi terreno para cumplir con el objetivo de este post, que es huir de los emblemas más turísticos y masificados. Por eso, el primer punto de la lista es la Casa Vicens.

Fachada de la Casa Vicens, en Gràcia (Barcelona)

Esta es la primera gran obra del artista catalán y supone una especie de experimento o preludio de la enorme explosión modernista que acontecería después. Se la encargó un adinerado agente de bolsa, don Manel Vicens, quien en 1883 quiso convertir la propiedad que había heredado de su madre en una residencia de verano.

La casa está ubicada en el número 20 del Carrer de les Carolines, en el distrito de Gràcia; en un lugar que antaño permanecía separado de Barcelona y configuraba uno de los destinos predilectos para la jet set de la ciudad.

En su diseño, Gaudí incorpora delicadamente algunos de esos elementos por los que más tarde ser haría famoso: azulejos de colores, patrones que imitan a la naturaleza, forjados decorativos y un cierto estilo oriental.

La primera construcción de un genio que nos sirve como perfecta introducción a la propia ciudad de Barcelona y a esta ruta «más alternativa» por el territorio de Catalunya.

Diseño del techo interior de la Casa Vicens, obra de Gaudí

2. Poble de Garraf, un imprescindible no tan conocido de «casa nostra»

Ahora sí, nos subimos al coche y partimos hacía el sur para emprender este viaje por algunos de los pueblos y paisajes más interesantes de Catalunya. Aunque tampoco nos alejamos demasiado. Ni física, ni temporalmente.

En el Garraf, un pequeñísimo pueblo de costa que da nombre a toda la comarca, se encuentra otra de las joyas desconocidas del célebre arquitecto tarraconense: el Celler Güell.

La construcción le fue encargada a finales del siglo XIX por su principal mecenas, Eusebi Güell, quien había adquirido los terrenos 20 años atrás con la intención de construir un pabellón de caza, el cual nunca se llegó a materializar.

Y, aquí, Gaudí volvió a poner de manifiesto su ingenio al levantar unas palaciegas bodegas de estilo neogótico medievalista sin ningún tipo de contrafuerte, cosa a la que luego se aficionaría. Por desgracia, el edificio permanece cerrado al público y, por el momento, no parece que haya ningún proyecto para rehabilitar el espacio y abrirlo a las visitas.

Playa de les Casetes del Garraf en invierno

Si bien, no os preocupéis, porque la arquitectura modernista no es el único motivo para acercarse hasta este pequeño paraíso mediterráneo. Si dejáis vuestro coche estacionado en el parking público frente a las bodegas y continuáis caminando hacia la costa, en seguida os encontraréis con la encantadora Platja del Garraf.

Esta es conocida, principalmente, por las 33 casetas de madera —Les Casetes del Garraf— que se asientan en la arena, justo a primera línea de mar. Se construyeron entre las décadas de 1920 y 1930, aunque el porqué no está del todo claro.

Algunos dicen que eran antiguas barracas de pescadores. Otros, que los vecinos las utilizaban para guarecerse del sol cuando iban a la playa; y unos pocos afirman que las podrían haber levantado los operarios que trabajan en la línea ferroviaria para usarlas como residencia temporal.

En cualquier caso, las “casetes” se han convertido en un icono imprescindible del Parc Natural del Garraf. Tanto es así que fueron declaradas Bien Cultural de Interés Nacional por la Dirección General del Patrimonio Cultural. ¡E incluso salieron en un videoclip del Canto del Loco!

En la actualidad, su gestión está a cargo de la Asociación de vecinos Platja de les Casetes del Garraf, quienes se encargan de proteger su legado y de luchar por un futuro libre de especulación inmobiliaria (ardua tarea la suya).

Aunque más allá de fotografiar la obra de Gaudí y de un chapuzón en la playa, os recomendaría que os dierais una vueltecita por el pueblo y disfrutarais de su tranquilísimo ambiente. Y que os sentarais también a probar las tapas del Restaurante Antonio, el mejor final para un día de visita a este encantador rincón del Garraf.

Mapa del pueblo de Garraf

3. Castellet i la Gornal

Seguimos recorriendo el Grand Tour de Catalunya en dirección sur, suroeste, hasta la frontera entre las provincias de Barcelona y Tarragona. Al límite de la comarca de l’Alt Penedès, en un pequeño cerro sobre el Pantà de Foix, encontramos el encantador casco medieval de Castellet i la Gornal.

Este lugar destaca, especialmente, por su impresionante Castillo, que custodia toda la población y cuyo origen se remonta al siglo X. Fue construido para la defensa de la Marca Hispánica y, a lo largo de los siglos, funcionó como bastión fronterizo entre los condados catalanes y los territorios del antiguo Al-Andalus.

Castillo de Castellet

Tras el final de «la Reconquista» y con la concentración del poder monárquico, el castillo inició un largo proceso de decadencia. Hasta que, a principios del siglo XX, sufrió la primera de una serie de grandes restauraciones (sin demasiado rigor arqueológico, dicen los expertos) que dejaron la edificación tal y como la encontramos ahora.

En la actualidad, el Castillo es sede de la Fundació Abertis y se puede recorrer, de forma guiada y gratuita, el segundo fin de semana de cada mes, concertando previamente la visita.

Pero si vuestro paso por el Penedès no coincide con estas fechas, yo no dejaría pasar, igualmente, la oportunidad de visitar este rincón tan cercano a Barcelona. El pueblecito es, ya en sí mismo, una verdadera joya histórica y vale muchísimo la pena recorrerlo con calma y disfrutar de sus callejuelas empedradas y de sus centenarias casas porticadas.

Además, Castellet es un punto destacado dentro del Camí ramader de la Marina, una milenaria ruta trashumante que conectaba —y conecta— las pasturas de verano de la Cerdanya, con las de invierno, aquí en el Penedès. Esta es, por tanto, una ocasión única para conocer un poquito mejor uno de esos oficios ancestrales que todavía se conservan en Catalunya.

Vistas del Penedès desde Castellet i la Gornal, junto al conjunto escultórico «El marge dels oficis»

Y para terminar la visita, nada mejor que acercarse hasta el mirador de Castellet, junto a la Iglesia de Sant Pere (s. XII), y despedir la jornada con impresionantes vistas al Parc Natural del Foix y a toda la región del Penedès.

Una última recomendación: si podéis, haced coincidir la visita con la Feria Medieval. Es un festival maravilloso con cercaviles musicales, actuaciones, espectáculos familiares, talleres y demostraciones de oficios antiguos, así como con una gran variedad de paradas de artesanía y puestos gastronómicos para todos los gustos.

4. Punta del Fangar

Seguimos hacia el sur y nos desplazamos, ahora, hasta otro de esos destinos que llevan años clavados en mi corazón y que no puedo dejar de recomendar cada vez que me preguntan por lugares que visitar en Catalunya: El Delta de l’Ebre.

Esta extensa llanura, en el extremo meridional de la provincia de Tarragona, se encuentra dividida por el río Ebro, el cual ha ido moldeando el paisaje durante siglos, convirtiéndolo en un singular mosaico natural con multitud de animales, plantas y tradiciones autóctonas.

Un enorme humedal —el más grande de Catalunya— al que bien vale la pena dedicarle varios días (o varios viajes) para descubrir con calma y responsabilidad todos sus rincones y admirar la increíble belleza y fragilidad de sus paisajes.

Paisajes del Delta de l’Ebre

Pero, si nos hubiéramos de decantar solamente por un rincón en todo el Delta, para mí, no podría ser otro que la Punta del Fangar. En la zona norte del Parque se abre esta inmensa península, prácticamente virgen, que está cubierta por arenales y dunas móviles que constituyen una importante zona de refugio y alimentación para varias especies de pájaros acuáticos migratorios.

Mi recomendación es que dejéis el coche en el parking de la Platja de la Marquesa y hagáis la excursión caminando hasta el Far del Fangar. Son alrededor de 4 kilómetros por trayecto, así que necesitaréis, mínimo, una hora de ida y otra de vuelta. Pero creedme, el esfuerzo merece totalmente la pena. Muy especialmente al atardecer.

Como veis, esta ruta está pensada para hacerse —casi— exclusivamente por carretera. Por lo que, si necesitáis reservar un vehículo, podéis hacerlo a través de Booking.com. Mi buscador de alojamientos favorito también dispone de un apartado de alquiler de coches con precios muy competitivos.

Conforme el día termina, los últimos rayos de sol comienzan a teñir las dunas de impresionantes tonos dorados que difuminan el paisaje hasta fundirlo, prácticamente, con la línea del horizonte. De hecho, a este lugar se le conoce también como Platja dels Miratges —Playa de los Espejismos— ya que, en ciertos momentos del día, el astro rey parece crear ilusiones que pueden engañar a nuestra vista.

A última hora, sin embargo, tan solo os tendréis que preocupar por disfrutar de este inigualable espectáculo natural, que pondrá la guinda final a vuestro paso por el Delta de l’Ebre.

Un último consejo: llevaos una linterna o, en su defecto, el móvil bien cargado. Cuando el sol se esconda tras las líneas rojas y blancas del Faro, todavía os quedará el paseo de vuelta al parking. Y si no sois previsores (como nos pasó a nosotros), tendréis que hacerlo completamente a oscuras.

Puesta de sol en la Punta del Fangar

5. El Pinell de Brai

A continuación, nos alejamos del Mediterráneo para adentrarnos en las conocidas como «Terres de l’Ebre». Y lo sé, lo sé, algunos quizás os estaréis preguntando: «¿Ya está? ¿Eso era todo lo que tenía que decir sobre la Costa Daurada?». Pues sí y no.

Lo cierto es que me encantaría poder incluir algunos destinos más de esta zona que —pienso— está algo infravalorada en comparación con su hermana gerundense. Pero debo confesar que la provincia de Tarragona, y más en particular, su litoral es una de mis GRANDES cuentas pendientes en Catalunya.

Por ese motivo, mi objetivo para los próximos meses/años será continuar explorando la región y haceros, quizás, una actualización de este artículo en el futuro. Mientras tanto, seguiremos con este tour y viajaremos hasta el corazón de la comarca de la Terra Alta para visitar un lugar que descubrí de la mano de mi excompañera de piso y del que guardo un recuerdo muy especial: el Pinell de Brai.

«Cases penjades», Pinell de Brai

Esta pequeñísima localidad (de apenas 1.000 habitantes) está ubicada en una privilegiada explanada paralela al curso del río Ebro y al abrigo de las sierras de Vallplana, Talaia, els Pàndols y Cavalls. Un pacífico lugar que fue marcado, desgraciadamente, por uno de los episodios más cruentos de la Batalla del Ebro.

Hoy día, alrededor del núcleo urbano, todavía podemos encontrar muchos vestigios de la resistencia republicana y de la masacre franquista, así como placas conmemorativas y espacios dedicados a la memoria de las víctimas. Como es el caso de Les Veus del Front, un centro de interpretación, de obligada visita, dedicado al papel de la prensa y la propaganda durante la Batalla del Ebro.

Catedral del Vi, Pinell de Brai

Aunque más allá de este importantísimo memorial, el Pinell es célebre, también, por su espectacular cooperativa de estilo modernista. Esta fue diseñada en los años veinte por Cèsar Martinell, discípulo y admirador de Gaudí (sin querer, muy presente en nuestra ruta), y bautizada por el escritor Àngel Guimerà como una de las «Catedrales del Vino» por su relevancia cultural y arquitectónica.

Recorrerla os hará comprender, mucho mejor, la fuerza de la modernización agraria y del cooperativismo rural en la Catalunya de principios de siglo, así como la importancia de estos cambios para el florecimiento de muchos municipios del interior.

Para acabar de enriquecer toda esta experiencia, yo os recomendaría que eligierais, además, la visita guiada con degustación de vinos y aceites con denominación Terra Alta y con embutidos de la zona. Importantísimo, eso sí, reservar con antelación.

Y si tenéis un ratito extra al final del día, os instaría también a que subierais hasta el mirador de la Punta Alta, desde donde podréis disfrutar de uno de los mejores atardeceres de todo Terres de l’Ebre.

6. Barberà de la Conca

Continuamos nuestra ruta por estos 16 rincones imprescindibles (aunque no tan conocidos) de «casa nostra» y nos trasladamos, ahora, a la región interior de Conca de Barberà, uno de mis últimos descubrimientos viajeros de este año 2026.

La comarca acoge buena parte de la Ruta del Cister —en este caso, el Monasterio de Poblet, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO—. Y es conocida, también, por su capital amurallada, Montblanc, donde la tradición situa los eventos de la leyenda de Sant Jordi. Además, cuenta con una variada oferta de vinos Denominación de Origen.

Sin embargo, en este viaje nosotros nos centraremos en el pequeñísimo pueblo de Barberà, el cual da nombre a toda la comarca. La localidad se encuentra ubicada sobre un pequeño cerro coronado por un impresionante castillo del siglo XI, levantado por el caballero Arnau Pere de Ponts.

Posteriormente, este fue cedido a la Orden del Temple, que lo acabó de engrandecer y fortificar para usarlo en la «Reconquista» de los territorios musulmanes. Tras la desaparición de los Templarios, el castillo pasó a manos de la Orden de San Juan de Jerusalén, que lo utilizó hasta la desamortización del siglo XIX.

Barberà de la Conca, vista desde la carretera

Para visitarlo, nada mejor que hacerlo de la mano de Anton, un barcelonés afincado en la zona y amante de la historia, quien os brindará una fascinante ruta a pie por el encantador entramado de Barberà. Nosotros tuvimos la suerte de disfrutarlo en solitario y pudimos charlotear con él durante más de dos horas. Si queréis su contacto, no tenéis más que pedirlo.

El recorrido se inicia, justamente, a las puertas del segundo gran emblema de la localidad: el Sindicato Agrícola de Barberà. Conocido popularmente como «sindicato de los ricos», fue diseñado en 1919 por —nuestro ya conocido— César Martinell.

Los jornaleros y los pequeños propietarios se habían unido, ya en 1894, para crear la Sociedad de Trabajadores Agrícolas del pueblo de Barberà. «La Societat» —cómo se la conocía— decidió edificar la primera bodega cooperativa de toda Catalunya. Viendo los beneficios que comportaba este modelo, los grandes propietarios quisieron asociarse también y construir el precioso edificio modernista que podemos ver todavía hoy. Sin embargo, su mala gestión les acabó llevando, casi, a la bancarrota. Si bien, en 1934 y en virtud de la nueva ley catalana de cooperativas, ambas sociedades se fusionaron y salvaron así de la ruina al «sindicato de los ricos».

Imagen nocturna de la Cooperativa de Conca

La visita guiada a las bodegas —que es súper recomendable— está a cargo de Camins KM0, una empresa dedicada al turismo cooperativo, sostenible y local, que organiza actividades por toda la provincia.

Desgraciadamente, nosotros no pudimos realizarla porque no nos coincidió en fechas y nos quedamos con las ganas para la próxima. En su defecto, optamos por comprar en su bodega un par de botellitas de vino blanco DO Conca de Barberà.

Y si podéis pasar aquí la noche, yo os aconsejaría coger una habitación en Cal Carlà de Beltall, a menos de 20 minutos de Barberà. Los encantadores Toni y Yolanda regentan esta preciosísima casona de piedra completamente reacondicionada y ofrecen un menú casero con productos de la zona, así como multitud de recomendaciones turísticas 100% auténticas. Una de esas estancias que no olvidaréis con facilidad.

7. Ermita de la Pertusa, otro imprescindible no tan conocido de «casa nostra»

Seguimos hacia el norte y entramos, finalmente, en la provincia de Lleida. Proseguimos en dirección a Àger, tomamos la C-12 hacia el oeste y, después, el desvío hacia Corçà. Y continuamos, todavía unos kilómetros más, por una carretera bastante mal asfaltada (al menos lo estaba en 2021), pero que atraviesa imponentes paisajes prepirenaicos.

Aquí, en el límite con la Comunidad de Aragón, el río Noguera Ribagorçana finaliza su viaje por el famoso Congost de Mont-Rebei y desemboca en el Embalse de Canelles. Sobre este lugar, se alza un vertiginoso risco en el que descansa la siguiente protagonista de nuestro recorrido: la Ermita de la Mare de Déu de la Pertusa.

Vistas desde la Ermita de la Pertusa

La pequeñísima capilla, de una sola nave y estilo románico, está documentada al menos desde el siglo XI y, debido a su ubicación privilegiada frente a la Serra del Montsec, se cree que se construyó como torre de vigilancia. Posteriormente, pasó a constituir la iglesia parroquial de la aldea de Corçà y, en la actualidad, permanece cerrada al público (salvo en fechas señaladas).

Aunque más allá del valor histórico-arquitectónico de la Ermita, que sin duda es digno de admirar, lo más sorprendente de este lugar son las impresionantes vistas panorámicas que se disfrutan desde las alturas, especialmente durante el otoño.

No es una excursión apta para todos los públicos, eso es cierto. Para llegar, hay que seguir un camino de tierra tremendamente estrecho y empinado que sale desde el parking y asciende por el lateral del peñón hasta la base de la ermita. Son casi 10 minutos de pura «escalada», pero os aseguro que el esfuerzo vale la pena.

Cuando el cielo está despejado, la luz del sol ilumina con delicadeza las aguas turquesas del embalse, los riscos montañosos y los infinitos bosques de pinos, encinas y carrascas que se extienden a nuestro alrededor. Es un espectáculo natural que vale la pena admirar con calma, aun a pesar de la sensación de vértigo.

Y si tenéis un poquito de suerte, y viajáis en temporada baja, quizás hasta podáis disfrutar a solas del que es, para mí, uno de los miradores más espectaculares de toda Catalunya.

Mi hospedaje recomendado para esta visita: el Hotel Terradets, en Cellers. E igual que con todas las recomendaciones de esta ruta, podéis realizar vuestra reserva muy fácilmente a través de Booking.com, mi buscador de alojamientos favorito.

Vistas del Congost desde la Ermita de la Pertusa

8. Sant Climent de Taüll

Llegamos ya al ecuador de este Grand Tour de Catalunya y nos adentramos, ahora, en las maravillosas tierras del Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici.

Este escarpado espacio natural —el único de Catalunya con la categoría de Parque Nacional— es conocido por sus impresionantes paisajes de alta montaña salpicados de bosques, ríos, cascadas y casi 200 lagos de origen glacial. Sin embargo, no estamos aquí (solo) para hacer senderismo…

En su vertiente oriental, se abre la exuberante Vall de Boí, célebre por su espectacular conjunto de iglesias románicas declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Estas fueron construidas entre los siglos XI y XII (hace casi 1.000 años) siguiendo las pautas del románico lombardo.

Un estilo arquitectónico que se caracteriza, especialmente, por la practicidad y funcionalidad de sus espacios, por el finísimo trabajo de mampostería, por sus esbeltos campanarios y por los increíbles frescos de mil y un colores que decoran los interiores y (algunos) exteriores de los templos.

Sant Climent de Taüll

Lo ideal sería que los visitarais todos y que, además, os pasarais un buen rato en el Centro de Interpretación del Románico. Solo así podréis haceros una idea real del inconmensurable valor que tiene el patrimonio de este valle.

Pero —y esto es un «pero» muy grande—, si solamente dispusierais de tiempo para recorrer uno de ellos, yo os recomendaría que os dirigierais, sin dudarlo ni un segundo, a Sant Climent de Taüll. No solamente porque sea mi favorito, sino porque el videomapping que ilumina los restos de los murales interiores es, per se, motivo suficiente para remontarse hasta este lugar.

Y aunque las pinturas originales se conservan en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), en Barcelona, vale muchísimo la pena reservar esta visita guiada para intentar ponerse en el pellejo de quien acudía a ver, por primera vez, la impactante imagen del Pantocrátor.

Este Dios apocalíptico (o Cristo en Majestad), temible y todopoderoso en el centro de la escena, junto a los Cuatro Evangelistas, la Virgen, los Apóstoles, San Clemente y otros personajes de la fe cristiana, todos observando desde lo alto, en penumbra, con esos colores tan vívidos… es difícil no sentirse, por un segundo, sobrecogido.

No podéis marcharos tampoco, ya que habéis llegado hasta aquí, sin acercaros hasta su pequeñísimo centro histórico y disfrutar de otra de las joyas románicas del valle: Santa Maria de Taüll.

Importante, como siempre, que reservéis la(s) visita(s) con tiempo y, si podéis, que aprovechéis también unos días extra para hacer (ahora sí) alguna ruta a pie y empaparos de las milenarias tradiciones de la Vall de Boí.

Ermita de Sant Quirc de Durro, otra de las joyas románicas del valle

9. Bosc de Conangles y Sauth de Molières

Culminamos este ramal leridano del Grand Tour viajando hasta la comarca más septentrional de Catalunya: La Vall d’Aran. Una región absolutamente mágica, salpicada de antiguas aldeas de piedra y frondosos bosques de coníferas y árboles caducifolios, envueltos en mil y una leyendas.

El edén pirenaico por excelencia al que, si tenéis la oportunidad y estáis en relativa buena forma, vale la pena dedicarle unos cuantos días y recorrer varios de sus maravillosos senderos a pie. Pero, al contrario que en el resto de la ruta, os voy a implorar que, por favor, los realicéis en una época muy concreta: en otoño.

Durante una ventana de tiempo muy pequeña —y cada vez más debido al cambio climático—, entre mediados de octubre y la primera semana de noviembre, los paisajes de Aran explotan en vibrantes tonos ocres y carmesíes; y el clima todavía nos permite disfrutar de las actividades de exterior sin recurrir al chaquetón polar.

Y creedme cuando os digo que, desde cualquier pequeño spot del valle, tendréis unas vistas panorámicas sin igual de este espectáculo natural.

Pero, como estamos aquí para hablar de destinos concretos, os quiero recomendar una de mis excursiones favoritísimas de los últimos tiempos; ya no solo de esta comarca, sino — yo diría que— de toda Catalunya: el Bosc de Conangles.

Paisaje de otoño en el Bosc de Conangles, Vall d’Aran

Para llegar hasta aquí, hay que tomar la N-230 desde el Pont de Suert y, justo antes de cruzar el túnel de Vielha, torcer a la derecha para dejar el coche estacionado junto al refugio de Conangles.

Desde este, un caminito de tierra recorre el que es uno de los bosques de hayas y abetos más importantes de toda la Península, mientras el río Noguera Ribagorçana —que nace muy cerca de aquí— serpentea plácidamente entre los enormes troncos de estos árboles centenarios.

Y en otoño, la luz del sol atraviesa las ya desahogadas copas e impacta sobre el espeso manto de hojas secas caídas en el suelo, formando una especie de túnel granate por el que es una delicia deslizarse en silencio (y muy probablemente en solitario).

Este sendero es relativamente corto, pero yo os diría que no os quedarais solo con él. Al terminarse el abrigo del bosque, el camino se divide en dos: uno que se encarrila hacia el sur, por el Valle de Besiberri, y el que os recomiendo, que se dirige hacia el norte, hasta el vecino Valle de Molières, y termina en el espectacular Sauth de Molières.

La ruta es circular y, aunque relativamente larga —de unos 8 kilómetros—, muy fácil y con muy poco desnivel. En un paseo muy relajado, parando para descansar, beber agua y fotografiar esos preciosísimos paisajes llenos de bosques y cascadas (y algún que otro buitre leonado), nosotros nos demoramos unas 3 horas.

Importante, por supuesto, ir bien preparado: calzado cómodo, provisiones y bebida suficiente. Porque aunque la excursión sea suave, no hay que olvidar que estamos en pleno Pirineo y el acceso, en caso de emergencia, se puede complicar bastante.

Y tras la pateada, nada mejor que parar para comer en el Restaurant Sierra Lodge, en Bagergue. No es barato, barato, pero sus dueños nos trataron a las mil maravillas y su arroz de montaña está a otro nivel. Eso sí, reservad con antelación, no importa la época.

Sauth de Molières, en la excursión al Bosc de Conangles

10. Castellar de n’Hug, otro imprescindible no tan conocido de «casa nostra»

Continuamos resiguiendo el Pirineo, ahora hacia el sureste, y volvemos a entrar, por un momento, en la provincia de Barcelona. En el límite de la comarca del Berguedà, en pleno corazón del Parc Natural del Cadí-Moixeró, se encuentra el siguiente protagonista de nuestra ruta: Castellar de n’Hug.

A menudo incluido entre los pueblos más bonitos de Catalunya, se erige como uno de los núcleos habitados a más altura de todo el estado (1.450 metros de altitud) y es célebre, además, por contener el nacimiento del río Llobregat.

En un paseo bien corto desde el centro histórico (unos 20 minutos), podemos acceder al lugar donde manan estas maravillosas cascadas —les Fonts del Llobregat—, que se filtran con fuerza a través de la roca caliza tras acumularse en la montaña durante el invierno.

Pero más allá de su belleza salvaje, estas fuentes constituyen un elemento imprescindible para explicar la evolución histórico-demográfica de la localidad y de toda la comarca.

Fonts del Llobregat, Castellar de n’Hug

Hasta comienzos del siglo XX, Castellar había subsistido gracias al pastoreo (y también a las rutas de contrabando con Francia). Si bien, todo eso cambió con la llegada del riquísimo industrial Eusebi Güell, personaje que ya hemos mencionado en este artículo.

Junto a sus socios, el inversor catalán decidió levantar en la localidad uno de los complejos industriales más modernos de la época: la Fábrica de Cementos Asland. Los empresarios supieron aprovechar la calidad de la piedra local y la proximidad a las minas de carbón y a los recursos hídricos del Llobregat para producir el cemento con el que luego se levantaron buena parte de las obras modernistas de los años 1900.

Frente a la fábrica, construyeron también el Tren del Ciment o «Carrilet», que transportaba mercancías y mano de obra desde Guardiola de Berga. Y aunque toda aquella actividad terminó por colapsar a mediados de los 70, ambos símbolos de la historia industrial catalana se supieron conservar y se pueden visitar, como siempre, reservando con antelación.

Castellar de n’Hug

Con todo y con eso, la visita a Castellar quedaría absolutamente incompleta sin un paseo por su encantador entramado medieval. Lo recuerdo perfectamente: sus callejuelas empedradas y sus casitas con tejados de cerámica roja, asentadas allá en la montaña, frente a los exuberantes paisajes otoñales del parque natural.

¿Cómo olvidarlo? Fue una de las primeras experiencias que narré y fotografié para este blog, allá por 2017, y no he dejado de pensar en regresar desde entonces.

Y, desde luego, algo que tampoco he podido olvidar es su delicioso —y calórico— estofado de jabalí. Me lo comí en uno de sus restaurantes locales, aunque no recuerdo en cuál. Así que, si conseguís encontrarlo, ¡no dudéis en probarlo! Y dejadnos un comentario para que sepamos cuál es.

11. Castellfollit de la Roca

Cruzamos, finalmente, a la provincia de Girona y nos sumergimos ahora en la que es mi comarca favorita de toda Catalunya (si es que se puede tener solo una): la Garrotxa.

Esta preciosísima región interior se encuentra colmada de hayedos y robledales, pueblitos de piedra… y, por si fuera poco, de volcanes. Con más de cuarenta conos y veinte coladas de lava (por supuesto, extintas), el Parc Natural de la Zona Volcànica de la Garrotxa se eleva como uno de los mejores paisajes volcánicos del país.

Y aunque han pasado más de 10.000 años desde la última erupción, la herencia volcánica sigue teniendo una presencia importantísima. Debido, especialmente, a sus riquísimos suelos basálticos sobre los que prosperaron los magnéticos paisajes de la Fageda d’en Jordà (sí, la de los famosos yogures). Y donde se cultivan, además, los célebres fesols de Santa Pau.

Si bien, en esta parte del viaje, vamos a dejar de lado por un momento los imponentes recursos naturales de la Garrotxa y nos desplazaremos hasta el centro de la comarca para visitar una de sus localidades más curiosas: Castellfollit de la Roca.

Vistas de Castelfollit desde el campanario de San Salvador

Curiosa porque su centro histórico se asienta sobre un estrechísimo espigón basáltico, de menos de 50 metros de ancho, y sus fachadas de piedra parecen precipitarse por un escarpado acantilado sobre el cauce del río Fluvià.

El conjunto podría llegar a recordarnos, salvando las distancias, a las casas colgantes de Cuenca. Y aunque sus primas gerundenses no gocen de la misma fama, la imagen de estas antiguas casonas asomadas al vacío no deja indiferente a nadie.

La mejor panorámica la tendréis, por ello, desde la pasarela-mirador de Castellfollit de la Roca. Desde allí abajo, se aprecian todavía mejor las impresionantes paredes de 50 metros de altura sobre las que se levanta todo el casco.

Lo que vemos hoy, sin embargo, es el resultado de una serie de reconstrucciones que se llevaron a cabo tras los terremotos de 1426 y 1428, que afectaron gravemente a la arcaica villa medieval.

Centro histórico de Castellfollit de la Roca

Otra de las cosas que podéis hacer, ya de vuelta en el centro de Castellfollit, es visitar la Iglesia de San Salvador. Los vestigios de este templo se remontan al siglo XIII, aunque, como el resto de la localidad, fue reconstruido en varias ocasiones.

Tras la Guerra Civil, se trasladó la actividad litúrgica a una nueva iglesia, en la parte moderna del pueblo, y esta quedó en desuso. Sin embargo, los vecinos lucharon por su recuperación y, en los años 80, la reabrieron finalmente como centro cultural.

Además, su campanario empezó a funcionar como un espectacular mirador, desde donde se puede contemplar la extraordinaria configuración del pueblo, abrazada siempre por los frondosos valles de la Garrotxa. La fotografía ideal para terminar nuestra visita a Castellfollit de la Roca y proseguir con el Grand Tour de Catalunya.

12. Cadaqués

Creo que este destino no requiere de presentación alguna. Aunque, con este apartado, quizás seguro que estaré rompiendo ese acuerdo al que habíamos llegado de recomendaros lugares «distintos» de Catalunya.

Lugares menos turísticos y masificados que se alejen de los principales circuitos turísticos del Principado. Pero no he podido evitarlo, lo siento. Si hablamos de hacer un viaje circular por Catalunya, pienso que sería un crimen no incluir en el itinerario a este pequeño pueblo de l’Alt Empordà.

Así que disculpadme si me permito esta excepción y, por favor, acompañadme en esta visita a la que es, para mí, una de las mayores joyas de la costa catalana. Y aunque llegar por carretera hasta Cadaqués sea toda una aventura en sí misma, os aseguro que vale muchísimo la pena.

Cadaqués

Ya desde aquel último tramo de la GI-614, empezamos a intuir la disposición de su encantador casco histórico: un blanquísimo laberinto de callejones encalados y tejas de pizarra que se bifurcan por doquier, buscando la salida al mar.

Desde el interior, la imagen es todavía más embriagadora. La humedad y la escasez de luz han favorecido la proliferación de cientos de enredaderas que se aferran a las fachadas y enfilan hacia el cielo, decorando un verde entramado por el que bien vale perderse unas cuantas horas.

Al final, todas las callejuelas acaban llegando hasta el paseo marítimo, una bulliciosa avenida empedrada que discurre paralela a sus tres o cuatro calas urbanas.

Si os atrevéis, os recomiendo que os deis un buen chapuzón en alguna de ellas. Pero recordad: estamos casi en el límite norte de la Costa Brava y el agua está bastante más fría que en Tarragona o Barcelona.

Callejuelas de Cadaqués al atardecer

Precisamente, entre los millones de turistas y famosos que han disfrutado de sus salvajes (y gélidas) costas a lo largo de los años encontramos una celebridad que destaca por encima de todas las demás: Salvador Dalí.

A menos de 20 minutos caminando desde el centro, se abre la mágica cala de Portlligat. Aquí, el controvertido artista catalán y su mujer, Gala, levantaron una auténtica ensoñación convertida en casa. Una villa que él mismo describió como: «una verdadera estructura biológica. A cada nuevo impulso de nuestra vida, le correspondía una nueva célula, una habitación».

Para nosotros, resulta en una visita guiada imprescindible, que nos permite entender un poco mejor el impacto de Cadaqués y de la Costa Brava en la vida y obra del pintor. Para realizarla, recordad, una vez más, reservar con suficiente antelación.

Y para terminar el día, nada mejor que sentarse a disfrutar de una cena con el sonido del mar como telón de fondo. Mi recomendación especial: la fantástica terraza de la Pizzería La Gritta, frente a la coqueta playa de Es Prianc.

13. Calella de Palafrugell

Enfrentamos ahora la recta final de nuestro Grand Tour de Catalunya y comenzamos a descender por la costa de vuelta a Barcelona. A unas dos horas de la capital, en mitad del histórico territorio del Empordà, nos topamos con el encantador pueblecito de Calella de Palafrugell.

Esta antigua aldea de pescadores, de blanquísimas casas con porticones de madera, ha conseguido librarse de construir mil y un hoteles en primera línea que destruyan su estética primigenia. Y aún habiéndose equipado para satisfacer las necesidades del visitante —ya sabéis: la pela es la pela—, ha sabido mantener esa pintoresca sencillez mediterránea de otro tiempo.

Por eso, y por disfrutar de algunas de las calas urbanas más fotogénicas de toda la Costa Brava, se ha convertido, para muchos (yo mismo incluido), en uno de los pueblos más bonitos de Catalunya.

Calella de Palafrugell, uno de los pueblos más bonitos de Catalunya

Para visitarlo, yo os recomendaría empezar en su extremo noreste, en la Platja de Canadell. Aquí, bajo el paseo, —del mismo nombre que la playa— se abren unas curiosas y misteriosas portezuelas de colores que dan directamente a la arena.

Son los conocidos como guardabots, espacios que antaño habían servido para guardar las barcas y el material de los pescadores y que, ahora, se han reconvertido en casas o salones independientes.

Si no os da reparo la indiscreción, os resultará súper sencillo observar a sus propietarios comiendo o jugando a las cartas en mesas plegables con vistas a la playa. Una pequeña punzada de envidia sana antes de continuar con la ruta.

Resiguiendo el paseo hacia el oeste, nos topamos a continuación con el precioso Mirador de Manuel Juanola i Reixach, personaje inventor de las famosas juanolas. Si bien estas pastillas naturales se concibieron en una farmacia del barrio de Gràcia, en Barcelona, el doctor era natural de Calella y continúa siendo, todavía hoy, una de sus mayores celebridades.

Barcas frente a la playa, Calella de Palafrugell

Seguimos, después, por el Carrer de les Voltes y nos detenemos en la Platja de Port Bo para contemplar, asentadas en la arena, algunas de las preciosas barcas tradicionales con las que muchos vecinos todavía salen a pescar.

Terminamos el paseo en la Punta dels Burricaires, uno de los miradores con las mejores vistas de la localidad y de todas las calitas de ensueño a su alrededor.

Eso sí, yo no me quedaría solo con este camino marinero; vale muchísimo la pena dedicarle un rato a explorar también su precioso casco histórico y a disfrutar de sus callecitas comerciales y sus casonas de dos plantas.

Así como visitar la coqueta Parròquia de Sant Pere, un templo construido en el siglo XIX, en estilo «medievalesco» y cuyo campanario acoge un enorme reloj de color azul.

Y si viajáis en las fechas apropiadas, no podéis perderos tampoco la Cantada d’Havaneres, que se celebra aquí desde 1967. O el Festival de Cap Roig, donde tocan figuras de renombre internacional. Dos celebraciones súper reconocidas a las que, por desgracia, no he tenido la suerte de asistir todavía, pero que me han recomendado muchísimo.

14. Talamanca, otro imprescindible no tan conocido de «casa nostra»

En el tramo final de esta ruta por «16 rincones imprescindibles (aunque no tan conocidos) de ‘casa nostra’», volvemos a dejar de lado la costa para profundizar en algunas de las preciosas comarcas interiores de la provincia de Barcelona.

Territorios que han sido, muy a menudo, subestimados por agencias y visitantes, pero que parecen estar viviendo un «renacer» turístico gracias a distintas iniciativas, como las desarrolladas por la propia Diputación de Barcelona.

A través de la marca Barcelona és molt més —Barcelona es mucho más—, la Gerència de Serveis de Turisme de Barcelona se está esforzando por «impulsar acciones de promoción y creación de nuevos productos turísticos que contribuyan al desarrollo social y económico de los municipios y al bienestar de la ciudadanía».

Un objetivo que está claramente alineado con el espíritu del Grand Tour de Catalunya y, por supuesto, con el propósito de este mismo artículo. Y, de entre todas las recomendaciones que encontramos en su web para explorar la provincia, más allá de su capital, Talamanca se cuela muy arriba en su listado de «10 pueblos imprescindibles de las comarcas de Barcelona».

Por supuesto, yo no podría estar más de acuerdo con ello. ¿Cómo podríamos resistirnos? Nos encontramos en pleno corazón del Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac (el primero de toda España), a pocos kilómetros de Mura, su —algo menos desconocida— paisana.

Callejuela de Talamanca

Y sí se puede caer fácilmente en la comparación. Es normal: ambas comparten ese entramado medieval de callejuelas estrechas, casonas de piedra y un ritmo de vida que parece haber quedado detenido en el tiempo.

Pero, como ocurre con cada parada de este viaje, Talamanca disfruta de ese aura absolutamente única; y de un conjunto histórico-patrimonial, una belleza paisajística y un bagaje cultural que cautivan desde un primer instante y que hacen que nos preguntemos constantemente: «¿por qué no la conoce más gente?».

Empezando por su coqueto núcleo antiguo, en el que viven no más de 200 personas, y continuando por su maravilloso templo de estilo románico: la Iglesia de Santa María. Y sin dejarnos, bajo ningún concepto, su magnífico Castillo.

Panorámica de Talamanca con su castillo a la izquierda

El edificio actual es una reconstrucción del siglo XVIII, pues el original, del siglo X, fue destruido durante la Guerra de Sucesión española. Y es que los arrabales de Talamanca fueron testigos de la última gran victoria del ejército austríaco-catalán frente a las tropas borbónicas, pocas semanas antes de las capitulaciones de Barcelona y Cardona.

Precisamente, en el mismo castillo se encuentra el Centro de Interpretación de la Batalla de Talamanca, donde se guardan los restos arqueológicos que todavía se conservan de esta contienda, que tuvo lugar entre el 13 y el 14 de agosto de 1714. Por desgracia, el museo se encuentra cerrado hasta nuevo aviso y no podemos disfrutar, por el momento, de esta pequeña lección de historia.

Sin embargo, os bastará con un paseo por sus alrededores para daros cuenta de por qué, pese a esta mancha negra en su memoria, Talamanca se levanta como una de las joyas imprescindibles de la comarca del Bages.

Y para terminar la visita, yo os recomendaría el restaurante Cal Ros, con un comedor acristalado desde el que se disfrutan unas espectaculares vistas panorámicas del valle y donde, claro, ¡se come de muerte!

15. La Seu d’Ègara

Para el sprint final de este particular Grand Tour de Catalunya, desandamos nuestros pasos hasta la comarca del Vallès Occidental y nos adentramos en las callejuelas de su (co)capital: Terrassa.

En este penúltimo apartado, barro para casa y os traigo un monumento que muy poca gente conoce fuera de la ciudad, pero que es, sin embargo, un firme candidato a entrar en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Como lo oís: el conjunto de las Esglesies de Sant Pere de Terrassa o Seu d’Ègara (por su nombre de origen romano) constituye uno de los poquísimos complejos cristianos de época visigoda que han llegado intactos —o casi— hasta nuestros días. Una verdadera rara avis dentro del patrimonio arquitectónico catalán y de la historia del arte occidental.

Mientras que la mayoría de parroquias de aquella época (siglos V-VIII) quedaron destruidas o sepultadas bajo iglesias más modernas, Terrassa fue capaz de conservar, durante siglos, los restos de sus templos. Cosa que ha permitido a los arqueólogos actuales estudiar cómo funcionaba una sede episcopal de hace 1.500 años.

Església de Sant Miquel, Terrassa

Ya veis que visitar este lugar es hacer todo un viaje al pasado; un viaje a través de centurias de arte y poder religioso. Nuestro recorrido comienza, precisamente, en el espacio que antiguamente integraban las dependencias episcopales.

Un edificio moderno que preserva los restos arqueológicos del antiguo baptisterio, así como una interesante exposición audiovisual sobre la historia de la Seu. Luego, el recinto se abre sobre una gran explanada donde se levantan las tres iglesias que conforman el conjunto monumental: Sant Pere, Santa Maria y Sant Miquel.

Estas dos últimas conservan el que es, para mí, uno de los elementos más imponentes de toda la visita: unas espectaculares pinturas murales de época visigoda, de tonos arcillosos y unos 1.400 años de antigüedad, que ilustran escenas de la primera cristiandad.

Iconografía que, según los expertos, es extremadamente similar a la de otros ejemplos encontrados en Siria, Palestina o Egipto. Esa conexión evidencia el intercambio cultural con el Oriente Mediterráneo de la época y la efectiva recepción de la tradición pictórica bizantina.

Pinturas murales de la Iglesia de Sant Miquel

Otra de sus piezas imprescindibles es el altar pétreo de Sant Pere: un impresionante retablo mural excavado y pintado directamente en la pared de la iglesia, que carece de la típica curvatura del ábside medieval y que no fue descubierto hasta finales del siglo XIX.

Fue tal el revuelo por entonces que cambió para siempre el paradigma del estudio medieval en el Vallès. Y es considerada, todavía hoy, una pieza absolutamente única en todo el mundo.

Pero estas son solo algunas de las sorpresas que esconden la Seu y la propia vila de Terrassa. Para conocerlas todas, tendréis que indagar un poco en la página web del Museu de Terrassa.

Esta entidad administra otros cinco destinazos locales, entre los que se incluyen también la Masia Freixa o la Torre de Palau, y que completan la oferta cultural de esta ciudad que me vio nacer, que no conozco todavía a la perfección, pero que sí estoy muy contento de promocionar.

Una última recomendación especial: bajad al centro y comprad las entradas para un pase en el Cinema Catalunya. Este espacio, que pertenece a la Red Europea de Salas de Cine, proyecta películas no estrenadas en las grandes salas, films en versión original, organiza ciclos y actividades… Es, en general, el lugar perfecto para los amantes del séptimo arte y uno de mis favoritos de toda la ciudad.

16. Caldes de Montbui

Llegamos ya a la última parada del Grand Tour de Catalunya y culminamos un apoteósico viaje circular que nos ha conducido a través de parques naturales, playas de arena blanca y aldeas con cientos de años de historia

Por supuesto, este último destino tenía que estar a la altura de las circunstancias. Y tras darle varias vueltas, me he acabado decantando por uno de los rincones favoritos de mi abuelo: el pueblecito de Caldes de Montbui.

Este destino, en la maravillosa comarca del Vallès Oriental, nos habla —como también solía hacer él— sobre la belleza de viajar despacio y la importancia de escuchar el latido de la carretera.

Por eso, me ha apetecido hacerle un pequeño homenaje y contaros sobre esta localidad que encarna a la perfección el espíritu del artículo: descubrir nuestro país de una forma más calmada y consciente. Así que no desconectéis todavía, que aún nos queda un último paseo por otra de las joyas menos conocidas de Catalunya.

Vistas desde el parque de Can Rius, Caldes de Montbui

Sabemos que los primeros asentamientos humanos en la zona se remontan a hace al menos 4.500 años. Estas tierras gozaban de una situación privilegiada debido a su microclima y, sobre todo, a la presencia de abundantes fuentes de agua termal.

No obstante, fueron los romanos los primeros en explotar comercialmente este recurso. En el siglo I a.C., fundaron un arcaico centro termal que ha perdurado hasta nuestros días y cuyos restos arqueológicos se pueden visitar en el Museu Thermalia.

Su momento de máximo esplendor no llegaría, sin embargo, hasta finales del siglo XIX. Por entonces, la localidad contaba con siete balnearios y dos hospitales que atraían a más de 10.000 visitantes al año.

De aquella época dorada resisten los hoteles Broquetes Spa Termal, Balneari Termes Victòria y RV SPA Vila de Caldes. Tres joyas arquitectónicas que conservan ese ambiente ostentoso de la belle époque y ofertan, por un buen pellizquito, toda una serie de experiencias termales y gastronómicas.

Quienes viajamos con un presupuesto algo más ajustado nos contentaremos —muy bien contentados— con disfrutar de un ratito en los Banys Termals El Safareig, unos baños públicos construidos sobre un antiguo lavadero de mediados del siglo XX.

Safareig de la Canaleta, Caldes de Montbui

Este es, precisamente, otro de los elementos culturales más interesantes de Caldes: sus safareigs o lavaderos públicos. Se construyeron para aprovechar las propiedades termales de sus aguas, que brotan a más de 70ºC y que permitían desinfectar y desengrasar la ropa en una época en la que todavía no existían las lavadoras mecánicas ni los detergentes modernos.

Los más bonitos, para mí, son el Safareig de la Portalera y el Safareig de la Canaleta. Sus maravillosas paredes encaladas parecen contener, todavía, las notas de aquellas animadas conversaciones entre las vecinas, que lavaban con energía sus vestimentas mientras «ponían verdes» a sus paisanas.

De esa misma tradición, nos han llegado algunas expresiones en catalán tan bonitas y, a mi parecer, tan poco aprovechadas como fer safareig —literalmente, «hacer lavadero», pero usado como «chismorrear»— o fer bugada —«hacer la colada» o, en sentido figurado, «airear asuntos personales»—.

Aunque más allá de los espacios termales, merece la pena dedicar también unas cuantas horas a recorrer las encantadoras callejuelas de Caldes e ir en busca de sus otros atractivos históricos, como los restos de su muralla medieval, su puente románico, el Molí de l’Esclop o la Iglesia de Santa María, por ejemplo. Y acabar el paseo reponiendo fuerzas en uno de mis últimos descubrimientos gastronómicos: el Restaurant Robert de Nola.

Para terminar esta ruta, he pensado recomendaros otro de los descubrimientos que me hizo mi abuelo: Sant Sebastià de Montmajor. En esta preciosa y diminuta aldea (de apenas seis habitantes), a unos 12 kilómetros de Caldes, todavía se respira una plácida sensación de soledad y silencio. Así que es el mejor lugar para sentarse a descansar y rememorar este maravilloso viaje circular por mis 16 rincones imprescindibles (aunque no tan conocidos) de «casa nostra».

Resumen de la ruta

Tras dejar atrás la coqueta pedanía de Sant Sebastià, podemos regresar a Barcelona y concluir nuestro viaje de casi 1.500 kilómetros por carretera. Un recorrido en el que el patrimonio histórico, la cultura popular y la gastronomía han convivido con una naturaleza diversa y, en ocasiones, sorprendente.

Y más que perseguir los grandes iconos turísticos de nuestro país, este viaje nos ha llevado a detenernos en rincones con personalidad propia, a indagar en sus historias y redescubrir la riqueza del territorio desde una mirada más pausada y consciente.

Aunque mi intención, ya lo sabéis, no era presentar estos 16 lugares como una clasificación objetiva de los mejores destinos de Catalunya. Al fin y al cabo, esta selección de «rincones imprescindibles» se ha basado completamente en mis gustos personales.

En mi interés por la historia y la arqueología, mi amor por las montañas y los pequeños pueblos de piedra, y mi búsqueda de ese ideal de paz y tranquilidad mediterráneas.

La idea del Grand Tour —del mío y también del de la Agència Catalana de Turisme— era proponeros una guía iniciática, donde cada destino de la ruta se prestara a ser explorado con algo más de tiempo y profundidad. Y que funcionara también como punto de partida para recorrer el resto del territorio.

Por eso, os he querido ofrecer una pauta con algunos consejos prácticos, recomendaciones y enlaces directos a páginas de información y reserva, para que después cada uno pueda construir su propio Grand Tour, de acuerdo con sus gustos individuales.

Pero, como veis, todavía no queda un importante vacío en el interior de este mapa. Es una larga lista de lugares que, afortunadamente, todavía me quedan por explorar y que me permitirán ir completando mi plano mental de Catalunya. Y que, por supuesto, iré compartiendo con todos vosotros.

Mientras tanto, os animo a que completemos juntos este Grand Tour de Catalunya y que me llenéis los comentarios con los destinos que vosotros añadiríais, los que ya hayáis visitado y aquellos que más os hayan sorprendido.

¡Nos vemos en la carretera, viajeros y viajeras! ¡Bon voyage!

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